Anuncio público sobre oportunidades de trabajo en países europeos. Chisináu, Moldavia. 2016. // Fotografía de Andrés F. Caicedo Sierra. De la serie The Europe That We Dream Of.

Por Sergio Calderón Harker

A pesar de tener múltiples significados, para las personas migradas que hemos vivido en este continente Europa siempre ha sido un concepto relativamente fijo, producto, sin lugar a duda, de un imaginario que recibimos desde más allá del Atlántico: la promesa de la prosperidad.

La prosperidad en tiempos del neoliberalismo no parecería ser más que un sueño americano, una narrativa que se entraña en las raíces más hondas de nuestra cultura social y que solo nos permite ver hacia adelante. Pero ese adelante no es hoy; ese adelante se ha convertido en un mañana tan lejano, que en vez de causar esperanza lleva a la ceguera. Se habla de un crecimiento venidero, se desempolvan estadísticas que se estampan en las portadas de los diarios. O, en cambio, se habla de ‘reconquistas’ (Vox), de ‘tomar el control de vuelta’ (UKIP). La batalla por el futuro no será nada sin la lucha por el presente. Y si no descomponemos y deconstruimos suficientemente el hoy, de poco servirá un mañana donde se reproduzcan nuestras condiciones de vida actuales, donde la precariedad no solo es la regla, sino también donde muchas precariedades se invisibilizan.

Dice Jacques Rancière que la política presupone un reparto de lo sensible. De manera resumida, esto significa que en las sociedades no solo podemos encontrar una distribución material, sino también un reparto referente a lo visible, lo audible, que, a fin de cuentas, implica la validez y legitimidad de ciertas formas frente a la invisibilidad y aparente inexistencia de otras. A partir de esto podemos reflexionar sobre aquello que no vemos, que no escuchamos, que no sentimos.

La historia europea enfatiza mucho a la ilustración, e hila esa metáfora de la luz con la belleza, el progreso y la verdad. Sin embargo, tanto el ayer como el hoy en Europa están llenos de sombras. No hay que ir más allá del Mediterráneo, que continúa convirtiéndose, día a día, en el cementerio más amplio y numeroso de la tierra. La Europa del hoy, como la Europa del mañana, debería ser impensable sin el reconocimiento y la visibilización de las luchas de las personas migradas que viven en sus sociedades, vengan de donde vengan, cada una por sus propias razones y motivaciones.

¿De qué sirve hablar de prosperidad y futuro en Europa, si no se habla del rol que tienen las luchas invisibles del presente para la coyuntura del mañana? Si queremos una Europa verdaderamente plural, popular, y ante todo democrática, nos tendremos que preguntar, ¿a costas de quiénes? ¿Europa de quién?

 

Neoliberalismo, prosperidad y democracia

Para el sociólogo alemán Wolfgang Streeck la Unión Europea es un fracaso anunciado. Aunque se considera partidario del europeísmo, Streeck dice ser muy crítico con el modelo institucional y político de la UE en la actualidad. Para el alemán, el proyecto de la UE que vemos hoy en día no es más que un producto de la década neoliberal de los noventa, donde la privatización, el libre-mercantilismo y la mcdonalización, como la llama George Ritzer, no solo eran una moda sino sobre todo una norma coyuntural.

Ante todo, el neoliberalismo no era, ni es, una simple economía política. Podríamos decir, entre otras expresiones, que es un régimen ético-político. Es una manera de ver las cosas, de regirlas y clasificarlas, de asentar unos imaginarios sociales y existenciales sobre aquellos que somos sus sujetos. No sólo tiene una capacidad casi inigualable de normalizar y homogeneizar. También logra programar ciertas pautas oníricas contra las cuales continuamos luchando como individuos y en sociedad.

Grupo de turistas fotografian a la torre Eiffel mientras se ilumina de manera especial a la media noche. París, Francia. 2015. // Fotografía de Andrés F. Caicedo Sierra. De la serie The Europe That We Dream Of.

