domingo, noviembre 19, 2017
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Habitación realidad

El señor Amorartesanal trabajaba en un una fábrica de producción alimenticia. Formaba parte del equipo de limpieza de la cadena de producción y su tarea consistía en dejar impolutas, después de su uso, cada una de las máquinas que contenía alimento. La cuestión, y en realidad lo más importante, es que cada día se levantaba a las 04:30 de la madrugada. Partía en su coche hacia la fábrica a las 05:15 y empezaba a trabajar a las 06:00. Él siempre muy puntual salía de su hogar a falta de tres cuartos de hora para empezar la jornada laboral, aunque la fábrica estaba a veinticinco minutos aproximadamente de su casa. Trabajaba de lunes a viernes ocho horas cada día y descansaba, junto con su equipo de trabajo, media hora para desayunar. El señor Amorartesanal siempre leía en esa media horita, se comía dos bocadillos pequeños y se tomaba una botella de agua de 33 centilitros. Guardaba un libro de cuentos breves en su taquilla, para que siempre le diese tiempo de leer uno, o tal vez dos, en el descanso. Aparte de pasarlo bien y aprender por el hecho de leer cada día un rato, utilizaba la lectura en realidad como una estrategia. Esta consistía en que a lo largo de las primeras tres horas y media pensaba: por cada hora que pasa, ya falta menos para poder leer. ¿Sobre qué irá el cuento de hoy? Y así, después del descanso, pensaba: por fin ya ha pasado media jornada, dentro de poco ya me puedo ir a casa (para leer más).
La verdad es que su trabajo era realmente exhaustivo, pero se lo tomaba con buen humor y entusiasmo. A él siempre le gustaba decir que, cuando limpiaba, lo que estaba haciendo en realidad era practicar budismo, como le había contado el libro de Kaisuke Matsumoto. Después de la ducha respectiva en los vestuarios de la fábrica, tocaba coger el coche y regresar a casa. Todo era pura rutina. Incluso calculaba las horas que dormía en el fin de semana para poder estar menos cansado la semana siguiente. Pero todo cambió en un extraño martes de agosto.
Él conducía de vuelta a casa. Vivía en una urbanización de un pueblo de menos de 10.000 habitantes, con lo que era habitual, en ocasiones, no encontrarse a ninguna persona ni ningún coche en la carretera (dependiendo de la zona en que estaba de dicha urbanización). No obstante si algo caracteriza a los barrios de pueblo alejados del centro, tal y como ese lo era, es que tienen mil calles que van hacia arriba y abajo, de un lado a otro. Claro, claro, y sin semáforos. Al ser un pueblo las señales de STOP y ceda el paso (porque paso yo, cabrón) abundan. Pero entre estas, también los espejos que cuelgan de un palo vertical. Ese espejo que cuando te incorporas a otra calle te permite visibilizar si viene algún coche por arriba o por abajo. Pues sí. Aquí me quiero detener y es que lo que le pasó al señor Amorartesanal no sé hasta qué punto puede ser un relato creíble o verosímil, la cuestión es que así fue.
El señor Amorartesanal volvía un martes de la fábrica. Llegado a la urbanización, el tráfico disminuye por completo, ese era uno de los días en los cuales no había nadie en la calle. Supongo que esto debe ser el abrasador calor de verano, pensaba el obrero. El señor Amorartesanal (con estilo de gentilhombre) se disponía a incorporarse con un giro de noventa grados hacia la izquierda a la siguiente calle que iba a tomar en dirección a su casa, pero antes, como siempre, tocaba el paso de rigor: mirar ese espejo colgado de un palo que refleja si viene o no viene nadie. Afirmativo, no pasaba nadie, solamente se veía su coche azul oscuro reflejado en el espejo. En el momento de soltar el embrague y arrancar mientras gira a la vez, de repente, sale un coche de dentro el espejo que aparece al espacio real maniobrando simétricamente igual que el señor Amorartesanal y colisionan ambos vehículos.
