Por @IagoMoreno_es

Iglesias ha vuelto poniendo el antagonismo “la gente” vs “las élites” más en el centro de su discurso que nunca, poniendo más énfasis que nunca en las conexiones entre los grandes partidos y el poder mediático y económico.  ¿Pero bastará? Hay quienes durante mucho tiempo hemos defendido que ahondar en este tipo de antagonismo, era fundamental. Pero es  haber defendido la necesidad de un giro como este durante mucho tiempo y sin embargo, tener graves dudas respecto de si funcionará; fundamentalmente, por la forma concreta en la que se está llevando a cabo.

Porque devolver al centro del discurso un antagonismo de este tipo no es una especie de conjura mágica; no  es algo permita articular todas las demandas de la gente por ciencia infusa. El discurso popular-democrático es un discurso que, para articular, tiene que hacerse midiendo bien la naturaleza de los tiempos en los que uno vive, cuidándose de no obviar la posición de enunciación de la que uno parte, y entendiendo todas las limitaciones que este discurso tiene (no todas las demandas democráticas se pueden articular a través de esa lógica y ese cleavage) . En España hay un descrédito generalizado de los medios de comunicación y los partidos tradicionales, y los entramados de corrupción que unen a los partidos del turno con los grandes intereses privados son conocidos por todo el mundo. ¿Pero basta con señalar estas cuestiones para desplegar las velas de una campaña triunfante?¿O estamos enfrentándonos a retos más complejos que estos?

Las palabras gruesas, las voces roncas, los tonos elevados, la actitud desafiante, no pueden hacer un soprasso a todos los obstáculos que tiene este discurso en boca del PODEMOS de 2019. Hay quien piensa que sí, pero en sí mismos, la virulencia de los choques dialécticos con periodistas y la ferocidad de los gestos, no le dan más fuerza a un discurso antagonista. Lo que le da fuerza y efectividad es el ajuste a la coyuntura. Y eso es algo que solo lo puede dar una virtud especial para conectar con las demandas concretas de la gente; hablar en los códigos propios a la naturaleza de los tiempos que vivimos. No estamos en 2014, ya no basta con patear el tablero.  El clima social no es el mismo que entonces; aunque lo añoremos. Y el escenario político, por mucho que haya quien se niegue a aceptarlo, tampoco es el mismo. Hace falta ser duro con el poder, sí, hace falta ser conscientes de los engranajes del poder a los que uno se enfrenta, sí, pero también hace falta entender que la gente que mira a través de las pantallas ese conflicto, espera algo más (o distinto) que una escenificación “dura” de un conflicto que ya conoce (pero en el que no acaba de tomar parte, al menos del lado morado). Hay más polaridades, hay más demandas, y no todas caben en este eje. Además de las formas, que cada vez son más desafortunadas.

Los votantes progresistas, los desencantados, los que anhelan un cambio contundente, los demás potenciales votantes de Podemos… ya no sólo temen que no haya nadie que señale los grandes problemas de este país. Temen también que quien los señale no sirva para resolverlos. Temen que pueda haber grandes consensos que no encuentren expresión política después de 4 años de banderas de cambio y promesas vibrantes. Temen que el partido que señala estos problemas, por mucho que sepa responsabilizar en su discurso a los culpables, por mucho que presente “un buen diagnóstico de la sociedad”, no gane el peso electoral que necesita para frenar una mayoría absoluta de la extrema derecha. Temen que la dureza del arsenal semántico de su discurso no vaya acompañada de una capacidad para trabajar con el resto de actores del bloque progresista. Y temen que la hemorragia interna que desangra el partido desde hace demasiado tiempo haga a Podemos aún más débil. Estas son demandas que no se pueden articular a través de una equivalencia con el resto de quejas y exigencias en contra de las élites de nuestro país. Son demandas diferenciadas que tiene que atender Podemos como partido (y Unidos Podemos como coalición); a ser posible, con alguna propuesta más que alzar el tono y rugir con más ferocidad contra las élites. Porque no es hacia ellas a las que apuntan estas dudas, descontentos y quejas que tanto lastran el futuro del proyecto.

