Jueves, Julio 20, 2017
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La vergüenza hubiera sido el 0-0

La vergüenza hubiera sido el 0-0

 

Tú eres nuestro Messi, dijo Xavi Domènech vía Twitter a Íñigo Errejón. Precisamente en el mismo fin de semana del “clásico”. Y es que Íñigo es del Madrid y Xavi del Barça y mientras que Errejón comparaba en El Mundo un hipotético resultado del derbi con los gobiernos de las alcaldías de las respectivas ciudades de ambos equipos, Domènech le daba bombo al artículo de su compañero a través de las redes sociales. Remarcaba Errejón la importancia de darse la mano y no la espalda entre Madrid y Barcelona; remarcaba el peso de la plurinacionalidad en España. En definitiva, recordaba que intentan tender puentes entre las gentes y las instituciones de ambas ciudades. “La vergüenza es el 0-0” tenía por título el artículo, de modo que por lo menos podemos afirmar que el derbi no decepcionó. El resultado fue de 0-4 a favor del Barcelona. Ganaron los catalanes.

Si algo está candente tanto en España como en Cataluña es el tema de la independencia. O al menos el tema del derecho a decidir. ¿Cómo solucionar todo lo que atañe a la relación de estado que quieren tener los catalanes respecto al resto de españoles? La respuesta es clara: referéndum. Una consulta real, legal y vinculante. Esto debería formar parte del programa político de cualquier partido; que más del ochenta por ciento de los catalanes estén a favor de votar respecto a este asunto no es poquita cosa. La sociedad catalana quiere votar y casi la mitad de esta quiere la independencia de su nación.

El pasado Madrid-Barça fue un partido sin Casillas ni Xavi, los capitanes de antaño. El primer partido sin los referentes del pasado, el que marcará una época futura, un antes y un después; esta vez ganaron los catalanes. Pues también en el gobierno hay que desprenderse de los antiguos referentes de la parte mayoritaria de la sociedad catalana y española, hay que deshacerse de Mas y Rajoy, para que también así ganen los catalanes. Aquí tampoco vale el empate, aquí debe ganar Cataluña y los catalanes, que no la independencia. Hay que superar la polémica sobre la independencia, la dependencia o el depende. Hay que empezar a responder a las ganas de cambio de las gentes y hay que construir pueblo en favor de un estado plurinacional que reconozca todas sus naciones.

Uno de los jugadores que más gustaba a Íñigo Errejón es Laudrup. Lo es por su visión de juego cuando este vestía de corto y danzaba encima de la alfombra verde pisando y peinando con el pie el esférico. Laudrup no solo hacía pases mágicos e inverosímiles causantes de mucho peligro a puerta rival, sino que asistía a sus compañeros de equipo haciendo pasar el balón por espacios que nadie veía aparte de él. El “espacio” que así se define en términos futbolísticos, en términos políticos debe entenderse como “brecha”. Un pequeño espacio en el que colarse, un espacio en el que simbólicamente debe pasar el balón para que al final de dicho espacio o brecha alguien del mismo equipo remate y marque gol.

Asimismo el 15M en política es ese espacio que solo Laudrup veía en el terreno de juego. Es esa brecha que en política debe ser aprovechada, entendiendo que una asistencia, en el espacio que nadie más que el pasador ve, es equivalente a la construcción de un nuevo eje hegemónico para construir un proyecto de país en unos nuevos parámetros que antes no se contemplaban. Podemos llega para decir lo que nadie antes se atrevió a decir mientras tuviera posibilidades de ganar las elecciones.

Para hablar de esto, del equivalente a las asistencias de Laudrup en política, me parece relevante hacer referencia algunos pensadores que cuentan cómo es posible surgir de la nada y sin embargo tener opciones de seducir a una mayoría social.  Esto sucede gracias a la construcción de nuevos parámetros en los que dialogar y debatir. El hecho de poner sobre la mesa todos aquellos temas que los españoles tenían ganas de oir, es lo que a muchos les ha devuelto el entusiasmo para creer que vivir en un país mejor es posible. De entrada una mayoría bastante amplia del pueblo pide: tolerancia cero a la corrupción y trabajar por un sueldo más digno que propicie una mejor calidad de vida. ¿Entonces, cómo conseguir el apoyo de las masas y aplicar a su vez todas las medidas que en su día se propusieron?