El señor Amorartesanal lo había visto bien. Había contemplado con sus propios ojos que el reflejo de su coche, conducido por su propio reflejo, había chocado contra él mismo. ¿Pero cómo puede ser que mi reflejo haya traspasado la barrera del espejo? se preguntaba asustado. Al salir del coche, no pudo evitar pensar que eso debía ser el arduo calor de agosto que le estaba haciendo ver visiones ilusorias, pero al cerrar la puerta y escuchar al unísono un portazo del coche con el que había colisionado, se sobresaltó.
Ambos se acercaron a la parte delantera del vehículo. Paso, a paso. Primero un pie y después el otro. Secándose el sudor de la frente uno con el brazo izquierdo. Y el otro con el derecho. Parpadeando simultáneamente. Hasta que se quedaron en silencio, atónitos, frente a frente. El parachoques y el faro derecho del coche del señor Amorartesanal estaban chafados. Y, obviamente, el coche de su reflejo tenía idénticamente el mismo desperfecto debido a la colisión, pero en el lado inverso, el izquierdo. El señor Amorartesanal intentó tocar la cara de su propio reflejo con la mano derecha. Cuando comprobó que su reflejo era de carne y hueso porque lo estaba palpando con su propia mano, recibió un bofetón con una fuerza descomunal de su reflejo. ¡Au! Pero que haces imbécil (¿insultar a mi reflejo es insultarme a mí mismo? Se cuestionaba el señor Amorartesanal). Necesitaba hacerlo, respondió el reflejo. A partir de aquí empezó a moverse actuando de tal manera como si estuviera estudiado todo lo que había venido a hacer. El señor Amorartesanal intentó preguntar a su reflejo quién era y por qué se había escapado del espejo, pero su estado era de perplejidad máxima. Jamás se había podido imaginar que vería su alma gemela, o al menos un doble de su cuerpo. Era completamente idéntico a él, incluso tenía la tira de la chancla izquierda un poco rota, aunque la chancla averiada del señor Amorartesanal era la derecha. Era increíble ver un reflejo humano de su persona. Incluso sudaba por el lado opuesto. La camisa un poco desabrochada, medio sí medio no por dentro del pantalón, obviamente las mismas piezas de ropa, el mismo color. Todo. La marca de la varicela en la frente, un pedacito de un diente incisivo roto de cuando se cayó en bici cuando tenía 14 años, limpio como si se acabara de duchar. Le pareció ver el Aleph de Borges en su reflejo vivo, de carne y hueso, el cual encima se acababa de escapar del espejo en un coche que además era igual que el suyo.
Eso sí, mientras el señor Amorartesanal observaba fascinado a su reflejo vivo cómo se movía excitado por allí, nervioso por la avería del coche, por haber escapado de un espejo y con el miedo de que nadie los viera, de repente el reflejo le habló: ¡Eh, tú! Se puede saber que haces aquí parado mirándome. Pero si cuando pasas por delante un espejo jamás me miras. Pasas de mí como si no estuviera. Por eso siempre vas con legañas en los ojos y despeinado. ¿Es que tu madre no te enseñó que cuando sales de casa tienes que estar acicalado?
El señor Amorartesanal no se lo podía creer y respondió: … No respondió, es verdad, ya no me acordaba.
Pues el reflejo, muy dinámico él, volvió a hablarle: ven, pasmado, que no te enteras de cómo va la cosa. Por error he salido del espejo. Si te fijas tengo el volante a la derecha, y no es que tenga un coche inglés, sino que es el reflejo de tu coche y la prueba está en los números y las letras de la matrícula.
El señor Amorartesanal ni se había fijado en eso y cuando observó la matrícula se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. Esa escena estaba sumando credibilidad e irrealidad cada segundo que pasaba. Él estaba seguro de que eso que veía era real. Después de leer tantos cuentos de ficción en los descansos de su empleo, cuando le toca vivir la situación más ficticia y grotesca de su vida no sabe cómo actuar. De hecho se quedó mudo y obedeció sumisamente a su reflejo. ¿Por qué? Nunca lo supe.