Este es el horizonte al que asistimos hoy en Europa: el sueño europeo se ha convertido en el sueño americano. La promesa de la prosperidad actual es reemplazada por una noción de la prosperidad radicalmente individualista y radicalmente abstracta. Esta prosperidad, como asegura Streeck, no solo se rige a partir del sentido común mercantilista de la competencia sin tregua, sino que se emplaza sobre un futuro incierto que nos desanima a ver los matices del presente con ojos críticos.

Dadas estas condiciones, ¿en que se transforma la democracia? Cuando una comunidad política, como la europea, se configura a partir de una lógica cuya base misma es la desdemocratización, donde se hegemoniza una promesa de prosperidad que nunca llega, pero que, de algún modo, sigue latente dentro de los imaginarios colectivos, las precariedades sociales existentes se agudizan, se intensifican. Y, en muchos casos, también se invisibilizan.

Hablamos del devenir americano del sueño europeo, pero entre tanta cháchara y palabrería institucional, entre tanta obsesión con enfocarse y deificar a la Unión y a sus protectores, se nos olvida preguntar: ¿para quién es este sueño europeo?

El síndrome de Ulises

Más allá de un régimen ético-político, el neoliberalismo es también un régimen estético. Algo así, por lo menos, nos diría Rancière. Dentro de un reparto de lo sensible, la lógica neoliberal asigna también ciertas capacidades a los diferentes cuerpos y a los diferentes sujetos que conviven dentro de las democracias liberales europeas.

Mucho se habla y se escribe de cómo Vox, UKIP, Marine Le Pen o Thierry Baudet expresan cabalmente sus diatribas racistas, xenófobas y misóginas a diestra y siniestra. Muy poco se reflexiona acerca de cómo el discurso hegemónico liberal, los bloques ‘progresistas’, y hasta algunos sectores de la izquierda, normalizan estas situaciones de discriminación, que, a fin de cuentas, invisibilizan y descalifican a una gran porción de la población de este continente.

Hace poco, el Ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de España, Josep Borrell, cerraba una conferencia con unas palabras que podrían “levantar polémica”. Hablando sobre la inmigración y la competencia laboral, Borrell subrayaba, de modo altanero, que la inmigración no representaba ningún problema para él ya que: “mi cátedra en la Universidad no me la va a quitar un inmigrante, y además me ofrece una oferta de trabajo, de servicios domésticos, seguramente a un precio menor que si no hubiera ese flujo. Y además no vive cerca de mí, no tiene un chalet en El Escorial”.

Decía en una entrevista Moha Gerehou, periodista y activista antirracista, que el discurso racista y xenófobo se ha venido legitimando no solo porque se ha venido traduciendo en votos para la extrema derecha. Esta legitimidad también tiene que ver con la manera en que la mayoría del espectro político y social normaliza este tipo de discursos.

Si las personas migradas solo sirven para existir en las catacumbas de la Europa del siglo XXI, como ‘empleados domésticos’ que nunca llegarán a ser ‘catedráticos en una institución de enseñanza’, esto es un claro indicio del reparto de lo sensible presente en nuestras sociedades. Se trata de unos ‘nadies’, que “cuestan menos que la bala que los mata”, como dice el famoso poema de Eduardo Galeano. Como Mame Mbaye, el mantero senegalés que murió hace más de un año en Lavapiés. No es sorprendente que la presidenta de VOX en Madrid ya haya amenazado con retirar la placa que colgaron sus compañeros del sindicato de manteros en el barrio madrileño.

Sin embargo, que la extrema derecha adopte estas posiciones no es el problema de trasfondo. El problema es que, a pesar de defender la placa de Mame en Madrid, el PSOE de Borrell (candidato al Parlamento Europeo) ha hecho poco o nada para revertir el racismo institucional. La Ley de Extranjería, los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIEs)… el marco institucional en España, como en la mayoría de los Estados europeos, instiga a la precariedad, invisibilidad y a la falta de oportunidades para acceder a una vida digna para la mayoría de las personas migradas. A fin de cuentas, ¿de qué sirve declararse antirracista si se normaliza la explotación y la invisibilización de uno de los sectores de la sociedad que más trabaja para su mantenimiento?

