Por Pablo Beas Marín

Apenas hace unas semanas se cumplieron tres años de la pérdida de Mark Fisher, para algunxs, el líder intelectual de una generación. Sus escritos, traducidos por Caja Negra Editora [1] y Alpha Decay [2], arrojan hoy claves desde las que analizar el malestar cultural de un neoliberalismo en crisis que ante la falta de imaginación política no acaba de superarse más que por la versión autoritaria del mismo.  Aquí nos centraremos principalmente en el diagnóstico trazado por Mark Fisher en Realismo capitalista, si bien el pensamiento, en ocasiones, fragmentado del autor obliga a hacer referencia a otros textos.

Mark Fisher encarnaba un cierto espíritu benjaminiano a la hora de reflexionar sobre la cultura: si Walter Benjamin se daba la tarea de pensar los cambios que configuraban la modernidad mezclando para ello lo que pasaba en las calles con lo que se proyectaba en las salas de cine o se leía en la poesía de Baudelaire, Fisher da cuenta del sensorium posmoderno a través de la relación entre las mutaciones del capitalismo tardío con los cambios en la cultura, especialmente, en el cine y en la música.  

Su estilo es una punzante mezcla de reflexiones más o menos breves, a través de un lenguaje alejado de los formatos académicos conservando una lucidez brillante; sondas que revelan que “algo no encaja” en nuestra sociedad actual. Hay coordenadas biográficas que influyen en esta escritura: el alejamiento del mundo académico y el agobiante “exilio” como profesor de secundaria en una educación cada vez más burocratizada; así como la ausencia de medios culturales donde plasmar sus reflexiones. En efecto, este modo de trabajar de Fisher no puede entenderse sin un aspecto crucial que es su demanda de canales en los que pueda darse un intercambio continuo entre la cultura popular y la teoría. Hay una búsqueda por encontrar un espacio donde se den las condiciones para la conversación y la escucha alejada del encorsetado formato de los papers y la academia [3]. 

Hay una búsqueda por encontrar un espacio donde se den las condiciones para la conversación y la escucha alejada del encorsetado formato de los papers y la academia

El mundo de los blogs fue ese espacio. El formato blog y su dinámica transmedial que plantea al lector y al escritor como “productores” a través de los comentarios evocaban cierta gramática benjaminiana, como señala Peio Aguirre en el prólogo. Gramática desordenada pero certera que se construye alrededor de la hoguera del blog; una suerte de tribu posmoderna que se sentaba en torno al fuego para pensar qué nos estaba pasando. K-Punk debería leerse a día de hoy no como un museo sino como un archivo con el que dialogar y rastrear las huellas de carmín de los futuros perdidos que creyó adivinar Fisher en los agujeros negros del realismo capitalista. 

De la cancelación del futuro al agotamiento del presente

La hipótesis de partida en Realismo capitalista es que “el capitalismo no es que sea el único sistema económico viable es que es imposible imaginarle una alternativa” [4]. Los orígenes de esta afirmación pueden rastrearse en la profecía autocumplida del eslogan No Alternative de Margaret Thatcher o en el agónico grito punk No Future una vez que se desvaneció toda posibilidad de imaginar alternativas al capitalismo después de 1989. En la época de Thatcher- señala Fisher- no es que no hubiera alternativas, es que no eran deseables; ahora, sin embargo “la doctrina lleva un peso ontológico distinto: el capitalismo no es ya el mejor sistema posible, sino el único posible. Y las alternativas no son sólo indeseables, sino fantasmáticas” [5]. 

En este sentido, Fredric Jameson aparece como el interlocutor preferido de Mark Fisher, no sólo por los ecos de la cita anterior con el famoso dictum “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, sino también porque comparte la necesidad de recuperar el legado utópico de los sesenta a través de los impulsos utópicos detectados en las formas de lo posmoderno para no ahuyentar el fantasma de futuros por venir. 

