lunes, diciembre 18, 2017
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No lo sé, Rick. Este artículo parece falso

Por Ingacio Lezica Cabrera

Estoy viendo Discovery Max. Emiten uno de esos programas que ahora florecen, sobre casas de empeño, tiendas de segunda mano, subastas y otras formas de pequeña empresa. El discurso común de estos programas es que ser empresario supone ganar, a través de una trepidante aventura diaria, miles de euros más al mes que esos asalariados que no se atreven a correr riesgos. El programa que estoy viendo, Empeños a lo bestia, muestra el funcionamiento cotidiano de una tienda que compra y vende artículos de segunda mano conducido por tres personas: el padre, fundador de la empresa, responsable y astuto; el hijo, ambicioso e impaciente a veces, pero heredero digno de la empresa del padre -se corregirá con el tiempo y será como su progenitor, parece ser la conclusión lógica tras cada episodio-; y la hija, con serios problemas para controlar su genio, agresiva e impulsiva. Quiere pero no puede, no le llega. En más de una ocasión sus problemas de carácter hacen perder dinero a la empresa.

 

La acción suele transcurrir en el local de la empresa, un bajo enorme repleto de expositores cargados de todo tipo de productos, donde entran y salen personas constantemente. La composición de la clientela es para estudiarla. En contraste a otros programas estadounidenses, donde el reflejo de la diversidad racial de su sociedad suele estar ausente, en este programa salen bastantes negros. Pero los negros que salen son de dos tipos. Por una parte, negros de dos metros encargados de la seguridad, con sobrepeso pero también sobradamente capaces de decapitar a alguien de un manotazo. Se mantienen pasivos, en silencio, hasta que alguno de los tres protagonistas, los propietarios del negocio, les da la orden de echar a la fuerza a algún cliente pesado y la acatan sumisos. Incluso mientras realizan su tarea mantienen la expresión de tedio en el rostro, cumpliendo su papel de fuerza bruta impersonal. El segundo tipo de negros son clientes que por su pobreza -se intuye en la historia que cuentan a cámara, o en su forma de vestir- se ven obligados a vender sus pertenencias para obtener dinero. Hay varios subtipos dentro de esta segunda clase de negros, pero todos tienen en común esa característica que aquí algunos insisten en atribuir con el mismo afán prejuicioso y racista a los andaluces, o sea, pobreza, pasionalidad y desparpajo.

 

En el capítulo que estoy viendo, una negra de mediana edad acude a la tienda para vender unas antiguallas que, según ella, llevan tres o cuatro generaciones perteneciendo a su familia. En la breve entrevista en off que se muestra antes del momento de la venta la muchacha afirma, convencida, que se irá de la tienda con unos cientos de dólares en el bolsillo. Del otro lado del mostrador la espera la chica joven que he descrito antes, la hija histérica. En este mismo episodio se intuye gracias a la sutileza psicoanalítica de los guionistas que el verdadero problema de la hija es el agravio comparativo que su padre ejerce entre su hermano y ella misma. Pero los hechos que las cámaras registran legitiman la existencia de ese agravio: ella es una inútil, y su hermano no. La mujer de mediana edad se acerca a la hija del dueño dispuesta a vender sus antigüedades, mientras ésta la espera con expresión de suficiencia y desconfianza. La música de fondo cambia para señalar la inminencia del conflicto.

 

Tras un primer regateo, surge el tipo de momento en el que el programa despliega su contenido, aquello que mejor muestra qué reparto ideológico de roles sociales intenta naturalizar esta basura: los gritos, las peleas y los insultos cuando vendedor y comprador no se ponen de acuerdo al tasar el objeto de transacción. La negra de mediana edad insiste en la autenticidad de lo que vende, y la hija del dueño desprecia el valor de las posesiones familiares de la vendedora. La trata, en pocas palabras, de estafadora y de muerta de hambre. La tensión escala y la vendedora comienza a chillar. El resto de clientes observan el panorama de reojo, y los seguratas se acercan cautelosos, a la espera de la orden. La hija del dueño pierde también los papeles y estalla en gritos e insultos varios, hasta que llega su padre, la aparta de escena y le exige con frialdad a la señora de mediana edad que salga de su tienda. De su propiedad. Que está montando un escándalo, que no le interesa comprar lo que ella le ofrece. El empecinamiento de la vendedora fuera de sí parece no dejar alternativas al dueño de la tienda: hace un gesto a los seguratas, éstos cogen con facilidad a la señora y la arrastran fuera, tirándola a la calle junto a sus cosas. El tono narrativo no es dramático, sino de comedia. Los clips en off y las conversaciones entre los dueños de la tienda siguen una línea muy clara: otra puta loca desesperada que se ha vuelto a colar aquí, jaja. El acto se cierra con una declaración a cámara de la expulsada, indignada pero expuesta como una lunática, asegurando que se hará rica vendiendo los bienes que allí no han querido comprarles.