Hay que explicar un relato creíble, coherente y, sobre todo, posible, a través de cadenas de equivalencias. Agrupar todos los enfados de las gentes en cuanto a las antiguas políticas para que, de este modo, todas estas voces juntas actúen con mucha más fuerza. Hay que crear un sentido a todas estas quejas, un enemigo común al que arrebatarle el poder para concienciar a todas las voces críticas de que son un sujeto. Un sujeto plural que batalla para el bien de todos, un sujeto plural que se cristaliza y da empuje a sus representantes políticos. Hay que echar al enemigo que sacrificó el bien de las gentes de España en favor de su bolsillo y sus cuentas bancarias en Suiza. Asimismo, esto solo puede hacerse si se conoce en qué parámetros la gente se refiere a él, al enemigo, a la casta, por ejemplo. La casta es en realidad dos cosas: en primer lugar el enemigo y, en segundo lugar, el término que consigue unir a todas esas voces enfadadas, lo cual más adelante se empieza a conocer con el término cambio. El cambio es posible. Sí se puede cambiar con las políticas de austeridad y corruptas del pasado reciente. El enemigo es la casta y a su vez la casta es lo que se quiere exterminar, aquello por lo que las voces se unen para arrebatarle el poder en favor de que una vida digna esté al alcance de la mano de todos.

 

La arqueología del saber

Explica Foucault en “La arqueología del saber” su visión en cuanto a las regularidades discursivas. En estas describe, a su parecer, las unidades del discurso y las formaciones discursivas. Foucault explica también en su libro cómo introducir socialmente esos parámetros antes comentados. Explica que para conseguirlo hay que tener en cuenta las equivalencias de las voces que se quejan; hacer de ellas un colectivo que se identifique como tal; ponerle a este un enemigo reconocido con un nombre propio; y, finalmente, definir el objetivo por el que batallar. Esto es, se crea una nueva voz colectiva con un mismo objetivo y un mismo enemigo. Se construye un relato que antes no existía para agrupar gentes de diferentes provinencias y marcar unas nuevas normas del juego.

A mi modo de ver, según Foucault, la unidad de un discurso es en cierto modo ficticia, esto es, la continuidad discursiva es relativa. No hay ningún vínculo o enlace que limite la particularidad, singularidad o, en definitiva, la unidad de un discurso. Pues este se lee mediante correlaciones de continuidad, las cuales hacen entender dicha trama como un conjunto.

No obstante creo que Foucault discierne de eso y propone leer desde la discontinuidad. Un libro, desde su inicio en el título hasta el punto y final del texto, a pesar de poder agarrarlo con las manos, no se debe entender como una unidad cerrada. El libro es engendrado gracias a influencias y perdura en el tiempo puesto que propicia y precede nuevas influencias. Por ello, la visión expresada en un libro puede ser causa que conlleve a nuevos textos y nuevas ideas. Definir o agrupar un conjunto de textos de un mismo autor encabiéndolos en el concepto de “obra” es también una percepción arbitraria.

Según el autor entender que el colectivo creado se puede reconocer como tal, pues, es una medida arbitraria, sin embargo no niega que no se produzca. Es obvio que entre las gentes que unen sus quejas para así hacer de ellas una queja generalizada que se llegue a escuchar desde más lejos, hay más diferencias que parecidos. Por tanto, encabir toda esta diversidad de sujetos en uno de colectivo es arbitrario y falso. Cada uno viene de lugares distintos y va a lugares distintos, sin embargo, el relato aprovechado es el que para seguir cada uno su camino todas esas voces quejosas deben cruzar una misma puerta. Es aquí en donde surge la voz colectiva. Es esa la brecha que antes comentaba y es aquí donde se aprovechan las circunstancias para crear un nuevo relato en el que esta vez las condiciones favorables respondan a una mayoría social y no a una minoría privilegiada.

Es cierto que lo dicho rompe con lo que propone Foucault, quien dice que un texto o discurso no es en sí mismo una unidad cerrada en tanto que procede del entendimiento particular del autor a otros textos o discursos, más el entendimiento de su experiencia vital. Si se entiende ese “texto” o “discurso” como el equivalente de un “colectivo” entonces es más fácil de comprender la posición de Foucault al respecto. Nada está cerrado, nada actúa como frontera o límite, porque en realidad no existe ninguna categoría ni género. Sin embargo la gente sigue entendiendo un libro como una unidad en sí misma o bien un colectivo como un sujeto plural, es decir, de nuevo, una unidad singular en sí misma.

Un texto u otro de un mismo autor se elabora a través de nuevas influencias y aprendizajes, puesto que no escribirá dos veces por igual la comprensión de una circunstancia o bien una situación singular. Pues no hay originalidad en los textos en tanto que incluso la propia influencia se construye con anterioridad al futuro discurso influenciador. De este modo la forma “categoría” queda obsoleta, como también la forma “género”, mientras se intente encerrar o definir la unidad de un discurso.