El reflejo le dijo a su cuerpo real que se acercara. Era increíblemente graciosa la situación. Normalmente cuando uno se coloca delante de un espejo es este quien manda al reflejo. Le da órdenes corporales, puesto que el reflejo actúa simétrica e idénticamente a la inversa de lo que hace el cuerpo que refleja. Sin embargo el señor Amorartesanal obedeció a su reflejo al instante y sin error. Como si esta vez él fuera el reflejo. Segundos más tarde pensó: si yo he sido el reflejo de mi reflejo, ¿qué es lo que reflejaba mi reflejo? La situación le recordó a esa escena de Alicia en la que le dicen a la niña de siete años que está viviendo en el país de su sueño, pero que en realidad ella está siendo soñada por el rey y que no haga ruido por si acaso lo despierta. Al fin y al cabo por eso obedeció, porque no quería “despertar” a su reflejo (por si acaso). Otra cosa es que acostumbrado a obedecer en la fábrica, quizás su condición obediente y sumisa la tenía demasiado interiorizada.
El reflejo le dijo al señor Amorartesanal que quería montarse al coche original para comprobar si el motor se había estropeado o no. El cuerpo real asintió sin pronunciar palabra. Cuando el reflejo se montó al coche original, encendió el motor y arrancó a todo gas desapareciendo del alcance del espejo y en ese preciso momento, el señor Amorartesanal y el coche reflejado fueron desvanecidos al instante, atraídos por el espejo y encerrados ahí dentro. No halló el modo de salir en las cinco primeras horas que allí estuvo, puesto que no sabía cómo moverse, por dónde moverse, dónde ir, qué hacer. Finalmente se rindió. No sabía ni si tenía cuerpo. Al no poder moverse, no podía tocarse para comprobarlo. Eso estaba a oscuras. Bueno, en realidad no sabía identificar muy bien si estaba a oscuras o no. Había estado desposeído de su cuerpo, pero no de su conciencia ni su memoria. Ante tal incomprensión le salía del corazón reír, pero no supo. Intentó llorar después y tampoco lo consiguió. Seguramente ni sentía.
El propio reflejo de Amorartesanal le acababa de robar el coche a él mismo, y no solo esto, ahora se encontraba dentro de un espejo sin saber salir. ¿Lo grave es que vosotros os pensáis que la vida a través del espejo es tan bonita como la vida real verdad? Pues vengo a desengañaros. Vivir dentro de un espejo es lo peor que te puede ocurrir. Habitas sin saber si estás derecho o sentado en una habitación oscura (o al menos en un espacio infinito sin delimitaciones), sin que te toque nada la luz. En realidad no sé si el interior del espejo es oscuro o claro, no se ve nada, no se distingue ningún color, ni blanco, ni negro. Ni cian, ni magenta, ni amarillo. No puedes salir porque no hay puertas ni de entrada ni de salida, solo hay un cristal en ocasiones contadas al día. En el momento en el que el cristal aparece, ves al individuo o individua el cual tú reflejas. A lo largo de una vida deberás estar a su merced siempre que le apetezca aparecer delante de un espejo y peinarse, lavarse la cara, los dientes o petarse los granos de pus. Cuando desaparece del alcance del espejo, todo se vuelve negro. O blanco, yo qué coño sé. La vida de un reflejo no tiene sentido dentro del espejo puesto que vivir dentro del espejo es una tortura. La segunda parte de Alicia en el País de las Maravillas, titulada A través del espejo, es completamente mentira. Aquí no se juega al ajedrez, aquí no hay pócimas que te hagan crecer, aquí no hay ni reinas rojas, ni reinas blancas, ni Humpty Dumpty, ni hostias. Aquí se vive en soledad y a oscuras, o iluminado, yo qué coño sé. No se ve nada.
La noción del tiempo la incorporas en el alma cuando se trabaja como reflejo tan pocas, pero desagradables veces al día. El alma de un reflejo ama las rutinas, sobre todo porque aprendió a contar el tiempo. Aprender a bailar con el tiempo en la cárcel, Pablo, eso no tiene ni punto de comparación con aprender a bailar con el tiempo en el interior de un espejo.