Cambiando de tercio…. ayer escuchamos expresiones como “Malnacidos” “Las paridas de Abascal”, “la puñetera verdad”, “llevar una pipa”…. expresiones estridentes que están lejos de nacer espontáneamente de una persona como Pablo Iglesias, que no suele hablar así (ni como SG ni como presentador de programas on-line más distendidos). ¿Cuál es la expectativa concreta con la que se elige expresarse así? ¿Se sienten los potenciales votantes de Unidos Podemos más representados estas formas de hablar? ¿Ayudan a generar el impulso y la ilusión que necesitaría el partido para recobrar vuelo en el camino al 28A? o ¿Puede ser que se estén adoptando expresiones que se fundan sobre una caricatura sobre lo que es nuestro pueblo?  Por la forma de comunicar que ha ido asimilando el partido desde la llegada de Juanma del Olmo a la secretaría de comunicación, da la impresión de que se ha llegado a asumir que hablar claro es comparable a hablar zafiamente, como si la gente de nuestro país no puede explicarse a si misma sus problemas sin exabruptos del lenguaje. Es cierto que hay “verdades” que se escuchan en las barras de los bares, en los pasillos de las facultades, en los lugares de trabajo, en las mesas de las familias que se juntan a la hora de comer… y que sin embargo no se escuchan (casi) en los medios de comunicación, en los discursos oficiales del resto de partidos políticos, y en gran parte de las instituciones.  Pero son estas ideas las que necesitamos sacar a la palestras, no las formas (imaginarias) en las que se dicen. Por lo general, los liderazgos que funcionan no son los que copian como un espejo la caricatura que el adversario dibuja del pueblo que aborrece; sino los líderes que representando, inspiran, emocionan, producen admiración y se convierten en un ejemplo carismático de lo que a uno le gustaría llegar a ser. Pablo Iglesias, en 2019, sigue generando eso es efectos en las cuentas trol que insultan a cualquiera que discrepe con la dirección de Podemos en Twitter, pero ¿Lo hace entre la gente común, los trabajadores, las mujeres, los pensionistas, los estudiantes? 

Cuando le sumamos a estas incógnitas el estado de salud de la “maquinaria de guerra electoral” de la que dependían las campañas electorales de Podemos, el escenario se ensombrece un poco  más. La dirección del partido ha prescindido de (o expulsado a) los spin-doctor, los analistas, los diseñadores de campaña y los responsables de organización del 20D y, en gran medida, del 26J. El espacio de reflexión que orientaba al partido y marcaba, en gran medida, sus decisiones sobre el día a día, ha cambiado profundamente. Profundamente. Tanto que en este espacio ya no sólo pesan las ausencias de Íñigo Errejón (director de la campaña a las Europeas de 2014 y las 2 campañas generales) o Sergio Pascual (Secretario de Organización del Partido hasta después del 20D) sino las expulsiones de personas que formaban parte del núcleo “duro” de Iglesias después de las primeras brechas entre él y el candidato de Más Madrid a la Comunidad.   Es decir, faltan Luis Alegre y Carlos Fernández Liria, a los que Iglesias llamó “autores intelectuales de la hipótesis de podemos” cuando el 26J, ya resultaban claras sus discrepancias estratégicas con Errejón. Falta Manolo Monereo, que entró el 26J como un auxiliar de infantería estratégica para el equipo de Iglesias y ha acabado abandonado la dirección del partido por considerar al CCE como poco más que una pantomima. ¿Cómo afectará a la campaña estas 3 sucesivas rupturas entre Pablo Iglesias y sus “estrategas” de referencia?

