Jueves, Julio 20, 2017
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Estado-nación: apuntes históricos y homogeneización

(En catalán debajo)

por Marc Flores

 

Nos han explicado tantas veces la vieja historia del estado-nación que casi nos la creemos. “Un pueblo, un estado; una lengua, un estado; una cultura, ¡un estado!”, gritó algún burgués emocionadamente con un pañuelo de seda atado al cuello. La gente le respondió con fuertes aplausos y gritos de alegría. “Lazos fraternos en vez de cadenas!”, pensaban: grupos humanos organizados según un desarrollo histórico arraigado en el devenir de los siglos. Organizados, al fin y al cabo, alrededor de una identidad compartida.

Al desvanecerse la idea de imperio universal (católico) con la derrota del Imperio Español, que los europeos habían heredado de la civilización romana y que se había mantenido a través del Imperio Carolingio, el continente se vio sometido a un proceso de agregación manu militari. Si bien se abandonaba esta idea de imperio – surgirían otras-, la agregación de otros territorios seguía siendo necesaria en el contexto de la primera globalización mundial. Se necesitaban unidades económicas grandes y bajo un control único y centralizado para poder hacer frente a los retos que imponían potencias como Asia e India. Así, los ochenta millones de europeos que en 1500 vivían repartidos en unos quinientos estados, estados potenciales, mini-estados y organizaciones similares a estados, acabaron siendo aproximadamente treinta a final de la Edad Moderna, como afirma Charles Tilly (1990).

Este proceso, que culminaría en los fuertes y grandes imperios plurinacionales del siglo XIX, tenía que mudar definitivamente bajo los auspicios de la clase burguesa a partir de la Revolución Industrial y Francesa. Los ideales liberales que extendió Napoleón por todo Europa, el nacionalismo que surgió como reacción a su expansión y la ascensión del capitalismo como modelo económico imperante acabarían por dar forma a la Europa que hoy conocemos. Las revoluciones burguesas del siglo XIX, fundamentadas en los ideales que ya se han mencionado, fueron la base del modelo de estado-nación que se impondría en Europa y que, por circunstancias que ahora no entraremos a analizar, se exportaría al resto del mundo con consecuencias fatales.

Sin embargo, un mínimo ejercicio de sutileza nos permite fácilmente concluir que no todas las naciones se articularon en estados durante este proceso. Tan sólo aquellas naciones cuyas burguesías fueron capaces de arrebatar el poder a sus antiguos detentores y que articularon un modo de producción capitalista pudieron estructurarse en estados. En definitiva, sólo algunos pueblos, con sus burguesías, consiguieron articularse como estados-nación en el siglo XIX. Otros pueblos lo conseguirían después de la hecatombe que representó la Primera Guerra Mundial.

A pesar del fin de los imperios y la articulación generalizada de las naciones europeas en estados, todas aquellas que no tenían una potencial burguesía industrial, que no formaban parte de los imperios que se desintegraron o, simplemente, que no tenían conciencia nacional, no lograron estatalizarse. Así pues, sólo se puede llegar a comprender por qué unas naciones y no otras consiguieron estatalizarse si se tiene en cuenta que éstas son, en parte –y sólo en parte-, constructos sociales que requieren de un constructor, el cual ha sido históricamente la burguesía en su asalto al poder político.

En consecuencia, los intereses de la nueva clase dominante serían a partir de entonces los que determinarían el destino de las minorías nacionales. El mantenimiento de este orden favorable a los propios intereses pasaba y pasa, necesariamente, por la homogeneización de la población del territorio controlado. Y es que es tan sólo mediante esta homogeneización que al Estado -y a quienes lo monopolizan- le es posible disponer de cada una de las partes que lo conforman (los individuos) de la manera más conveniente; en resumen, de hacer valer el llamado “pacto social”. Pues la conformidad con este “pacto” no se expresa con una firma sino con una aceptación tácita, es necesario que la población se identifique con el todo que representa el Estado, lo cual se consigue haciendo que todos respondan a los mismos patrones culturales, lingüísticos, ideológicos, etc.; es decir, homogeneizando.

Sucede, pues, que las minorías molestan: al no identificarse con un Poder que no los representa (porque no los tiene en cuenta) ni los comprende ni quiere comprender (porque no profesa su religión, no habla su idioma, no comparte su cultura, etc.) son siempre un núcleo de disidencia y, consiguientemente, de desorden: un peligro que puede hacer tambalear las estructuras que permiten el dominio de un sistema económico en favor propio y de nadie más. ¿Cuáles son, pues, los mecanismos homogeneizadores por excelencia? Aquellos que atacan el corazón de la identidad: la memoria y la lengua.