Sin embargo, el panorama cultural desde el que proyectar nuevos “mundos soñados” es bastante más desesperanzador que el de la época en la que Jameson describía la lógica cultural del capitalismo tardío.  Ante la ausencia de movimientos contra-culturales que desafíen las lógicas existentes y planteen de nuevo dinámicas utópicas, Fisher se pregunta: “¿cuánto tiempo puede resistir una cultura sin la renovación de lo nuevo? ¿Qué ocurre cuando los jóvenes no son capaces de producir sorpresas?” [6] Los interrogantes introducidos aquí por Fisher evidencian el agotamiento cultural de nuestra época toda vez que el pasado se ha convertido en un catálogo de la nostalgia. El realismo capitalista se afianza lentamente a través del fin de la temporalidad y la sensación de que el futuro sólo es accesible como un remake de un pasado deshistorizado.

El instituto es otro escenario privilegiado donde se aprecia el borrón en la historicidad que introduce el realismo capitalista. Como advierte Enzo Traverso, el relato histórico ha abandonado todo principio de esperanza para percibir el pasado como una época de violencia con la que no cabe ningún diálogo posible [7]. En efecto, no se convoca a los jóvenes a cambiar el mundo, sino más bien a evitar aquellos comportamientos que cegados por la búsqueda de utopías trajeron regímenes despóticos bajo pena de que dichas tragedias regresen como días de un futuro pasado. La enseñanza de un saber técnico resulta mucho más adecuada a la ontología de los negocios del realismo capitalista y así se trata más de convertir al alumnado en Bourne; un nómada transnacional que acumula multitud de recursos técnicos pero no sabe decir de dónde viene ni a dónde se encamina.  

La enseñanza de un saber técnico resulta mucho más adecuada a la ontología de los negocios del realismo capitalista y así se trata más de convertir al alumnado en Bourne; un nómada transnacional que acumula multitud de recursos técnicos pero no sabe decir de dónde viene ni a dónde se encamina

El realismo capitalista, efectivamente, no se limita al ámbito de lo cultural (que, por otra parte, parece abarcarlo todo), sino también a la educación o al mundo del trabajo. Mark Fisher idea conceptos como hedonia depresiva; el deseo de buscar el placer continuamente aunque este nunca va a llenarse, lo cual lleva a una suerte de diversión melancólica (curiosamente distintas letras de música trap de cantantes como Lil Peep, Yung Beef o Gianluca han llevado a algunos de sus seguidores a bautizarlos como perreo sad); o impotencia reflexiva; para dar cuenta de cómo el neoliberalismo ha aprisionado el deseo hasta hacer aburrida cualquier actividad que implique detener el bombardeo de imágenes y estímulos al que nos somete el capitalismo de aplicaciones. 

Todos estos síntomas llevan a Fisher a describir el capitalismo como “un gigantesco vampiro, un hacedor de zombies; pero la carne fresca que convierte en trabajo muerto es la nuestra y los zombies que genera nosotros mismos” [8]. Sin energía alguna en el cuerpo, más allá de la suministrada por la cafeína y el ibuprofeno, la situación de los pacientes del realismo capitalista se parece bastante al estado anímico de un depresivo: cualquier rasgo de mejora es percibido como una ilusión. 

Escapar del castillo del vampiro o las fisuras del realismo capitalista

La metáfora del castillo, residencia del vampiro en nuestras mentes, es recurrente en los escritos de Fisher no sólo como un lugar espeluznante en el que las cosas están desencajadas al igual que en las novelas de terror, sino también como metáfora kafkiana de la burocracia capitalista. Haciéndose eco de los deseos autonomistas de los sesenta el capitalismo tornó en pesadilla el sueño anti-jerárquico para hacer de nuestras vidas un horizonte burocratizado donde no hay ningún centro al que asirse ni nadie a quien pedir responsabilidades. El capitalismo es un call center en el que nadie puede oír tus gritos. 

