Por Antxon Arizaleta Sánchez (@ArizaletaAntxon)

Hace ya casi 5 años de aquellas elecciones europeas en las que el régimen político surgido de la Transición comenzara a tambalearse. Si en aquel momento, cualquiera nos hubiese dicho cuál iba a ser la situación actual, incluso después de que Podemos obtuviese algo más de 1,2 millones de votos, probablemente habríamos sonreído mientras palmeábamos con condescendencia la espalda de ese Nostradamus imaginario. La entrada en la vida pública de la formación morada comenzó un proceso de desintegración de las certezas políticas que había conocido la sociedad española durante 40 años, y, aunque en más de una ocasión se haya estado cerca de cerrar esta crisis de régimen con pactos elitistas, es evidente que no se ha conseguido evitar que las grietas que aparecieron en el edificio de la democracia post 78 en aquella primavera del 2014 se hayan ampliado y que, hoy en día, este edificio tenga serios daños estructurales.

Del turnismo bipartidista hemos pasado, en un tiempo récord, a un sistema multipartidista en el que, a partir del domingo, convivirán cinco grandes partidos con opciones ―algunos más que otros― de gobernar nuestro país. Sin embargo, da la sensación de que en los dos grandes partidos de nuestro sistema político, que, pese a todo, parece que continuarán siendo las dos primeras fuerzas en las elecciones, no se ha llegado a comprender en ningún momento que ya no hay vuelta atrás y que debemos acostumbrarnos a un panorama político muy dividido. Porque no han entendido que la ruptura de la construcción política posterior a la dictadura no se da solo desde alternativas emancipatorias progresistas, sino que se da desde cualquier punto que amenace la estabilidad del bipartidismo y sus acuerdos de mínimos de corte socioliberal. Es decir, que la irrupción de la extrema derecha en los últimos seis meses, no es un síntoma de recuperación del régimen del 78, sino al contrario, una muestra más de desgaste del mismo.

Tenemos, por lo tanto, a una extrema derecha populista, a la que no le va a importar obtener 20 o 50 escaños, un 10% o un 16% de los votos, en estas elecciones. Porque el movimiento metapolítico que representa VOX, a la vez que entra en la vida institucional española con una gran estrategia discursiva y mediática muy útil para el paso corto, está enfocado en continuar dando la batalla cultural y con la mirada puesta no en el escrutinio del domingo a la noche, sino en el de las siguientes elecciones generales, en el que muy probablemente tengan la posibilidad de liderar el gobierno de nuestro país. Esto pasa por una dislocación interna del Partido Popular, en cuyo seno se dará una guerra fratricida a partir del lunes tras la muy probable debacle electoral, y la tendencia a la desaparición de Ciudadanos ante su incapacidad para llevar a cabo la “competencia virtuosa” que necesitaba la triple derecha para lograr el éxito el día 28.

Por el otro lado, en el conocido como “bloque progresista”, tenemos a un Partido Socialista constituido en los pasados diez meses como el partido del orden, posición central que ha ido tomando en diferentes ocasiones desde la Transición y que lo convierte en el partido de régimen por excelencia. Y, aunque en el tiempo que ha pasado desde la exitosa moción de censura, el gobierno liderado por Pedro Sánchez haya tenido tintes progresistas, evidenciados por el acuerdo de presupuestos con Unidos Podemos, la tendencia del PSOE siempre va a ser salvaguardar el sistema político del 78. Esta actitud, puede acabar llevándole a tratar de pactar con una formación como C´s, aupada hace 4 años ya para ser el puntal que aguantase el derrumbe del edificio constitucional, creyendo que este pacto puede sellar las grietas antes mencionadas, sin entender que estas son ya muy profundas.

La otra opción de la oferta electoral progresista, Unidas Podemos, renovada a base de sustitución, expulsión forzosa o simple retirada de quien veía la coyuntura hacia la que se dirigía la formación, y con caras muy diferentes a las que lideraran la confluencia en la fase 2014-2016, afronta estas elecciones con la esperanza de que la fuga de votos no sea tan masiva como predicen las encuestas. Con una campaña en clave resistente, con ataques contra la manipulación mediática ―ataques que no hubieran funcionado si no se hubieran conocido las operaciones de las cloacas del Estado contra el partido morado y Pablo Iglesias― y una última semana que a muchos nos ha recordado al Podemos más ilusionante y ganador, Iglesias pretende tener la fuerza suficiente para influir en gran medida en las políticas que pueda llevar a cabo un hipotético gobierno de coalición con el Partido Socialista. Pero, su apuesta parece ir más allá. El líder de Podemos quiere ser vicepresidente, no ya sólo porque así tendría mayor capacidad de condicionar las medidas que se lleven a los consejos de ministros, sino porque, además, como gran amante que es del país mediterráneo, ha aprendido del caso italiano. En Italia el M5S ganó las elecciones y pactó con la Lega de Matteo Salvini, pero si nos preguntasen quién lidera el gobierno del país transalpino, desde luego no diríamos que es Luigi Di Maio ―líder de M5S―, sino que hablaríamos de Salvini, al que las encuestas dan el primer puesto y un crecimiento de 15 puntos porcentuales respecto a las elecciones de hace un año. Es decir, entrar al ejecutivo como la fuerza subalterna y, desde dentro, dar el “sorpasso” que UP no fuera capaz de llevar a cabo en las elecciones.

Estamos, en definitiva, ante las que posiblemente sean las elecciones más importantes de nuestra democracia. Unas elecciones que son constituyentes, porque tanto desde la izquierda que representa Iglesias como desde la extrema derecha de Abascal, se quieren construir nuevos modelos de país que seguramente no caben dentro de la Constitución de 1978, con el PSOE y Ciudadanos buscando aguantar un statu quo que hace aguas y con un Partido Popular que siente cada vez más que la posibilidad de hundirse como lo hiciera la UCD y ser absorbido por VOX está cada vez más presente. En cualquier caso, el día 28 de abril será histórico para España.