La memoria porque recordar es la única forma de unir el “yo” presente, sea individual o colectivo, con la multiplicidad de “yos” pasados. Sin un nexo de unión entre un grupo humano y un pasado con que se pueda identificar no hay nación. Pero tampoco la hay sin lengua: uno se identifica antes con aquellos que entiende y que hablan como un mismo. Atacar, pues, uno de estos dos pilares es atacar la nacionalidad. Si la homogeneización, destinada a la asimilación, se culmina, las disidencias por parte de las minorías pasan a ser un recuerdo.

En conclusión, nos encontramos ante una nomenclatura errónea. Los estados-nación no son estados de una sola nación, sino de varias naciones subyugadas a una nación dominante y a una clase dominante. Visto el devenir histórico que ha resultado en este sistema estatal y vistos los mecanismos de éste para homogeneizar, la luz ilumina la oscuridad: sólo la descomposición de los estados-nación puede permitir la supervivencia de todas las naciones y lenguas del mundo.

Llegados a este punto es esencial que todas las naciones se constituyan en naciones-estado o cualquier otra forma de asociación, estatal o no, que haga posible la expresión de los anhelos colectivos y que los individuos asociados puedan regir sus destinos fuera de la órbita de otras naciones o de clases opresoras. Las naciones históricas o étnicas, sin duda, pueden y tendrían que tener un papel determinante en este necesario proceso: construir una organización social que no esté subyugada a otro colectivo, ya sea nacional o de clase. Queda la duda, sin embargo, de si se puede cambiar este paradigma de dominación con los viejos instrumentos conceptuales, hasta hoy día indisociables, de estado y nación.

Hoy, pues, escuchamos el discurso completo de aquel burgués con el pañuelo de seda atado al cuello: “Una nación -la mía- un estado; una cultura -la mía- un estado; ¡una lengua -la mía- un estado! (Si hablan como yo, serán como yo; si recuerdan como yo, pensarán como yo. Y sí piensan y son como yo, querrán lo que yo quiero)”. Pero hoy no aplaudiremos ni gritaremos de alegría: lo hundiremos bajo una lluvia de tomates podridos.

 

Estats-nació: apunts històrics i homogeneïtzació

per Marc Flores

Ens han explicat tantes vegades la vella història de l’estat-nació que quasi ens la creiem. “Un poble, un estat; una llengua, un estat; una cultura, un estat!”, va cridar algun burgès emocionadament amb un mocador de seda al coll. La gent li va respondre amb forts aplaudiments i crits de joia. “Llaços fraterns en comptes de cadenes!”, pensaven: grups humans organitzats d’acord a un desenvolupament històric arrelat en l’esdevenir dels segles. Organitzats, al cap i a la fi, al voltant d’una identitat compartida.

En morir la idea d’imperi universal (catòlic) amb la desfeta de l’Imperi Espanyol, que els europeus havien heretat de la civilització romana i que s’havia mantingut a través de l’Imperi Carolingi, el continent es va rendir a un procés d’agregació manu militari. Si bé s’abandonava aquesta idea d’imperi –en sorgirien d’altres-, l’agregació d’altres territoris seguia sent necessària en el context de la primera globalització mundial. Es necessitaven unitats econòmiques grans i sota un control únic i centralitzat per poder fer front als reptes que imposaven potències com Àsia i Índia. Així, els vuitanta milions d’europeus que el 1500 vivien entre uns cinc-cents estats, estats potencials, mini-estats i organitzacions similars a estats, van acabar sent aproximadament trenta a final de l’Edat Moderna, com afirma Charles Tilly (1990).

Aquest procés, que culminaria amb els forts i grans imperis plurinacionals dels segle XIX, havia de mudar definitivament sota els auspicis de la classe burgesa a partir de la Revolució Industrial i Francesa. Els ideals liberals que estengué Napoleó per tot Europa, el nacionalisme que sorgí com a reacció a la seva expansió i l’ascensió del capitalisme com a model econòmic imperant acabarien per donar forma a l’Europa que avui coneixem. Les revolucions burgeses d’aquest segle XIX, fonamentades en els ideals que ja s’han esmentat, són a la base del model d’estat-nació que s’imposaria a Europa i que, per circumstàncies que ara no entrarem a analitzar, s’exportaria a la resta del món amb conseqüències fatals.

