lunes, septiembre 25, 2017
La trivial > Sin categoría > La visión de un voluntario

La visión de un voluntario

Julia Aguiar

Toda cara tiene una cruz. Todo lo que se ve de frente tiene un detrás. El trabajo terminado necesita empezarse, mantenerse y controlarse. El movimiento necesita ser movido. Para lograr un cambio se necesita una base fija. La Universidad de Verano también tiene un backstage.

Ser voluntaria durante los cuatro días de duración de la Universidad de Verano ha sido una de las mejores experiencias que he vivido, y eso que siempre fui una ‘voluntaria infiltrada’, ya que, en principio, yo fui una de las seducidas por la buena pinta que tenía esa programación en la que trataban tantas materias y temas interesantes que no podías resistir a emocionarte cuando lo leías. Mis ganas de aprender, de reflexionar y, cómo no, de tener la oportunidad de ver en carne y hueso a personas que habían inspirado mis pensamientos frente a la oscuridad de un techo blanco, así como generado noches de debate hasta altas horas de la madrugada acompañada de amigos y cerveza no podían medirse, por lo que partí la mañana del 23 de julio con los treinta euros mejor invertidos de todo mi verano y un pequeño cuaderno rojo camino a empaparme de ideas que luego pudieran darme más noches en vela o generar temas de conversación más allá de los que la gente puede asociar a personas de dieciocho años.

Llegué una hora antes para ayudar con el primer día de madrugón a mis amigos, quienes sí se habían inscrito desde el comienzo como voluntarios, y en ese momento y sin darme cuenta, me dejé llevar por una sensación de compañerismo que invadía el espacio por encima del cansancio que supone para cualquiera madrugar en sus vacaciones, por encima de lo desconocidos que éramos entre nosotros. Algunos, como mucho, se habían visto las caras días antes en una reunión de preparación. Pero ahí estábamos, y ahí comenzaría un vínculo que dejaría atrás cuatro días de verano para convertirse en amistades que pese al poco tiempo que caminaron juntas, fueron y serán capaces de mantenerse erguidas, juntas, siendo lo que de verdad representa mirar por el otro, compañerismo, igualdad y con la capacidad de lograr lo que se propongan.

Terminé por aceptar mi puesto de voluntaria (olvidando así con cierta pena que al poco tiempo desapareció la oportunidad de disfrutar de las ponencias y los treinta euros invertidos) cuando realicé mi primera tarea y observé lo implicadas que estaban las personas que realizaban, que creaban y hacían posible todo aquello que me perdería pero disfrutaría de una manera diferente (de hecho recuerdo pensar “¡Yo también quiero formar parte de esto!”). Dicha tarea consistía en la preparación de las bolsas de bienvenida que se entregaban a los asistentes tras su inscripción, y fue gratificante ver como de la nada te coordinabas con absolutos desconocidos para lograr hacer  una tarea entre todos de manera hipersónica, pues sólo teníamos una hora antes de que se abrieran las inscripciones. Colaboraban juntos desde el más joven al más mayor, desde los coordinadores (que eran los encargados de decirnos dónde se nos necesitaba) hasta el voluntario más inexperto…  Eso sí, al terminar, preguntabas el nombre de las personas que habían estado a tu alrededor. Eso de preguntar el nombre a un compañero voluntario después de hacer la tarea, y no antes o durante parecía una ley no escrita. Podías pasarte la mañana compartiendo una mesa recibiendo prensa, ponentes o participantes y hablando de mil cosas, que hasta que no te cambiaban de lugar, no preguntabas el nombre de alguien a quien ya conocías bastante tras una mañana o tarde juntos.

Otra ley no escrita era dejar la tarea que más ilusión le hacía a un compañero a ese compañero en concreto. Había gente interesada en periodismo que le gustaba recibir a los medios y aprovechar a realizar un par de preguntas. Otros querían ver una ponencia y se les adjudicaba el puesto de controlar la entrada y la salida de la sala o de reponer las botellas de agua de los ponentes para que pudieran disfrutar de ella. También había casos de compañeros muy emocionados con la llegada de algún ponente que a ti te sonaba a chino, y se le colocaba en la mesa que recibía a las ponencias. Personalmente creo que fue una idea muy buena, pues todos siempre trabajábamos con ganas en lo que más nos apetecía.

Mi experiencia personal fue dedicada a las mesas, tanto la de inscripciones (abajo del todo y alejada de la civilización a la que venían todo tipo de historias curiosas, desde un hombre que había perdido un broche con forma de gato hasta un francés con el que tuve que hacer señas), como la mesa de prensa o la de llegada de ponentes, que era la que más nos gustaba a todos, sobre todo a los jóvenes, pues nos permitía conocer a personas que admirábamos, aunque nunca los poníamos como gente que pudiera estar por encima de nosotros. Simplemente establecíamos un de tú a tú. Y destaco entre las enormes personas que conocí la cercanía y el aguante de Íñigo Errejón, la atención de Eduardo Maura, el buen rollo de Rita Maestre, y, personalmente, ese rato de charla con Eduardo Fernández Rubiño, uno de mis referentes en la lucha por lograr una sociedad mejor y prueba de que si luchas, consigues. Él actualmente es diputado de la Asamblea de Madrid con 23 años.