 

Creo que sería una equivocación pensar que la reflexión crítica útil de esta clase de programas pasa por señalar su carácter vacío, como si el problema radicara en la frivolidad de su contenido. Creo que la crítica a la trivialidad de la telebasura sólo puede llevarnos a pensamientos elitistas, como ése que tacha de borregos a quienes dedican su tiempo a ver MHYV, Operación Triunfo o Sálvame. Este pensamiento elitista surge de la línea siguiente: si el problema fundamental con la telebasura es que está vacía, que sólo expone contenido intrascendente y de fácil consumo, entonces sus espectadores están igualmente vacíos. Ante la (falsa) democracia televisiva –sólo sobreviven aquellos programas que tienen más audiencia-, la gente decide votar a los programas más estúpidos. En consecuencia, la gente es tan estúpida y vacía como los programas que consume. Es un versionamiento televisivo de ese discursito que enuncia los pueblos tienen a los gobernantes que se merecen. Esta interpretación del problema es peligrosa, alimenta la culpabilización sobre los sometidos y no sobre quienes someten, y es estéril políticamente si uno pretende subvertir el orden de las cosas.

 

Opino que el problema es precisamente el contrario: no se trata de que la telebasura esté vacía en su contenido, sino que está llenísima de directrices ideológicas sutiles que son asumidas inadvertidamente por la población. Los programas de televisión no son el reflejo pasivo de las preferencias de los televidentes, sino que crean preferencias en los mismos y condicionan su manera de entender la realidad. Los relatos expuestos en la telebasura están tan magistralmente trabajados por los guionistas que son capaces de captar el interés de las mayorías, hacer que éstas asuman como propios los afectos y enfoques que aquéllos escriben sin se note que están describiendo formas ideológicas de organizar la sociedad. La telebasura, en resumen, naturaliza su forma particular de leer la realidad presentándola como la forma lógica, como la única posible, como aquélla que es de sentido común. Desde esta perspectiva, critiquemos el dispositivo cultural que encabeza este artículo.

 

Discovery Max nutre buena parte de su parrilla con programas similares a Empeños a lo bestia: pequeños empresarios excéntricos que ganan pasta a toneladas viviendo vidas lejanas a la rutina, con regateos y negociaciones tensas, consultas a expertos tasadores, viajes a lo largo y ancho de Estados Unidos, trepidantes subastas con otros empresarios, etc. Se trata de glorificar una figura que en otros tiempos nos parecería aburrida y sin interés: la del empresario de poca monta que se busca la vida para no morirse de hambre, ante la imposibilidad de encontrar trabajos que le den garantías de vida digna. El discurso prevalente en estos programas nos dice que la falta de seguridad laboral, la ausencia de protección por parte del Estado y la incertidumbre que generan los vaivenes del mercado no sólo no son cosas malas, sino que son circunstancias propicias para que un verdadero emprendedor salga adelante y se haga rico. Es esa basura fantasiosa de toda crisis es una oportunidad. El que pierde en el capitalismo neoliberal siempre es el otro, y si pierdes tú es porque no has sido competitivo. Por tanto, no cabe la queja ante el sistema porque la queja es cosa de débiles y siempre es ilegítima: aunque seas pobre, el capitalismo y su libre mercado ofrece cauces para que demuestres lo que vales -medido en dólares, que es la única concepción del valor humano que admite el capitalismo-. En consecuencia, si no sales de tu pobreza te jodes y te aguantas. Todo intento de protesta colectiva, desde la perspectiva neoliberal, no es más que la aglutinación de mediocres que al no poder valerse por sí mismos, necesitan lloriquear para que papá Estado les provea quitándoselo a quienes realmente producen riqueza (los empresarios, los ricos, los emprendedores dinámicos). El colmo de la apología a la autoexplotación lo vemos en la intro de Pawn Stars, un programa con formato similar a Empeños a lo bestia, donde el protagonista Rick Harrison afirma con orgullo que lleva trabajando en el negocio familiar desde los 13 años. En un país decente, los niños de 13 años juegan, experimentan y estudian para su paso próximo a la vida adulta. En Estados Unidos, cuna del neoliberalismo, los niños son vagos comunistas si prefieren ser niños y no trabajadores. Una locura.

 

