domingo, noviembre 19, 2017
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Elogio de la política. Tres actos:

Por Salvatore Nocerino

(1) Política, ¿eso qué es?            

                “La política es una forma de racionalidad que encierra una forma arcaica de irracionalidad”. Así la define el filósofo argentino Roberto Walton, en un análisis sobre el abordaje que hace Paul Ricoeur desde la perspectiva fenomenológica. Responder a esta cuestión ha sido, probablemente, la tarea más difícil de la ciencia política, en tanto que pregunta fundacional de la misma. Si ya de entrada es complicado dar con una respuesta más o menos acertada y consensuada de aquello que entendemos por ciencia -supuestamente, el terreno de lo cierto, de lo seguro-, hablar de política es entregarse al desacuerdo. Porque, claro está, como ciencia social que es, la ciencia política no conoce de certezas, de presuposiciones prácticas, de axiomas.

 

Es evidente que, sea lo que sea, la política pertenece al ámbito de lo intangible, de lo incontable. La política, como el amor, como el odio, se intuyen, se sienten, se huelen, antes de someterse a un estudio teórico incisivo. Estamos, entonces, ante un fenómeno[1]. El fenómeno de lo político es algo que se nos aparece de manera casi automática en tanto que seres que existen en colectividad; pero, ¿por qué?

                Se aparece porque hay conflicto. Y hay conflicto porque hay vida en colectividad. Es así de ambiguo. No se trata, como sugieren muchos manuales y algunos autores, de que la política sea el conflicto. Catalogarla de esta manera sería reducirla a lo que simplemente es su base, su punto de partida, un primer nivel; un elemento necesario, sí, pero no suficiente. ¿Qué hace falta, entonces, para que se dé el fenómeno de lo político? No basta con ese conflicto, pues este bien puede ser un simple desacuerdo entre ‘partes’, entre individuos que no tienen en consideración ninguna condición previa más que la presencia de ese conflicto aislado y puntual. Para que el conflicto sea un conflicto político, hace falta algo más; hace falta escenificarlo, evidenciarlo, englobarlo en un proceso mucho más grande y complejo. Hay que hacer del conflicto una parte de algo mayor, y no la parte por el todo. El conflicto tiene que aparecerse ante una opinión pública, siempre en formación, siempre cambiante, para ser sometido a debate. Esto es, básicamente, politizar: sacar un tema a la luz, mostrar que un problema aparentemente privado debe ser considerado público, debe ser debatido.

 

                Vemos, pues, cómo se da el fenómeno de lo político de una forma aparentemente arbitraria. Veremos un poco más adelante que no es exactamente así. Pero, una vez identificados sus fundamentos, ¿qué eso que habitualmente entendemos por ‘política’? La política, bajando a lo concreto, no es más que el discurrir de esa escenificación, de ese conflicto representado en una serie de espacios más o menos delimitados. La política se da, sí, en los Parlamentos, en las Instituciones, en las ‘calles’… Pero también en las oficinas, en las fábricas, los colegios, los bares, las casas… Y, por supuesto, en la red; así que, básicamente, se da en todas partes. Es un fenómeno que se aparece allí donde pongamos la vista; omnipresente, aunque no siempre se presente de forma evidente. Estamos, pues, ante una de las piedras angulares del estudio de la vida en sociedad, de las relaciones humanas; se trata, en definitiva, de un elemento constitutivo de lo humano mismo.

 

(2) Sin futuro no hay política

Con la respuesta a esta primera pregunta surgen, claro está, otras. La política es la escenificación del conflicto en la plaza pública, vale; ahora bien, ¿cómo se consigue eso? Básicamente, ¿cómo se construye ese debate abierto a la sociedad? A la otra pregunta que podía resultarse inmediatamente de esta, la de por qué son unos conflictos y no otros los que habitualmente se someten a escrutinio del público contestaremos más adelante, aunque de los siguientes párrafos se puede intuir gran parte de la respuesta. Si partimos de la base de que, como escenificación que es, tiene un carácter absolutamente contingente, ¿por qué, entonces, la política es capaz de emocionar, de ser apasionada y arrolladora? ¿Por qué la política se siente en carne viva? ¿Por qué la política se vive con tanta intensidad?

