«¿Es posible solucionar esta falta de cohesión y dotar de dignidad a los ciudadanos en base a empleos precarios, especulación de los mercados y una economía basada en el sector terciario que aporta poco bienestar al trabajador y no aporta un gran valor añadido a la sociedad?»

Fotograma de «Las uvas de la ira» (1940), dirigida por John Ford

Por Patricia Castro (@_espatricia)

La crisis del COVID-19 no ha hecho más que constatar los problemas que llevamos décadas arrastrando. Según el estudio Premiar el trabajo, no la riqueza[1], de Intermón Oxfam, desde la última crisis de 2008 la riqueza de las élites económicas creció seis veces más rápido que el salario de los trabajadores. Pero eso no es todo, con la actual emergencia sanitaria, hemos vivido la última vuelta de tuerca de las políticas (neo)liberales; esta brecha entre ricos y pobres amenaza a la estabilidad de las democracias. Los gobiernos han tomado decisiones que tratan de garantizar el bienestar de los ciudadanos, pero al mismo tiempo, deben hacer concesiones a ciertos sectores porque los recursos y el poder de los Estados son limitados. Ya podemos hablar de los ganadores y perdedores de la pandemia.

Los que han salido beneficiados de esta situación son las grandes compañías tecnológicas —Google, Apple, Amazon, Zoom, Netflix, etc.—, que no solo han proseguido con sus negocios, sino que esta crisis ha sido el combustible que les ha permitido expandirlos a mayor velocidad[2]. Por otro lado, los perdedores están claros: los gobiernos se han mostrado incapaces de garantizar los ingresos a los trabajadores, a los que siempre se pide un esfuerzo titánico con bajos sueldos, bajo nivel de vida, rompiéndose el pacto social. Es evidente que el problema no es la riqueza sino su distribución y la concentración en muy pocas manos. Las sociedades occidentales ya funcionan a dos velocidades.

El capitalismo de plataforma, como suele llamarse a esta nueva economía tecnológica, ha supuesto un cambio disruptivo al estilo schumpeteriano, innovando en comunicación, distribución, organización de personas, servicios, mercancías y capitales. Asociado a esto, se ha dado un proceso de acumulación originaria —en términos de Marx— o de acumulación por desposesión —en términos de Harvey— ya que, si bien la invención y uso de estas tecnologías ha supuesto una mejora en las sociedades y en algunos sectores, también ha ocasionado un quiebre social y una pauperización de la mayoría de la población. Se ha producido un cambio a lo Karl Polanyi, es decir, una «gran transformación» de la economía y la sociedad, en la que volvemos a un mundo en el que una ingente masa de pobres se amontona mientras lo que más tienen, tienen todavía más, cumpliendo un perverso efecto Mateo.

Volvemos a un mundo en el que una ingente masa de pobres se amontona mientras lo que más tienen, tienen todavía más, cumpliendo un perverso efecto Mateo.

Robert Castel, en Las metamorfosis de la cuestión social, nos dice:

Ocupan en la estructura de la sociedad actual una posición homóloga a la del cuarto mundo en el apogeo de la sociedad industrial: no están conectados a los circuitos de intercambio productivos, han perdido el tren de la modernización y se han quedado en el andén con muy poco equipaje. Por supuesto, pueden suscitar inquietudes y medidas, pues plantean problemas. Pero lo que plantea problemas es el hecho mismo de que existan. (p. 346)

El sociólogo ya señaló uno de los mayores problemas de nuestra sociedad: qué tipos de trabajos tenemos, si es que tenemos trabajos y si mediante esta precarización del empleo —y en general de la vida humana— se puede conquistar la dignidad. Se pregunta cómo se puede construir una sociedad solidaria cuando el empleo se reduce a un mercadeo de servicios. El VIII INFORME FOESSA Sobre Exclusión y Desarrollo Social en España[3], elaborado por Cáritas, mostraba que el principal problema de la sociedad española era la anomia social. La crisis social y política, la inestabilidad económica, son parte de un cuadro más grande: la disolución de los vínculos que cohesionan la sociedad. Castel (1997):

Un conglomerado de baby-sitters, de camareros de McDonald’s o de empaquetadores en los supermercados, ¿hacen una «sociedad»? Dicho esto sin ningún desprecio por las personas que realizan esas tareas sino, al contrario, para interrogarse sobre las condiciones que convierten al empleo en vector de la dignidad de la persona. (p.376)

La duda es válida: ¿es posible solucionar esta falta de cohesión y dotar de dignidad a los ciudadanos en base a empleos precarios, especulación de los mercados y una economía basada en el sector terciario que aporta poco bienestar al trabajador y no aporta un gran valor añadido a la sociedad? A todo esto, debemos sumar los gigantes tecnológicos que mencionábamos al principio, que generan un modelo con grandes beneficios a expensas de los derechos laborales y el bienestar de los ciudadanos. De nuevo volvemos a tiempos pasados, como muestra Polanyi en La gran transformación:

Existía no obstante entre los pensadores del siglo XVIII una opinión común: la indisolubilidad existente entre pauperismo y progreso. No es en las regiones desérticas o en las naciones más bárbaras en donde se encuentra el mayor número de pobres sino, como escribía John M’Farlane en 1782, en aquellas más fértiles y civilizadas. (…) Incluso Adam Smith escribe, con su prudente estilo, que los salarios más elevados no se dan en los países más ricos. M’Farlane no avanza, pues, una opinión insólita cuando manifiesta su convicción de que, ahora que Inglaterra se aproxima al cénit de su grandeza, «el número de pobres continuará en aumento» (p.177)