 

Lo mismo pasa con la construcción del discurso. En las últimas elecciones generales, la dirección de Podemos aún seguía manteniendo a Jorge Moruno como coordinador y líder del “Área de Discurso” del partido. Es cierto que este Área, después del 20D ya dejó de marcar la tónica general del discurso al nivel que lo hacía antes; pero al menos no había sido destituida, como lo fue en 2017, para ser reemplazada equipos de trabajo y decisión dirigidos por personas tan distintos a Moruno como Pedro Honrubia o Juanma del Olmo. Moruno había acompañado a Iglesias en estas tareas fundamentales desde antes de la fundación del partido, cuando discutían juntos sus intervenciones en La Sexta Noche y Las Mañanas de Cuarto. Hablamos de la pérdida de una persona fundamental para el proyecto. El partido ha cambiado mucho, y ha desarrollado nuevas “herramientas de campaña” (Redes de usuarios constantemente movilizados para defender a la dirección / Programas de “Late Night” presentados por miembros de la dirección como Juan Carlos Monedero / Nuevas apuestas para la comunicación en redes sociales..) ¿Pero compensarán la debilidad que supone perder muchas de las que tenía antes? Dejar de contar con los espacios de confección de discurso que se tenían antes, con los coordinadores de la organización que se tenían antes, de los anteriores estrategas de campaña, y perder la ayuda de quienes venían a reemplazarlos, tenerlos que sustituir improvisadamente a último momento, es algo muy serio. Hay que recordar que el partido ha prescindido incluso de apoyos que parecían ser la misma orientación a la interna que la dirección que salió de VA2. Como Bescansa, que lideraba las áreas encargadas de analizar socialmente el clima político en España, las encuestas disponibles, los diferentes estudios de opinión; como Casamayor, que venía a reforzar el equipo de Echenique para la organización del partido, pero que  fue apartado “misteriosamente” cuando Espinar decidió dimitir como Secretario General de Podemos en Comunidad de Madrid. Si un partido es una estructura “viva” compuesta por diferentes “órganos” integrados en un sistema conjunto, si estos han de trabajar sincronizadamente y con el máximo rendimiento, no es un disparate decir que el partido, a día de hoy, está lejos sus condiciones ideales.

 

Ninguna de las grandes hazañas de Podemos ha tenido lugar con el apoyo de quienes desde fuera contemplaban sus movimientos. Pero nunca han sido “los de dentro” tan pocos y tan diferentes a los de 2014. Cuesta, de hecho, encontrar algún “protagonista” o incluso a algún “actor de reparto” de los grandes momentos de aquel Podemos. Y dado que las formas, los discursos, las estrategias de quienes hoy están al volante han cambiado tanto como la gente que compone esta dirección, surge una incógnita importante. ¿Podrá un podemos radicalmente distinto conseguir resultados parecidos a los de 2015-16? Es cierto que con todo lo que ha cambiado (en) nuestro país durante los últimos 3 años y medio sería una temeridad proponer que hacía falta repetir punto por punto las viejas fórmulas, pero eso no avala cualquier cambio; y menos cuando los planos de estos los ha hecho un equipo marcado por las limitaciones que se han comentado en este artículo.

Habrá que ver que resultados brinda esta agresividad, este tono de bronca y desafío. Tendremos que apreciar que efectos provoca el endurecimiento formal del discurso y estas líneas de confrontación (aún mayores) con los mismos medios de comunicación que cubrirán y mediatizarán la campaña. Lo que sí podemos tener claro es lo siguiente: ganar una campaña nunca depende de decir un mayor número de verdades seguidas la una tras la otra. Depende de que el discurso público y los movimientos políticos que lo acompañan conecten con los puntos de la coyuntura y los tempos a los que uno se tiene que enfrentar. Y es difícil entender qué razones hacen pensar a quienes diseñan esta campaña que el discurso y los movimientos del Podemos de hoy sirven para hacer tal cosa. ¿Cuales son exactamente las razones que hacen creer a la Dirección de podemos que la mejor fórmula para desbordar esta campaña es poner el énfasis en las conexiones entre los medios y el establishment, el poder de las grandes empresas, y sembrar un escepticismo generalizado a lo que diga la prensa y las empresas? ¿Bastan estos elementos para conectar con los sectores desencantados del bloque progresista, los votantes al borde de la abstención, o los que se plantean en votar al PSOE sólo por evitar que el reparto de escaños favorezca a los partidos de la derecha?