Domingo, Julio 23, 2017

La Calle

 

La Calle

Por Adolfo González Ramírez

La calle se moría lentamente, nadie la ayudaba…era un ser solitario y moribundo. Entre más
solitaria más moribunda. Llegaron los doctores de las avenidas, los paramédicos de las
esquinas y las ambulancias del asfalto para estudiar y resolver este caso. Yo llegué también,
recién desempacado de Francia, donde estudié un doctorado en seres inanimados con
enfermedades infecciosas, porque ese tipo de carreras están de moda y además tienen un gran
futuro porque ¿saben? calles va a haber siempre y sus problemas también, como extensión de
su existencia. Parecía que esta iba a ser mi prueba de fuego, con la que iba a confirmar mis
conocimientos para poder aplicarlos en beneficio de mi comunidad.
Dos cuadras antes de llegar con mi paciente revisé en mi libro las posibles causas de las
enfermedades de las calles en los meses que van de mayo a diciembre (lo que les cuento
sucedió en junio). En la página 24 estaban las tres razones principales por las que las calles
enferman y mueren: 1. Demasiada basura tirada. 2. Muchos tropiezos por la calle que
pudieron haber provocado su desgaste. 3. La caca de los perros. Interesante. Aunque es
posible que esta calle empezara a notar molestias desde enero, el mes más frío del año en los
países del cono norte, cuando las personas se ponen más melancólicas y en vez de guardar
sus problemas en sus hogares salen a las calles y exhiben su tristeza al exterior. Las calles son
seres muy receptivos y pueden absorber los parásitos que la tristeza de las personas germinan
y ponerse también tristes, víctimas de una enfermedad venérea que se transmite de humano a
calle.
Cuando llegué a la calle enferma, ella tenía en su bocacalle un cubre bocas colgado de
banqueta a banqueta. Me acerqué a mirarle los ojos fijamente. La calle me observó con
tristeza. En sus ojos adiviné que todo lo que pedía era un abrazo. Le dije que no podía, que
mis manos no alcanzaban a abarcarla a pesar de que no era una calle demasiado ancha y mis
brazos tampoco eran los más angostos. Me agradeció el gesto y cerró por un momento sus
ojos mientras aguantaba las lágrimas. En ese momento empezó a llover y mi calle lloró
también. Los pequeños charcos que se instalaron en ella simulaban las lágrimas de tristeza.
Yo también empecé a llorar y me tiré de rodillas a su lado. La calle me pedía por favor que
no lo hiciera porque la lastimaba al apoyar mis rodillas sobre el tramo que simulaba ser su
cuello. Me dijo que no quería ser una “ruta asfixiada”.
Estaba desesperado y llamé a un amigo arquitecto, experto en construcciones que sufren
depresión. Me recomendó comprarle unas pastillas contra la tristeza en una tienda de
materiales para la construcción.
Cuando llegué a la tienda tuve que esperar en la sala de estar, al estilo de los consultorios
médicos. Detrás de la puerta de entrada del doctor observé una bodega donde había obreros
trabajando con las manos ya negras. Descargaban los materiales desde las toscas trocas. El
que despachaba en la tienda me comentó que esas pastillas solo se dan con receta, así que fui
directamente a casa de mi amigo arquitecto.
El arquitecto vivía en la calle donde vive la gente con oficios mezclados; era vecino del
“veterinario de sistemas”, del “profesor diseñador” y de la “contadora química”.
“Esas calles siempre sufren. Nacieron como un espacio de convivencia familiar, donde los
niños jugaban en ellas y las señoras se paraban a charlar, etcétera etcétera. Lamentablemente
han sido olvidadas y no están exentas de sufrir ataques de este tipo. Lo mejor será
administrarle los medicamentos y esperar, ya que no se soluciona de un día a otro”, me
comentó. Me dio tres cajas de pastillas, todas de colores distintos. La primera se llamaba
“Asfaltosol”, para curar el dolor del cemento. “Contralluviasmex”, que le da fuerza a las
calles para soportar las gotas de agua que caen en tiempos de lluvia y “Obrasol”, que cuida el
daño que las obras del ayuntamiento ocasionan al asfalto.
Me dirigí de nuevo a la calle y después de preguntarle cómo seguía de su enfermedad le
ofrecí las medicinas con una sonrisa en mi rostro. Las rechazó, pero me dio las gracias. Un
poco decepcionado la traté de convencer pero ella estaba de mal humor, sufría de mala
actitud, lo cual desalentaba el ambiente. Dicha mala predisposición contagió también a las
otras calles, a los vehículos e incluso a las bicicletas. La avenida más cercana las empezó a
animar, les prometió desfiles, maratones y hasta pasarelas de moda…pero las vías todavía
veían a la avenida como el jefe incómodo que quiere ayudar pero no sabe cómo hacerlo y por
eso emite consejos ridículos.
La última solución que se me ocurrió fue ir a una agencia de autos. La más próxima a la calle
deprimida estaba a tres cuadras. Pedí hablar con el jefe el cual accedió con mucho gusto. Le