Pese al pesimismo que se haya podido entrever en las líneas anteriores, el libro es ciertamente optimista en los capítulos finales donde se plantea un programa de mínimos para escapar del realismo capitalista a partir de un cortocircuito del mismo. Fisher detecta las fisuras del castillo a través de dos incoherencias: la aporía burocrática y la aporía de la depresión. Ambas hunden sus raíces en demandas que el neoliberalismo no ha podido satisfacer: el deseo de autonomía y libertad de los trabajadores de los sesenta ha devenido en una “burocracia estalinista de mercado” y la utopía de la felicidad devenida en estrés y depresión como enfermedades de nuestra contemporaneidad. Politizar estos malestares constituye el punto de partida que señala Fisher para intentar pensar una alternativa.

Fisher detecta las fisuras del castillo a través de dos incoherencias: la aporía burocrática y la aporía de la depresión. Politizar estos malestares constituye el punto de partida que señala Fisher para intentar pensar una alternativa

Ahora bien, cabe señalar algunos interrogantes… ¿Hasta qué punto la caja de herramientas poshegemónicas nos permite profundizar del todo en las averías del realismo capitalista? ¿Basta solo con la dominación biopolítica de los cuerpos y los deseos para mantener la nueva sociedad de control? ¿La seducción vampírica del capitalismo no bebe también de una serie de anhelos y fantasías que pueden ser re-imaginados? La reciente película Parasite de Bong Joon-ho nos arroja algunas claves acerca de cómo opera esta seducción.

También ambientada en un castillo contemporáneo, en este caso, una mansión inmunizada en la que transcurre la ensimismada vida de una familia rica -los Park- de la que, a primera vista, se aprovechan los Kim al conseguir ocupar todos los puestos del servicio. Las impresiones de los Kim en torno a la familia Park son de condena absoluta en tanto que los ricos son realmente percibidos como los parásitos de la sociedad e inmunes a las desgracias de los pobres; sin embargo, también hay admiración y juicio positivo hacia quienes les chupan la sangre. La atracción que ejercen los Park no se basa únicamente en el olor, la calidez de la luz solar inundando un jardín edénico y en los sabores a los que los pobres tienen vedado el acceso, sino también debido a la imposibilidad de estos últimos para imaginar una vía distinta al emprendimiento como proyecto futuro, como muestra la escena final. En una situación de desesperación total como la que enfrentan los protagonistas al final de la película, el relato neoliberal del emprendedor de sí mismo es, en cierto sentido, la balsa que impide el naufragio emocional de los supervivientes de la familia. ¿Acaso no puede aplicarse ninguna pedagogía a esta estructura de sentimiento? ¿No hay otra vía para alcanzar la justicia social y utopías cotidianas que el mito del emprendedor o el sálvese quien pueda? 

Como llega a indicar el propio Mark Fisher en K-punk, imaginen que Breaking Bad transcurre en el Reino Unido o en Canadá (o en España): “Escena de apertura. El doctor le dice a Walt que tiene cáncer y que el tratamiento comienza la semana que viene. Fin de la serie” [9]. Es una derrota discursiva no ser capaces de transmitir la idea de que aspectos como la sanidad pública o la educación gratuita son victorias precarias que es necesario sostener para exorcizar los fantasmas del realismo capitalista mientras imaginamos futuros nuevos.

Reactivar el deseo: nostalgia de futuro en las ruinas del pasado

Para revitalizar la cultura no sólo es necesario sanar los cuerpos cansados del capitalismo tardío sino también volver a producir el deseo. Es aquí, a través de ligeras vibraciones en los escritos de Fisher, donde parece adivinarse el imperativo cultural de llevar nuevamente el arte a la vida. El último capítulo da ciertas pistas al plantearse la relación entre las tecnologías y el deseo capitalista: “¿Qué nos impide pensar en que el deseo de Starbucks es el deseo reprimido de comunismo?” [10]. Una idea de modernidad alternativa y de lo público parece insinuarse en estas intuiciones al comparar las similitudes entre el funcionamiento fallido de StarBucks con la también fracasada centralización soviética, mientras Fisher ojea las fotografías de edificios soviéticos abandonados como reliquias de un futuro por realizarse. ¿Hay en las fotografías de Frédéric Chaubin sobre las ruinas de edificios comunistas una reivindicación de una política modernista que no cierre el hueco entre el sueño y la realidad? [11].