Algunos programas de Discovery Max pretendan hacer caja apuntándose a esa retorcida forma de entender la emancipación de la mujer como ellas también tienen derecho a explotar a otras personas en el mercado -esos programas que siguen la vida de empresarias exitosas y depredadoras que se comportan como los tiburones de Wall Street, pero encargándose del trabajo doméstico cuando vuelven a casa después de un duro día de comprar y vender acciones-. Pero lo normal es que la mujer tenga un papel secundario, simplista, que reproduce todos los tópicos machistas clásicos. No se trata sólo de que el único personaje femenino fijo de Empeños a lo bestia sea representada como una histérica inestable, sino también de la relación de sumisión que tiene hacia los otros dos hombres que dominan el negocio. De ahí la facilidad con la que sale de escena la hija del dueño en cuanto aparece su padre a restablecer el orden roto por dos mujeres chillándose. Aunque el negocio sea familiar, la transmisión del patrimonio y de la autoridad parece darse como en las monarquías: de padres a hijos, con preferencia del varón sobre la mujer. En Pawn Stars este conflicto ni siquiera es visible porque ni siquiera existen personajes fijos femeninos: el abuelo Harrison legará al padre Harrison la empresa, y éste hará lo propio con el hijo Harrison si se pliega a la ética protestante y capitalista del trabajo duro desde la infancia. Todas las actitudes disidentes respecto a esta moral del trabajo son ridiculizadas; en varios episodios de Pawn Stars el hijo Harrison, quizá un seguidor de Jorge Moruno en Twitter, prefiere quedarse durmiendo en su casa o encerrarse en el almacén a fumar porros antes que plegarse a las formas posfordistas de explotación para desgracia de su familia. Obviamente, el hijo Harrison es retratado como un gordo vago que vive del dinero ajeno, uno de esos que milita a favor de la Renta Básica Universal porque les gusta llevárselo crudo sin trabajar.

 

Pero tal como se ilustra al comienzo de este artículo, lo más sangrante en Empeños a lo bestia es la manera surrealista de representar a los negros. En este programa puede verse a negros entrar en la tienda con atuendos de gangsta, fracasar al intentar colocar artículos robados, perder los papeles por la pasionalidad e irracionalidad inherente a su condición, ser arrastrado a la fuerza por otros negros amaestrados por el propietario, y cerrar la escena con el expulsado diciendo que se va al Kentucky Fried Chicken a comer pollo frito. Literalmente es imposible contener más discurso racista en tan pocos minutos de emisión. Puede parecernos lejano porque el estereotipo de negro en España no tiene las connotaciones históricas que tiene en Estados Unidos, pero formalmente es la misma reproducción de relatos racistas que vemos en programas como Callejeros, donde los niños gitanos aprenden que sólo tienen tres salidas en la vida: la música, la chatarra o la venta de droga.

 

Como hemos visto, la telebasura genera relatos que naturalizan el orden patriarcal y la exclusión de las minorías raciales, y también reproduce una lógica neoliberal que culpabiliza al pobre por serlo, fantaseando con una igualdad de oportunidades en el capitalismo que es a todas luces inexistente. El orden conservador perpetúa el dominio de las élites dispersando y enfrentando entre sí a los de abajo: por género, por raza o por renta. Poseen para ello un fuerte aparato mediático-audiovisual que difunde su manera de ver el mundo. Culpabilizar al espectador medio sería un ejercicio de comodidad maliciosa: nos desresponsabiliza de generar una forma alternativa de ver el mundo más inclusiva, más comunitaria y menos competitiva, y culpabiliza a quienes se someten a un brutal ejercicio de bombardeo de discurso, sin saberlo, sólo con encender la tele. Si nos proponemos convencer a la gente de que otro orden social es posible, el primer paso es no despreciar a quienes intentamos convencer. Quizá deberíamos pensar que si la ciudadanía española consume en masa telebasura no es tanto por su idiotez esencial, sino por la concentración oligopólica de la propiedad de los medios de comunicación en unos pocos empresarios interesados en que sean unos relatos, y no otros, los que se difundan masivamente.

 

Somos aquéllas que queremos cambiar las cosas las responsables de disputar el orden simbólico con el que nuestro pueblo se imagina a sí mismo, ese conjunto de historias y relatos tradicionalmente difundidos a través del arte que nos permite darle sentido a lo que ocurre: ¿qué significa que dos personas sean amigas? ¿Qué entendemos por una relación de pareja sana? ¿Cuál es la actitud normal de unos empleados hacia su jefe? ¿En los barrios lo natural es que los vecinos interaccionen o que no se conozcan? ¿Ser listo equivale a cooperar con los demás o a competir para hundirles? Con las respuestas a esas preguntas que encontramos en los libros que leemos, en las películas que vemos o en la música que escuchamos todas nosotras (sí, las militantes iluminadas incluidas) vamos construyendo una manera particular de entender qué podemos esperar y qué no de la sociedad. Esas expectativas determinan nuestra capacidad para imaginar un mundo nuevo y ejecutar nuestra imaginación para transformar la realidad a través de la política. Por eso, señalar que la alternativa es posible ilustrándola nosotras mismas a través de la música, la danza, el dibujo, el teatro, la literatura, el cine y en general, todas las formas artísticas y audiovisuales existentes para disputarle la explicación de la realidad social al conservadurismo es una tarea imprescindible, la labor de nuestra generación. Ellos tienen más medios que nosotros, pero el boom de la creación artística a través de Internet por parte de creadores amateur demuestran que hay trincheras por ocupar todavía. Tenemos a una juventud con fuertes inquietudes artísticas, y con acceso a medios para difundir sus creaciones. Por tanto, existe margen para la actuación: basta con que logremos transmitir la idea de que transformar la realidad social y tomar las riendas de nuestro país es algo infinitamente más emocionante que quedarse en casa viendo Telecinco. Dicho así, no parece tan difícil.

 

 

 

 

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