Se han necesitado siglos para estandarizar la economía, justo cuando el sistema salarial había sido aceptado por todos los ciudadanos de todas las naciones occidentales con todo el sacrifico que ha supuesto. El ciudadano medio podía acceder a una identidad basada en aceptar su papel como trabajador al mismo tiempo que, mediante su salario, accedía a ciertas prestaciones sociales. Uno de los grandes logros que ha mantenido la sociedad cohesionada en el siglo XX ha sido la propiedad social, como señala Castel, una suerte de encuentro entre las diferentes clases sociales. Es evidente que no es una superación de las clases sociales, sino un punto de encuentro en algunas cuestiones, favorecido por y en paralelo al auge del Estado-nación. Puede que sea más borroso de lo que parece saber si la crisis del Estado-nación provoca la anomia social o viceversa. Este declive y estos recortes en la propiedad social que sufrimos desde el inicio de los recortes liberales de los años ochenta del siglo XX han finiquitado el Estado del Bienestar. Fue la coerción mediante las leyes las que crearon un mundo de ciudadanos que aspiraban a tener dignidad y de un trabajo con el que se pudiera aspirar al bienestar. Hoy hemos vuelto a ese pauperismo de los inicios del capitalismo, con la figura del jornalero que vive al día, y formas de trabajo que creíamos desterradas.

Hoy hemos vuelto a ese pauperismo de los inicios del capitalismo, con la figura del jornalero que vive al día, y formas de trabajo que creíamos desterradas.

Es difícil salir de la trampa de la pobreza. Cada vez más personas encuentran dificultad para conseguir trabajos con los que puedan sustentar sus vidas, y volvemos a la retórica que tanto nos costó eliminar: la del inútil, el incapacitado para trabajar, el vagabundo, el lumpen, etc. Además, estas personas son conscientes de su propio sufrimiento y se convierte en una profecía auto cumplida. Castel dice que es muy difícil una identidad social basada en algo que se desmorona, de ahí que sea muy difícil cohesionar la sociedad, dotarla de sentido, cuando son unos pocos que se lo llevan casi todo y dejan a la gran mayoría las migajas. Es muy difícil conseguir la cohesión social con una inmensidad de trabajos precarizados como teleoperador, camarero, limpiador, conectándote al trabajo mediante una plataforma en la que no sabes quién es tu jefe, porque te dicen que el jefe eres tú, pero no puedes decidir nada.

Esta pauperización de la sociedad genera descomposición social y esporádicamente podemos ver conatos de violencia en los que la rabia explota (recordemos estos años atrás las «revueltas de los superfluos»[4]), pero nunca se transforma en nada constructivo, y siempre se impone la resignación, acabando por aceptar las tesis del fin de la historia: no hay otra alternativa.

Queremos creer que existe una alternativa, pero ¿la hay?

Notas y bibliografía

[1]OXFAM INTERMON (2018) Premiar el trabajo, no la riqueza. Recuperado de: https://oxfamintermon.s3.amazonaws.com/sites/default/files/documentos/files/premiar-trabajo-no-riqueza.pdf

[2]KELLY, Jack (23 de julio, 2020) Los ricos se hacen más ricos durante la pandemia. Forbes. Recuperado de: https://forbes.es/forbes-ricos/72842/los-ricos-se-hacen-mas-ricos-durante-la-pandemia/

[3]FUNDACIÓN FOESSA (2019) VIII Informe FOESSA. Sobre, exclusión y desarrollo social en España. Recuperado de: https://caritas-web.s3.amazonaws.com/main-files/uploads/sites/16/2019/05/Informe-FOESSA-2019-completo.pdf

[4] BECK, Ulrich (27 de noviembre, 2005) La revuelta de los superfluos. El País. Recuperado de: https://elpais.com/diario/2005/11/27/opinion/1133046007_850215.html

BECK, Ulrich (27 de noviembre, 2005) La revuelta de los superfluos. El País. Recuperado de: https://elpais.com/diario/2005/11/27/opinion/1133046007_850215.html

CASTEL, Robert (1997) Las metamorfosis de la cuestión social, España: Paidós

FUNDACIÓN FOESSA (2019) VIII Informe FOESSA. Sobre, exclusión y desarrollo social en España. Recuperado de: https://caritas-web.s3.amazonaws.com/main-files/uploads/sites/16/2019/05/Informe-FOESSA-2019-completo.pdf

HARVEY, David (2004) El nuevo imperialismo, España: Akal

KELLY, Jack (23 de julio, 2020) Los ricos se hacen más ricos durante la pandemia. Forbes. Recuperado de: https://forbes.es/forbes-ricos/72842/los-ricos-se-hacen-mas-ricos-durante-la-pandemia/

OXFAM INTERMON (2018)Premiar el trabajo, no la riqueza. Recuperado de: https://oxfamintermon.s3.amazonaws.com/sites/default/files/documentos/files/premiar-trabajo-no-riqueza.pdf

POLANYI, Karl (1989) La gran transformación, Madrid: Ediciones Endymion