Por eso el reflejo de Amorartesanal decidió llevar a cabo dicha estrategia. El reflejo ya sabía que hacía dos meses su dueño había encontrado ese trabajo y siempre, absolutamente siempre, pasaba por ese camino en el que por suerte había un espejo. Por suerte del puto reflejo, claro. Hay que decir que al subir en un coche con tres retrovisores, llevar a cabo la jugada era mucho más fácil gracias a que el reflejo se multiplica y aparece representado en cualquier espejo que sea reflejado su amo. Esto es: el reflejo del señor Amorartesanal sabe en el momento en el que sube al coche, reconoce el itinerario que sigue su amo con su vehículo y su alma está preparada en el momento que reconoce el lugar en el que habrá que pasar a la acción puesto que se acerca el espejo orientado a facilitar la visibilidad en el tráfico sujeto por un palo. La fuerza del reflejo cuando tomaba cuerpo no era suficiente como para romper la barrera de cristal de un espejo, y por eso necesitaba un vehículo. El reflejo del señor Amorartesanal sabía que cada día aproximadamente a la misma hora siempre pasaba por delante de ese espejo de tráfico, así que en el momento en el que la sala oscura (o puede que clara) en la que habitan el reflejo de los seres humanos se encendió, el reflejo procedió a la acción.
La sala interior del espejo no solo se enciende, sino que el reflejo se encuentra dentro de un coche completamente opuesto al real, en el mismo entorno pero a la inversa. Él sabe que el impacto con el cristal deberá ser un golpe de habilidad. Saber romper durante unos segundos la atracción corporal que refleja la imagen del señor Amorartesanal en el espejo es habilidad y fuerza mental entrenada desde más de treinta años. Para eso necesitaba desviarse un poco de la trayectoria, de la cual su dueño le ordenaba, para así colisionar el cristal. Acto seguido impactar contra el coche del señor Amorartesanal, pero no lo suficientemente fuerte como para no dejarlo siniestro (ni por supuesto matar al amo a quien quiere arrebatar su vida, si mata a su amo el seguiría siendo el reflejo de un cuerpo muerto, menuda agonía de alma).
Producido el accidente y el proceso de transición espejo/mundo el reflejo fue verdaderamente afortunado de encontrarse a su dueño tan impresionado por la situación. Eso sí que no dependía de ningún espejo, solo del buen hacer de una buena persona como lo era, y es, creo el señor Amorartesanal. Ahora ya no sé que es. El que venía del mundo del espejo ya sabía que el primero de los dos que desapareciese del alcance del espejo sería el vencedor y que el otro sería abducido por la habitación sin estímulos para detectar con los sentidos, la habitación de la soledad, el hastío y la sumisión. La habitación en la que la realidad no existe (¿y entonces qué refleja?). Por eso el reflejo actuó con tanta determinación.
Hoy todavía estoy en el espejo tras pasar quince años de mi derrota. Después de aprender a contar el tiempo, aprendí a jugar al ajedrez mentalmente recordando los movimientos de la partida que juega Alicia e inventando nuevas variaciones. El ajedrez me ha vuelto esquizofrénico. Aquí los peones no se convierten en dama en la octava casilla. Mi reflejo no solo me robó el coche, me robó la vida. ¿Por qué narices me quedé allí pasmado? Ya sabía yo que no podía ser bueno. Todavía no tengo la práctica suficiente como para romper la atracción de movimientos que tiene mi cuerpo respecto a los de mi dueño, mi reflejo, quien ahora se hace decir: Amorartesanal. Yo que tanto había insistido en que se me conociera como el señor Amorartesanal, todo al garete. Será cabrón. Por ahora he conseguido aprender a escribir. Mis dedos son mis armas y mis plumas. No rompen todavía los cristales de la barrera del espejo para encerrar al cabrón de mi reflejo aquí, en su lugar, donde se merece. Hace quince años que soy el reflejo de mi reflejo. ¿Quién es el reflejo de quién a pesar de que él me ha reflejado más años de mi vida a mí que yo a él? El muy capullo le regaló un espejito a mi esposa el día de su cumpleaños con una foto de los dos en la parte posterior. Encima me vacila el tío. Él sabe de sobra que cuesta más de treinta años aprender a vencer la fuerza de la atracción corporal que te dicta tu alma de reflejo. Pero lo que os decía. Tras escribir esta historia en el vaho de todos los espejos en los que aparezco suficiente tiempo, tengo la esperanza de poder comunicarme con mi mujer, de poder volver a leer esa media horita en el descanso de mi trabajo.

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