Foucault cree que es un criterio de arbitrariedad considerar que una multitud de sujetos forman un sujeto colectivo y plural, como también lo cree de cualquier concepto que determine una categoría o género. Pero lo más importante de todo no está en pensar entonces que Foucault está en contra de la construcción de dicho colectivo de sujetos que luchan por un fin común, sino que, a mi modo de ver, lo que intenta constatar el filósofo en su ensayo es que en realidad cualquier categoría o unidad es subjetiva y que es susceptible de surgir en un contexto singular. Solo se puede crear de la nada en determinadas, concretas y precisas circunstancias. En definitiva, en la brecha que fue el 15M.

La unidad del discurso se construye a través de relaciones subjuntivas que fomentan a la vez agrupación y dispersidad en el discurso. ¿Qué es y qué no es obra o colectivo? ¿Hay que considerar que notas, apuntes o bien bocetos referentes a otros textos son parte de la obra del autor que lo produce? ¿Hay que considerar que la intención quejosa de quien se siente identificado con el colectivo sin hacerlo público no forma parte del sujeto plural? Se justifica, pues, la confusión que puede generar el término obra, colectivo, o cualquier concepto encasillado en una mera definición, según la perspectiva de Foucault en cuanto al discurso y la que, a mi modo de ver, equiparo con el colectivo.

Por esta razón hay que poner en duda también todo lo que atañe a las formaciones discursivas. Dice Foucault que en el momento en que los enunciados son capaces de definir el sistema de dispersión discursiva ya comentado, en el momento en donde se puede definir una regularidad, se conocerá aquello como formación discursiva. Asimismo procede de condiciones y precede consecuencias.

Todo lo que define el hecho en sí de la “formación” (creación o construcción) es una condición de la existencia (como también de coexistencia, conservación, modificación y desaparición) en lo que pueda considerarse una trama discursiva determinada. Por tanto, creo que podría entenderse que todo aquello ya determinado, o bien todo aquello que determina, esto es, determinante, está predeterminado como, a su vez, también predetermina.

Creo que se puede entender esto al pensar en el proyecto de país que propone Podemos. El nuevo partido que consigue simpatías y antipatías, que muchos dicen que surge gracias al 15M y por lo contrario, a mi modo de ver, los más ortodoxos dicen que acaba con el 15M. Lo que aquí creo  que es fundamental relacionar es el enfado de la gente que quiere el cambio político. Este empieza mucho antes de que salgan los indignados a manifestarse en las plazas y estalla en el 15M. Esta intención de cambio se cristaliza con los movimientos sociales y más adelante con los partidos políticos.

Existe una brecha que que genera el desenfado social y de repente surge algo nuevo de la nada. Así lo contaba Jorge Alemán en la Universidad de Verano. Algo del orden de la constitución, decía. El acto funda en sí mismo, genera, inventa significantes nuevos. Por ejemplo, la soledad común. Resulta imposible determinar quién o qué lo determina. Hay singularidades, pero por encima de todo hay comunidad. Hay certeza, anticipación y angustia. Todo ello propiedades de la soledad común en el acto instituyente, el 15M. Por eso hay que concebirlo en un proyecto institucional, un proyecto que instituye, el cual, además, acoge el acto constituyente, susceptible de constituir una comunidad. No obstante existe una tensión entrambos actos, ya que a una institución no le pertenece el acto instituyente. Como decía Alemán, hace falta atreverse a construir las instituciones que suscitan el acto que ha constituido a un colectivo. Y eso es lo que pretende hacer Podemos, la cristalización en forma de institución que representa un grupo social constituido desde los enfados de los comunes, autores de la comunidad.

La formación discursiva de Foucault a mi modo de ver no debe entenderse como una nueva categoría, pues podría suceder que ahora, desde esta perspectiva, se debiera disociar el concepto obra, ignorar influencias y tradiciones o abandonar la cuestión de origen. En suma, decir adiós a la presencia del autor en el discurso. Desaparece todo aquello que constituía la historia de las ideas. Desaparecen por tanto los antiguos preceptos. Hecho por el cual Pablo Iglesias ha dicho más de una vez en televisión que él se considera de izquierdas, pero que entiende que en este contexto de excepcionalidad, el partido que representa puede comprender el voto de la gente que viene de votar al Partido Popular como el voto de quien viene de votar al Partido Comunista del Pueblo Español. Esto es, se corre el peligro de perder el despertar en la continuidad perpetuamente y por tanto uno se despierta ahora en un nuevo origen que jamás se cierra, porque jamás algo lo ha determinado previamente. Entender que el origen corre peligro de desaparecer, puesto que la sociedad que se indignó en su día, el colectivo que batalla por el bien común, proviene de distintos orígenes. Dejar de lado las derechas y las izquierdas no debe ser criticado como algo reformista, debe entenderse como la reunión de las personas que sufrieron la crisis, frente a quienes la hicieron padecer a los demás.

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