Para revitalizar la cultura no sólo es necesario sanar los cuerpos cansados del capitalismo tardío sino también volver a producir el deseo

Resulta interesante comparar a Fisher con las posiciones que sostiene Susan Buck-Morss en Utopía y catástrofe cuando reflexiona acerca del esfuerzo creativo que pusieron sobre la mesa los vanguardistas rusos a la hora de dotar la imaginación revolucionaria de una forma material. El potencial de la vanguardia rusa residía en no perder de vista que sus fantasías arquitectónicas se inscribían en una lógica diferente a la de la eficiencia, latiendo en ellas el deseo de transformar la relación del hombre con la naturaleza para hacerla así más habitable. El modernismo ruso fue capaz de mostrar cómo la imaginación puede hacer de la tecnología una aliada del deseo para dar “vida sensible a las utopías anticipando el futuro sin sacrificar el presente” [12].

No se trata, sin embargo, de una atracción melancólica por las formas arrasadas del socialismo real. La idea de Fisher no es abrazar los cascotes modernistas, en tanto que este es ya un estilo más del capitalismo tardío, sino más bien una toma de conciencia de las potencialidades del pasado para trascender el estado afásico del duelo y pensar utopías cercanas a través de los malestares que no encuentran acomodo en el realismo capitalista. Una izquierda no autoritaria que vaya más allá de la imaginación y consiga reactivar el deseo postcapitalista son las consignas con las que cierra el texto y que pueden encontrarse en el manifiesto inacabado Acid Communism [13]. Las lecturas del mismo apuntan a un Fisher psiquedélico que invita a romper con la continuidad del tiempo, abriéndolo a nuevas experiencias cognitivas y sensoriales, un viaje abierto hacia el futuro que surfee el deseo postcapitalista como una estela plateada. 

 

Bibliografía y notas

[1] El volumen colectivo Jacksonismo. Michael Jackson como síntoma, en 2014; Realismo capitalista, ¿No hay alternativas?, en 2016; Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos, en 2017; y K-Punk, el primer volumen de una trilogía en torno a sus posts sobre libros, películas y televisión, en 2019.

[2] Lo raro y lo espeluznante, en 2018.

[3]  No obstante, sería injusto hablar de la obra de Fisher aislada del contexto universitario pues parte sus reflexiones se elucubraron en contacto con figuras dentro de distintos departamentos, caso de Nick Land, Kodwo Eshun, Nina Power, Luciana Parisi, Alberto Toscano o críticos musicales como Simon Reynolds. Puede pensarse a Fisher como un puente entre la universidad y otros espacios a la par que expresa la necesidad de reactivar la universidad como espacio de disputa en su introducción a K-Punk. 

[4] Mark Fisher (2016), Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, Caja Negra, Buenos Aires, p. 22.

[5] Ibídem., p. 127.

[6] Ibídem., p. 24.

[7] Enzo Traverso (2019), Melancolía de izquierda. Después de las utopias, Galaxia Gutenberg, Madrid, p. 116.

[8] Mark Fisher (2016), Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, Caja Negra, Buenos Aires, p.39.

[9] Mark Fisher (2019), K-Punk, escritos reunidos e inéditos (libros, películas y televisión, Caja Negra, Buenos Aires, p. 341.

[10] Mark Fisher (2016), Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, Caja Negra, Buenos Aires, p.147.

[11] Frédéric Chaubin (2010), CCCP: Cosmic Communist Constructions Photographed, Taschen, Berlín.

[12] Susan Buck-Morss (2004), Mundo soñado y catástrofe. La desaparición de la utopía de masas en el Este y el Oeste, p.84.

[13] Inédito en español, algunos apuntes del mismo pueden consultarse en el artículo de Emma Stamm “Turn On, Turn In, Rise Up” traducido en Artefakte: https://artefaktes.net/lisergia-contra-austeridad/