Jueves, Julio 20, 2017
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ENREDARSE ES UNA OPCIÓN

ENREDARSE ES UNA OPCIÓN

Por Blai Burgaya Balaguer

Una de las paradojas que más me llama la atención del mundo actual, es la sed de la gente por “desconectar”.

Pero cuándo decimos que vamos a “desconectar”, lo que realmente hacemos es conectarnos con aquello que probablemente sea lo único real y necesario: buscarnos a nosotros mismos y a los nuestros, o sea que buscamos aquello verdaderamente auténtico, lo natural por encima de lo artificial. La sustancia frente a la materia.

¿Cómo conciliar el ritmo acelerado del mundo con la serenidad necesaria para vivir? ¿Cómo conjugar la inmediatez con la reflexión?

¿Qué tiene la conectividad que nos atrapa tanto? Doy por echo el carácter útil y funcional de las tecnologías que añaden valor a la sanidad, la educación, el ocio y las relaciones sociales. No obstante, la capacidad humana de crear estados ilusorios convierte a estos mismos instrumentos en señuelos a los que sucumbimos por su poder seductor.

Si no estás conectado no estás en el mundo. La idea de mantenernos conectados todo el día nos crea la ilusión de que formamos parte activa de la sociedad. Acabamos convenciéndonos de la fuerza de nuestras opiniones, de nuestra capacidad influyente y del interés que despertamos en los demás, aunque sea para que hablen mal.

Hay mucho de narcicismo en una sociedad que presume de “colgar en la red” toda su vida. O te ven o no eres nadie. Quizás la idea de estar todo el día conectados esconde una dificultad mayor: llenarse de algo que no existe.

No cabe duda de que la comunicación interpersonal se ha visto alterada por la obligación de la conectividad. Aparecen cantidades ingentes de conflictos entre parejas, padres e hijos, amigos… Estos conflictos nacen del hecho que la confianza hoy no se basa en la sinceridad, sino en las pruebas. Las ingeniosas aplicaciones de los móviles tienen una contrapartida controladora que nos puede convertir en policías del otro. No nos fiamos de la persona sino del instrumento, como si fuera la máquina de la verdad.

Es un auténtico error relacionar la privacidad con el engaño. Dicho de otra forma, si alguien engaña no será por el instrumento. En cambio, su uso como pruebas permanentes de sinceridad y de lealtad se convierte en un ataque a la parcela personal y un control desmedido al espacio relacional.

Una de las características más llamativa de la vida en conectividad es su obsesión por la inmediatez, que conlleva a una obsesión enfermiza por permanecer conectados y activos, hasta el extremo de mandar mensajes conduciendo. Nos jugamos la vida por no tener paciencia, por pensar que estamos obligados a responder de inmediato porque hemos acelerado tanto la existencia que ya nos olvidamos de vivir. Solo cuenta el instante. Cuenta hacer la foto, más que realmente vivir la experiencia.

Al final llegamos a la conclusión de que es necesario recuperar el propio ritmo, ser coherentes con nuestra forma de estar y vivir la vida. No hay que acelerarse; no hay que saberlo todo. Hay que rechazar las comunicaciones innecesarias y poner la atención en lo que realmente tiene valor. Hay que aislarse de tantos estímulos y de tanto ruido comunicativo. Hay que encontrar tiempo para uno mismo, para las relaciones reales e incluso para no hacer nada, para simplemente contemplar. Existe un gran aliado: el silencio. También hay una estrategia: la felicidad de estar ilocalizable.

Además los aparatos que nos conectan posibilitan también la desconexión. Por lo tanto, no es la tecnología la culpable de nuestros males, sino la actitud que tenemos ante ella. Enredarse es una decisión.

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