sábado, noviembre 25, 2017
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Leer para ser, más o menos una reseña de “Leer con niños”

Leer para ser, más o menos una reseña de “Leer con niños”

El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.

(Miguel de Cervantes)

Soy el libro que leo. No hay mejor frase que esta para definir qué identidad tiene uno mismo. El libro es para que el ser humano pueda ser y, paradoxalmente, es el ser humano quien crea un libro para que otro humano pueda ser. Un ser variable, de identidad intercambiable e itinerante. Soy el libro que leo y escribo estas líneas en honor a la última vez que fui, digo, al último libro que leí: “Leer con niños” de Santiago Alba Rico. A mi modo de ver un libro imprescindible. Al margen de comentar lo que en el libro puede uno encontrar, prefiero plantear una cuestión: ¿para qué leemos? Más adelante intentaré enlazarlo con lo que Alba Rico explica.

Para responder a lo que pregunto: ¿para qué leemos? hay que partir de inicio de la sentencia soy el libro que leo. Por tanto, la respuesta rápida y sencilla a la pregunta es: leemos para ser. Leo para ser, porque soy el libro que leo, porque, si no, no soy. Aquí se destapa otra pregunta: ¿quien no lee, no tiene identidad?  Si así fuera, en realidad, quien no lee, tampoco sabría que no la tiene, porque este no es el libro que lee. Es otras cosas, pero no el libro que lee porque no lee. Como no lee tampoco se pregunta para qué leer. Aquí que cada uno saque sus propias conclusiones, pero para mí quien no lee sí es. Es una sola cosa, una persona. Carne, huesos y un cuerpo que vive. Pero ya está. Esto es, no es que quien no lea, por el hecho de no ser el libro que lee, no es, si no que es solo una cosa, uno mismo.

Quien es el libro que lee, cuando no lee deja de ser. Por tanto quien no lee, jamás deja de ser, de modo que, en suma, es. A mi modo de ver el acento está aquí, en el dejar de ser.

Soy el libro que leo, mientras lo leo. Cuando no lo leo ya no lo soy. En ese periodo en el que cierro las páginas del libro que leí, del que ya he acabado de leer, para abrir otro libro y volver a leer, en ese periodo, dejo de ser. Pero solo antes de abrir el siguiente. Empezado el siguiente, volveré a ser. Si soy el libro que leo, si no leo un libro no soy.

Cuando uno lee un libro siente el placer que la lectura de cada una de las frases de cada párrafo desprende por su esencia. El lector las devora. Una detrás de otra y las va dejando atrás a medida que pasa las páginas. El lector solo es mientras no se acabe el libro, pero lo que le produce placer es acabarlo. Lo que provoca intriga son las páginas todavía no leídas, lo que crea adicción son cada una de las ya leídas. Absorbido en el texto, este consigue que su lector sea. Un libro es un libro, al igual que un plato es un plato y un vaso es un vaso, pero un lector no es un lector. Un lector solo es un lector para aquél que no lee. Un lector es el libro que lee.

He dicho que al lector le produce cierto placer acabarse cada uno de los libros que tiene entre manos. Por tanto, en el momento que empieza a leerse uno, lo que quiere hacer con este no es leérselo, sino acabárselo para leer otro. El lector mientras no se acaba el libro es. Cuando se lo acaba y no empieza otro libro no es. Solo conseguirá no ser si se lee otro. Porque entre ser un libro y ser otro libro, dejas de ser el primero para pasar a ser el segundo. Si no se pasa a ser otro libro, nunca se llega a dejar de ser. De aquí podemos principiar ¿qué es lo que da placer al lector?

Sin duda, no es el hecho de poder ser. En el momento en el que uno lee un libro lo que quiere es acabárselo, por tanto, quiere dejar de ser. El objetivo de un lector cuando empieza a leer un libro es leérselo entero, esto es, el lector cuando empieza a ser, insisto, lo que quiere es dejar de ser. No es el hecho del no ser lo que le produce placer al lector. Ni tampoco el mero hecho de ser. Ambas cosas tampoco le producen miedo o quizás sí. El lector sabe que para ser necesita leer. Pero es que si lo que quiere en realidad es ser para siempre, lo que tiene que hacer es sencillo, empezar un libro y no acabarlo nunca, esto es, no leer, esto es, el no lector es.

¿Para qué leemos? Soy el libro que leo, por tanto uno puede responder a esta pregunta que leemos para ser, pero entonces nos damos cuenta de que no. Leemos para dejar de ser, porque el mero hecho de leer un libro el sencillo objetivo justo después de empezarlo es acabarlo. En el momento en el que me lo acabo, no leo un libro, por tanto no soy.

A pesar de que soy el libro que leo, la respuesta a la pregunta para qué leemos no la vamos a encontrar en el leo para ser o en el leo para dejar de ser. El lector experimenta el éxtasis en el momento en el que deja de ser, en el momento en el que se acaba un libro. Tiempo atrás empezó a leer, por tanto empezó a ser y de repente, sin ser muy consciente de ello, deja ser. Al dejar de ser rápidamente busca volver a ser, porque un lector no consigue resistir no ser. Un lector es en tanto que lee y porque lee es lector. Porque es y deja de ser constantemente.

 

Más allá de la experiencia de Santiago Alba Rico en la función pedagógica de la lectura en voz alta a sus hijos, a mi modo de ver, el autor pretende preguntar a sus lectores el mismo para qué leemos que en las anteriores líneas he intentado responder, creo que sin demasiado éxito. Mi anterior argumentación despierta muchas otras preguntas a las que ni me planteo responder, como por ejemplo qué es un libro. Y si alguien se pregunta qué es un libro, pronto dirá: y qué es una obra. La respuesta de ello se lo dejo a Foucault.

Alba Rico habla de Sherezade (“Las mil y una noches”) y de Penélope (“La odisea”) y del papel que tiene la literatura, por tanto la lectura, en ambos personajes. Mientras que Sherezade cuenta una historia cada noche para salvar el cuello, Penélope lee cada día para no ocupar su tiempo conociendo a otros hombres a la espera del regreso de Ulises. A pesar de que el libro sea mucho más que esto, pienso que en la hipótesis que plantea el autor con estos dos ejemplos, articula así el sentido de su obra. ¿Para qué leemos? Sherezade y Penélope lo ilustran perfectamente. Leemos para ocupar el tiempo, cuando la muerte pre-ocupa.

No obstante esto no es todo lo que se nos viene a decir en “Leer con niños”. Lo que aquí cuento no es más que una opinión que podría estar equivocada respecto a lo que el libro cuenta, pero sin embargo no es una opinión equivocada respecto a lo que a mi modo de ver un lector y la lectura es. Yo, el que esto escribe, soy el libro que leo. ¿Para qué leo? Para ser y dejar de ser sucesivamente. El éxtasis del dejar de ser es inexplicable. No quiero renunciar al no ser, pero para llegar a no ser, antes debo ser. No es posible vivir en el no ser perpetuo y permanente, para no ser, debes ser. En realidad no es que uno no sea, sino que deja de ser. Consigue dejar de ser en tanto que fue antes y es ahora, en tanto que es ahora y será después. Entre cada antiguo y actual ser existe un dejar de ser. Esto somos los lectores: porque fuimos, somos, porque somos, serán. Hay que saber apreciar el matiz. Leo para no ser toda una vida el mismo. Leo por distracción, para hacer tiempo. Ocupar los días. La muerte preocupa demasiado. Todo lo demás me da igual que me la suda.

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