Un hombre camina bajo una construcción al lado del río Moscova; teniendo de fondo al edificio de Kotelnicheskaya Naberezhnaya, uno de los simbolicos edificios estalinistas “las siete hermanas”. Moscú, Rusia. 2016. // Fotografía de Andrés F. Caicedo Sierra. De la serie The Europe That We Dream Of.

El escritor colombiano Santiago Gamboa ya lo había mostrado en su novela El Síndrome de Ulises, donde relata las historias de personas migradas haciendo su vida en el París del siglo XXI: la ciudad de la luz esconde secretos en sus sombras. También conocido como el síndrome del emigrante, el síndrome de Ulises es un cuadro psicológico de estrés crónico y múltiple, y se asocia a las personas migradas que viven en situaciones precarias. Quizás la lucha por la dignidad de esa otra cara de Europa sea la que verdaderamente transforme las condiciones de reproducción social de nuestro continente

Y es que la verdadera imagen de la Unión Europea es de doble cara. Por un lado, la cara de Borrell, sentado en traje en la sala parlamentaria. La otra cara de la moneda es Mame, la Ley de Extranjería, el síndrome de Ulises, y la empleada doméstica a la que el ministro seguramente no le paga ni el salario mínimo.

 

Afirmación solar

Lo vimos en todo el mundo (de nuevo) hace unos ocho o diez años: la política popular se puede institucionalizar, y así también se puede hacer frente a los problemas sociales. Aun así, de lo que no cabe duda alguna es que la política transformadora habita en el espacio público, y no se enmarca simplemente dentro de la institucionalidad. La multitud de alternativas (institucionalizadas como extrainstitucionales) a las políticas de la precariedad, del odio, el miedo, y la invisibilidad nacen cuando nos embarcamos, juntxs, hacia un nuevo horizonte hegemónico. La dignidad, como los derechos, se conquista.

Esto es exactamente lo que nos muestran espacios como la Tancada migrante de la Plaza Gardunya en Barcelona, o el Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes. No se trata de crear políticas de integración social; al contrario, se trata de articular una solidaridad amplia a través de la cual podamos ver con ojos críticos los problemas que se esconden detrás de nuestro actual modelo de integración social. A día de hoy, este modelo no solo conduce a la precarización de la vida de aquellxs que buscan la prosperidad en suelos europeos, sino que les reniega a los subsuelos de la política.

Si las condiciones y las luchas de las personas migradas por un futuro próspero no son parte fundamental de la agenda por una Europa democrática y popular, el proyecto europeísta no logrará salir de su actual talante neoliberal, oligarca y posdemocrático. La dignidad de todxs debe ser el primer color de esa nueva bandera Europea; de lo contrario, no sería sorpresivo asistir al gradual desmonte de los derechos básicos y a la temida fascistización de nuestras sociedades.

Nos recuerda Julio Cortázar en el prólogo del Libro de Manuel que debemos reivindicar al “signo afirmativo frente a la escalada del desprecio y del espanto, y esa afirmación tiene que ser lo más solar y lo más vital”, entre lo que se encuentra el “reclamo de una dignidad compartida en una tierra ya libre de este horizonte diario de colmillos y de dólares”.

Esta afirmación solar, basada en la solidaridad amplia, y la dignidad compartida, sonará nada más como un principio abstracto. No obstante, esto cobra cuerpo actualmente en nuestras sociedades; estas luchas son del hoy, aún cuando sean para un mañana. Hace falta visibilizarlas, compartirlas, apoyarlas.

Así, no será tan raro ver a un colombiano catedrático de filosofía en Europa, mientras que la desazón de un ministro chovinista quedará, simplemente, como una historia de la que tendremos que aprender, para nunca jamás repetir.