Pasaban las horas, o los días, y poco a poco íbamos conociendo nuestras historias, de dónde veníamos, qué nos movía, nuestros defectos y virtudes. Empezábamos como desconocidos sentados tras una mesa y acabábamos descubriendo un montón de cosas en común, o en contra. Pero entre todas estas historias hay una anécdota que me gustaría destacar y que realmente me enseñó la fuerza y las ganas con las que se movía este backstage de verano. Ocurrió en mi primer día como total responsable de la mesa de inscripciones. Yo me sentía como una trabajadora ascendida al puesto más alto, pues como he dicho esa mesa era donde llegaban todos los ponentes a recoger su nombre y la pulsera necesaria para entrar. Y me encontraba, a la vez, cuidando de Ilse, una pequeña niña de cinco años hija de un voluntario y que se llevó un trocito de todos nosotros. Nos encontrábamos dibujando y atendiendo a los ponentes, cuando llegó un compañero ayudante que no podía hablar y con un círculo a la altura de su garganta que se abría como tubo hacia sus pulmones. Era una obviedad que era debido a una enfermedad, pero Ilse, al ver que no hablaba, le preguntó extrañada si era por culpa del tubo. Mi compañero, que era ya de una edad mayor pese a conservar la energía de un joven, intentó que la entendiese leyéndole los labios mientras decía ‘Es por una enfermedad. Cáncer.’ Al ver que la pequeña no lo entendía, yo le dije que era porque estaba malito, pero como los niños son tan curiosos, ella quiso saber más. Entonces y para aclararnos las dudas a las dos (he de decir que en ese momento no supe tampoco leer bien sus labios) cogió un trozo de papel y escribió esa dura enfermedad. Para Ilse era algo desconocido, así que no tuvo ningún reparo en seguir preguntándole acerca del círculo en su garganta e incluso jugar a meter la mano en él.  Tiempo después llegó otra compañera y le dijo “Ilse, ¿no te ha dicho que aunque no sepa hablar sabe bailar de maravilla?” Obviamente el hombre no sabía,  pero me pareció una metáfora estupenda para describir todo lo que había pasado: cómo a veces carecemos de cosas, pero sin duda podemos siempre aportar algo que hace que esa carencia no tenga la más mínima importancia, cómo ser positivo saca siempre lo mejor de nosotros y cómo siempre hay que seguir hacia delante y luchar, y saber que nada podría hacerse sin ayuda de otros. Que no somos personas sin personas.

Y cuando acababa el día, todos, tanto voluntarios, como ponentes o participantes, nos mezclábamos fuera, continuábamos compartiendo, debatiendo o conociéndonos entre nosotros. Se respiraba un ambiente único, y era espectacular ya que podías dirigirte a cualquier persona, tanto voluntaria como ponente o participante, y ésta te abría los brazos para escucharte, o para acabar hablando más que tú, como ocurría con Monedero o un señor muy mayor proveniente de Asturias al que regalamos una entrada debido a su falta de medios. Dicha sensación mezclada con empanadas y cervezas junto a un núcleo irradiador con forma de ventilador para apaciguar el calor hacía las noches extremadamente deliciosas, y, por supuesto, únicas debido al gran ambiente conseguido.

Claro que no todo era perfecto, pero hubo problemas en los que se volvió a mostrar un compañerismo brutal, como cuando el primer día no había suficientes tickets para que comieran los voluntarios y ellos mismos cedieron los suyos propios a otros, gente que luego se supo que había ayudado hasta con problemas médicos o, sencillamente, problemas a secas al acabar el concierto el último día. Y es que, en pocas palabras, hay un gran trabajo detrás de esos magníficos cuatro días que poca gente puede ver: gente recogiendo hasta la madrugada, paciencia frente a situaciones difíciles, mantener la organización…

¿Y sabéis qué? Aquí, en todo lo narrado, es donde veo la fuerza, donde veo el verdadero cambio. Cuando todo a mi alrededor es corrupción, gente durmiendo en la calle, empleo precario o televisión donde manda más el corazón y las noticias manipuladas, encontrar algo como esto me da esperanza. Ver a gente tan diferente, e incluso de tanto renombre, mezclada con ciudadanos trabajadores, pero que comparten un mismo sentimiento, hace que quede dulce en este pastel amargo que ahora le toca vivir a la población española. Hace que vuelva a sentir un cosquilleo en el estómago, pensar que nada se ha acabado, y que siempre habrá gente luchando pese a su falta de medios, enfermedades o cualquier situación que a priori haría mucho más difícil este camino que sólo busca encontrar por fin una ayuda para todos. Un camino que nadie dijo que sería fácil, pero que entre todos podemos hacer más llevadero a través de acciones como estas. Un camino en el que todos tienen las puertas abiertas y en el que esperamos, juntos, lograr saltar los muros.

One thought on “La visión de un voluntario

  1. Gracias Julia! y gracias a Alba quién se encargó de coordinar el alojamiento para los que veníamos de fuera con tanto cariño! y a través de las dos, gracias a todos los voluntarios, lo han hecho magníficamente. Espero vernos el próximo verano!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *