lunes, septiembre 25, 2017
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Extraño exilio

Por Julia Aguiar

Hola, soy Julia, tengo 18 años y soy una de las llamadas exiliadas. Llevo cuatro meses en Alemania, en un programa de voluntariado europeo porque sabía que este año no tendría dinero para pagarme la universidad. Recibo 300 euros al mes para la comida y gastos personales, de los cuales intento ahorrar lo máximo porque sé que en un futuro lo necesitaré.

Hoy no tengo ganas de hacer nada. No tengo ganas de levantarme de la cama, no tengo ganas de escribir, de salir, de vivir. Es domingo y está todo cerrado, yo tampoco trabajo hoy. Los días aquí suelen ser grises, la noche llega pronto. Por las tardes suelo hablar con mi familia. Siento que están orgullosos de mí, piensan que tengo una oportunidad increíble para conocer más allá de España, aprender un idioma e incluso la posibilidad de continuar mi futuro estudiando aquí. Y sé que muchas personas en España piensan lo mismo de aquellos que se van, aquellos benditos afortunados por haber reunido el dinero para escapar de la gran maraña que es ahora el Estado Español y construir un futuro en el que recibirán un salario que se percibe ya como un sueño lejano del pasado, además de que tras un periodo de adaptación se les permitirá labrar una vida como la que tenían en España o incluso mejor. Conseguirán lo que para muchos ya es sinónimo de olvido.

Nada más lejos de la realidad. Poca gente sabe lo que realmente siente un exiliado cuando abandona su país de origen, ya que para las estadísticas son sólo números que van y que vienen. Emigración, inmigración, cifras tras las que nadie sabe lo que es la adaptación y dejar todo atrás, sin contar que en la mayoría de los casos nadie consigue un trabajo digno en los primeros meses. En muy pocas ocasiones nada más llegar todo se ve mejor de lo que se veía en España. Y es que si algo no falta aquí son historias, casos de gente con máster y un doctorado brillante que trabaja limpiando oficinas para a fin de mes seguir viviendo con lo justo hasta que logre habituarse al idioma, encontrar un hogar y a la larga y con suerte un trabajo más afín a sus conocimientos. Adolescentes, hijos de padres que no tienen otra salida que llevárselos con ellos, haciéndoles abandonar todo su entorno y amistades para vivir sabiendo que deberán enfrentarse a una vida completamente nueva además de tener que aprender, en muchos casos, un idioma de nuevo, lo que retrasará sus estudios, su formación y por tanto su futuro.

Y qué decir de los jóvenes, aquellos a los que antaño les llamaban ‘nini’ pero que ahora son más ‘sísí’ que nunca, pues más que nadie viven la realidad de un país que necesita mejoras, preocupados por sus estudios, por su mañana, por lograr una oportunidad. Casos de población sobre cualificada que no ve otro remedio que exiliarse con la esperanza de un futuro mejor trabajando a cientos de quilómetros de casa. Y sí, es sabido lo que es vivir fuera de casa. Es sabido lo que es un nuevo trabajo, un nuevo entorno. Se ve casi como una nueva aventura que a la larga será sin duda una experiencia positiva, pero lo que no se conoce son todas esas dificultades para crear ese nuevo entorno en algunos lugares debido a las diferencias culturales y sociales, lo que no se conoce son esas largas jornadas viviendo en una rutina solitaria cuando conoces poco el idioma o al principio ese sentimiento de inseguridad en cada paso que das, sentirte inútil porque no conoces las reglas del país, sentir que todo está por encima de ti. Sentir que cuesta más que te escuchen, que sientan que no eres inferior.

Lo que tampoco conoce la gente es la impotencia de la otra oportunidad. ¿Qué hubiera pasado si hubiera luchado en mi país unos meses más? ¿Hubiera encontrado tal vez un camino mejor que no implicara vivir situaciones tan amargas como con las que he tenido que lidiar? En mi caso siento como arde la impotencia al ver las noticias y no poder estar allí. Haber dejado atrás proyectos empezados que me hacían feliz, posibilidades de futuro en ámbitos sociales interesantes, amigos con los que era afín, ver cómo ellos siguen evolucionando, tomando poco a poco un camino estable, un camino sin idas y venidas donde no conocen esa situación de estar entre dos vidas, la de tu país y la de tu exilio, centro entre dos mundos en el que no sabes qué pasará después, en el que tal vez en un futuro sólo puedas elegir entre uno de ellos. Y eso es duro, pues puede darse la ocasión, como ocurre en el caso de estudiantes que finalizan sus estudios, de que una vez normalizada la vida en ese nuevo entorno tenga lugar una oportunidad de volver con todo aquello que extrañas y que hacías. Y tendrán que elegir, por lo que, en pocas y claras palabras, a lo que en muchas ocasiones conducirá el exilio involuntario será a un futuro inestable, el pensamiento de que la vida, o esas dos vidas nombradas antes, no serán igual en unos años comenzando a contar desde ahora, lo que nos lleva a que no será posible realizar planes de futuro a largo plazo como puede ser formar una familia, revertiendo esto, obviamente, en la población, como ocurre con los problemas que ya conocemos en España sobre el gran número de población mayor y jubilada junto con el problema de pensiones y falta de población joven.

Y es que a veces a los exiliados y exiliadas obligadas sienten que les deja hasta de importar el dinero. Felicidad y deber se convierten en contrarios para ellos. La primera llama a la puerta de casa, a la de esa casa que no es hogar, para susurrar al oído que no importa si las circunstancias son más difíciles en el lugar originario, pues allí se conserva todo. Pero el deber es más fuerte, sabiendo, como ocurre entre estudiantes, que padres, familiares y amigos les hablarán de currículum, de oportunidades con el idioma, de un futuro brillante. Pero ellos ya han dejado de pensar en futuro, en deber, y piensan en felicidad. En que tal vez no quieran ser brillantes si pueden ser felices en el lugar en el que está lo que quieren, aunque sea sinónimo de locura para algunos.

Por esta y más injusticias las personas deberían concienciarse más en política, levantarse del sofá y ver más allá de los problemas de su propia vida, pues aunque no lo parezca, muchas de las personas que hoy extrañamos están fuera porque las personas a las que las ciudadanas y los ciudadanos mismos hemos votado no hicieron bien las cosas, si no que pensaron en ellos mismos y ese dinero que ellos se llevaron sea probablemente una de las causas por las que ahora alguien se vea extrañando a cientos de quilómetros. Y es totalmente injusto. Quien no elija irse no debería verse obligado a irse debido a esta economía tan poco democrática que en ocasiones comete, diría yo, incluso aberraciones, poniendo aquí el ejemplo de todas aquellas personas desahuciadas que han llegado al suicidio mientras aquellos que podían hacer algo tan sólo han mirado hacia otro lado. Y lo peor es que nunca sabemos a quién le puede tocar mañana.

Así que, señores políticos, cuando hablen de exiliados no cuenten solo las cifras, no cuenten solo los números que pierde España en trabajo potencialmente valioso. No cuenten solo la fuga de cerebros que también, y por desgracia, está sufriendo este país. Cuenten las vidas, las personas que hoy están sufriendo porque no han tenido otra alternativa que dejar nada más y nada menos que todo para aventurarse en un futuro que no tenían planeado pero que han tenido que elegir debido a la situación, sin ser ellos culpables. Cuenten la gran frustración de que debe sentir una persona licenciada y con expediente brillante cuando incluso emigrando a cientos de quilómetros de su hogar no puede dedicarse a su especialidad o a todos esos estudiantes que en un momento u otro se tendrán que debatir entre dos vidas, entre deber y felicidad que con otras circunstancias jamás hubieran tenido que pensar en tan dicha dura elección.

Y no sólo exiliados. Piensen también en aquellos que ustedes llaman refugiados: personas que tal vez con cierto símil también se ven nuevos en nuestros países y tal vez sienten mucho más de lo que pensamos sobre estas líneas.

Pensemos, todos, en la educación y lo importante que es que el país invierta en ella para que nadie nunca tenga que abandonar su felicidad. Peleemos por tasas y modelos que hacen sufrir personas, bien por la imposibilidad del estudio así como emigrar a otros países donde pueda ser más barata y de mayor calidad. Cuidemos el valor de nuestra presencia en la política porque es lo único que nos permite cambiar lo que es injusto. Y la realidad es así. Quien diría que la palabra política tenía que ver con el verbo extrañar.

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