comenté que los coches podían ayudar a nuestra paciente ya que su depresión provenía de la
soledad. Le propuse poner un pequeño local donde se exhibieran coches último modelo que
cuando salieran aumentaran su autoestima al ver que autos de lujo no tenían vergüenza de
recorrer su asfalto. El dueño aceptó pero puso una condición: reducir la calle y cortar árboles
para que su negocio fuera más visible para la gente. De esta manera, según él, saldríamos
ganando todos: los coches, la agencia, la calle y el medio ambiente… (este último no tanto,
pero ¿qué importa el medio ambiente cuando hay que ayudar a un ser inanimado
deprimido?).
La calle notó que le estaban cortando los árboles y les reclamó a los obreros que realizaban su
deber. Estaban gritándose los unos a la calle y la calle a los otros, cuando intercedí. Le
expliqué a la calle que no se preocupara, porque si bien los árboles eran el elemento básico de
su existencia, a la larga, cuando la depresión bajara, los árboles volverían a ella atraídos por
su buena actitud, ya que como todos saben, un ser con buena actitud atrae a otros seres a su
alrededor. Karma de inanimados, asuntos de cosas sin alma.
La calle aceptó a regañadientes, unos dientes, por cierto, bastante negros color chapopote
debido a los constantes corajes que la hacía. Los obreros terminaron su obra en un mes
exactamente, de modo que en septiembre la agencia ya tenía su sucursal en la “calle de la
amargura”. Pronto se notaron los resultados esperados. Los ojos de nuestra “protagonista”
brillaban cuando coches de diversas marcas arrastraban sus llantas en ella. Las personas que
iban a comprar sus vehículos tenían mucho dinero en sus cuentas, así que estaban alegres y
por eso la saludaban siempre. Una calle saludada es una calle con buena actitud. Para el mes
de diciembre “Prisciliano Sánchez” era otra. No era ya ese lugar gris y triste de julio. Ahora
el Diciembre le sentaba bien.
El primero de enero se celebra en la ciudad la procesión de la virgen, la cual iba a pasar por la
avenida que está a tres cuadras de nuestra calle aliviada. En este festejo miles de personas
salen con banderitas, buen humor y mucha energía. Todos están alegres, incluso la virgen
sonríe cuando ve a sus fieles seguidores tener ese ánimo positivo y luminoso. En esta ocasión
varias personas portaban banderitas y accesorios de “asfatito”, el santo de las calles. Seguro
que la virgen estaba de acuerdo con la existencia de este santo, así como lo está con casi
todos los que existen.
Yo seguí la procesión (tenía la procesión por afuera), desde el principio hasta casi el final del
recorrido. Me cansé y en el cruce de la avenida con la calle que cruza con nuestra amiguita
restaurada compré una botella de refresco. Mientras me la tomaba pensé en proponerle al
arzobispo de la ciudad realizar las procesiones no solo en las calles principales sino que
también las extendiera a las vías subordinadas, secundarias…”raras”. Pensaba en esto cuando
de pronto escuché un chirrido de coches que se resbalaban por el asfalto. Al principio no le di
importancia pero cuando noté que los ruidos provenían de la calle aliviada me levanté y
caminé rumbo al punto del cual yo supuse que provenían los sonidos inconexos y sin sentido,
propios de ciudades caóticas sin un plan de urbanización definido (casi siempre los planes se
lo encargaban a “asfaltito”).
Llegué a la calle, catorce veces mencionada en este cuento, por el lado contrario al que
acostumbraba, de manera que la bocacalle quedaba frente a mi vista. Divisé en la bocacalle
un bulto que impedía ver hacia el otro lado. Me acerqué y observé un montón de coches
chocados, encima unos de los otros, que formaban una montaña de vehículos último modelo.
Gritando pregunté que qué había pasado….la calle intentó hablar pero sus palabras fueron
casi ilegibles, como una persona que intenta hablar mientras come y no puede escupir sus
bocados….TEGGNIAAA AMBR..EEEE Y ME LOS EMPEZEEE ACOMGGGEEER. Fue lo
que entendí de sus “palabras”.
Una ambulancia de coches estaba junto al lugar de los hechos. Le pregunté al paramédico de
vehículos qué había pasado y me dijo que “un verdadero desastre. La calle, estaba tan
contenta por la vibra que le ha llegado estos últimos meses que decidió rebelarse contra este
medio de transporte y decidió comérselos”. “Pero si los coches la salvaron” le contesté. “Sí,
pero como que sintió que ya los coches la habían servido, que ya habían cumplido su
cometido y como que tuvo la confianza para tragárselos”.
Me quedé sorprendido pero contento a la vez. Comprendí un poco más sobre nuestras amigas
las calles. Son seres vulnerables, sensibles y a veces hasta débiles. Pero son traidores y
orgullosos y si se les trata bien pueden reaccionar de maneras muy extrañas, siempre en su
beneficio, pero la mayoría de las veces con buenas intenciones. Dejémoslas en paz mientras
caminamos encima de ellas. FIN

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