Tanmateix, un mínim exercici de subtilesa ens porta fàcilment a concloure que no totes les nacions es van articular en estats durant aquest procés. Tan sols aquelles nacions les burgesies de les quals van ser capaces d’arrabassar el poder als seus antics detentors i que van articular un mode de producció capitalista van poder esdevenir estats. En definitiva, només alguns pobles, amb les seves burgesies, van aconseguir articular-se com a estats-nació al segle XIX. Altres pobles ho aconseguirien després del daltabaix de la Primera Guerra Mundial.

Malgrat la mort dels imperis i l’articulació generalitzada de les nacions europees en estats, totes aquelles que no tenien una potencial burgesia industrial, que no formaven part dels imperis que es van desintegrar o, simplement, que no tenien consciència nacional, no van esdevenir-ne. Així, només es pot arribar a capir perquè unes nacions i no altres van aconseguir esdevenir estats si es té en compte que aquestes són, en part –i només en part-, constructes socials que requereixen d’un constructor, el qual ha estat històricament la burgesia en el seu assalt al poder polític.

En conseqüència, els interessos de la nova classe dominant serien a partir de llavors els que determinarien el destí de les minories nacionals. El manteniment d’aquest ordre favorable als propis interessos passava i passa, necessàriament, per la homogeneïtzació de la població del territori controlat. I és que és tan sols mitjançant aquesta homogeneïtzació que a l’Estat -i als qui el monopolitzen- li és possible de disposar de cadascuna de les parts que el conformen (els individus) de la manera més convenient; en resum, de fer valer l’anomenat “pacte social”. Com que la conformitat amb aquest “pacte” no s’expressa amb una signatura sinó amb una acceptació

tàcita, cal que la població s’identifiqui amb el tot que és l’Estat, cosa que s’aconsegueix fent que tots responguin als mateixos patrons culturals, lingüístics, ideològics, etc.; és a dir, homogeneïtzant.

S’esdevé, doncs, que les minories molesten: en no identificar-se amb un Poder que no els representa (perquè no els té en compte) ni els comprèn ni vol comprendre (perquè no professa la seva religió, no parla el seu idioma, no comparteixen la seva cultura, etc.) són sempre un nucli de dissidència i, consegüentment, de desordre: un perill que pot fer trontollar les estructures que permeten el domini d’un sistema econòmic en favor propi i de ningú més. Quins són, doncs, els mecanismes homogeneïtzadors per excel·lència? Aquells que ataquen el cor de la identitat: la memòria i la llengua.

La memòria perquè recordar és l’única manera d’unir el “jo” present, sigui individual o col·lectiu, amb la multiplicitat de “jos” passats. Sense un nexe d’unió entre un grup humà amb un passat amb què es pugui identificar no hi ha nació. Però tampoc la hi ha sense llengua: un s’identifica abans amb aquells que entén i que parlen com un mateix. Atacar, doncs, un d’aquest dos pilars és atacar la nacionalitat. Si la homogeneïtzació, destinada a la assimilació, es culmina, les dissidències per part de les minories passen a ser un record.

En conclusió, ens trobem davant d’una nomenclatura errònia. Els estats-nació no són estats d’una sola nació, sinó de diverses nacions subjugades a una de dominant i a una classe dominant. Vist l’esdevenir històric que ha portat a aquest sistema estatal i vistos els mecanismes d’aquest per homogeneïtzar, la llum il·lumina la foscor: només la descomposició dels estats- nació pot permetre la supervivència de totes les nacions i llengües del món.

En aquest punt és essencial que totes les nacions es constitueixin en nacions-estat o qualsevol altra forma d’associació, estatal o no, que faci possible l’expressió dels anhels col·lectius i que els individus associats puguin regir els seus destins fora de l’òrbita d’altres nacions o de classes opressores. Les nacions històriques o ètniques, sens dubte, poden i haurien de tenir un paper determinant en aquest necessari procés: construir una organització social que no estigui subjugada a un altre col·lectiu, ja sigui nacional o de classe. Roman el dubte, tanmateix, de si canviar aquest paradigma de dominació es pot fer amb els vells instruments, fins avui dia indissociables, d’estat i nació.

Avui, doncs, sentim al complet el discurs d’aquell burgès del mocador de seda al coll: “Una nació -la meva- un estat; una cultura -la meva- un estat; una llengua -la meva- un estat! (Si parlen com jo, seran com jo; si recorden com jo, pensaran com jo. I sí pensen i són com jo, voldran el que jo vull)”. Avui, però, no aplaudirem ni cridarem de joia: l’ensorrarem sota una pluja de tomàquets podrits.

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