Aquí está la clave: la política, o, mejor dicho, la praxis consciente de la política, consiste en convertir lo contingente en necesario, en dar trascendencia a lo mundano. Sabiendo de la condición eventual de toda batalla política, se trata de hacer como si realmente fuera la vida en ello. Hay que dotar de sentido a aquello que, en principio, es totalmente irrelevante en lo inmediato.

 

                Y para dotar de sentido, para dar trascendencia, hay que construir necesariamente un futuro. Toda idea política necesita, ante todo, de fines. Si se quiere, además, que sea exitosa, necesitará de los medios adecuados, pero esto viene después; este es el juego táctico en que se desarrolla la política entendida en el primer nivel, el del conflicto. Ante todo, hay que establecer un telos, un objetivo, hay que hacer ver que aquello por lo que se pide dar la batalla (política) merece realmente ser peleado. Esto solo es posible mediante la proyección. El ser humano, como animal simbólico, como homo pictor, vive narrándose constantemente a sí mismo, inventándose, describiéndose, imaginándose, proyectándose. Aplicado a la política, esa proyección no es sino la visualización de un futuro posible. No se trata, como puede pensarse en un primer momento, de imaginar un mundo distinto y perfeccionarlo, de crear utopías. La utopía es, por definición, irrealizable, es el no lugar. Cualquier proyecto político que busque incidir de manera mínimamente notable en la vida pública debe luchar por convertir en posible lo imaginable, en lugar de perseguir continuamente lo inalcanzable. Ampliar los horizontes de lo posible es una tarea mucho más difícil que situarse en la comodidad de la utopía, por supuesto. Es difícil porque exige situarse, a la vez, en ese futuro por construir y en este presente del que partimos. Tarea complicada, sin duda, pero la única que, por otro lado, conduce a una victoria que merezca tal nombre.

 

3) Las paradojas de lo político

Por último… ¿quién decide cuáles son los conflictos importantes de tratar y cuáles no? Si el elemento clave en la lucha política es dotar de sentido, ¿cómo se hace esto? Eligiendo. Por partida doble, además. Por un lado, se trata de elegir qué sacar a la luz y que no, pero, por otra, consiste en escoger bandos.

Paul Ricoeur, en su estudio sobre el fenómeno de lo político, habla de su carácter paradójico, algo que lo hace frágil y que, a la vez, es una llamada a la responsabilidad del ciudadano para actuar en consecuencia. La política es paradójica porque enfrenta, por un lado, la tendencia de los hombres a vivir en igualdad, en comunidad; y la voluntad de poder, la necesaria organización jerárquica que se deriva de perseguir ese deseo. Del mismo modo, podemos hallar en la necesidad de elección una paradoja que, aparentemente, destruye cualquier posibilidad de encontrar en la política algo seguro, certero. Y quizás sea verdad, puesto que lo único cierto en la política es su carácter ambiguo, su continuo discurrir por la indefinición y la contradicción.

 

Empecemos, primero, por esa segunda ‘elección’. La política implica lucha; la lucha implica bandos; y para luchar, por tanto, hay que enrolarse en uno u otro lado. Pero surge un problema: estos bandos, en el fondo, no son más que formas arquetípicas que resultan de la inevitable transformación de un conflicto particular en uno político. ‘Tipos ideales’ weberianos, que, sin embargo, deben enfrentarse como si efectivamente existiera entre ellos un abismo insalvable, una distancia igualmente contingente. Contingente, como todo de lo que tratamos a la hora de hablar de política. Pero, como hemos dicho poco antes, ¿acaso no es eso de lo que se trata? De dotar de trascendencia, de dotar de sentido, y de luchar por su mantenimiento o cambio.

Y los bandos, como construcciones sociales que son, no nos permiten decir que estemos realmente en el correcto, ni que haya siquiera el correcto. Pero, de nuevo, se trata de actuar como si lo fuera, como si lo hubiera. Agrupando todos los matices posibles en una serie limitada de opciones -dos, tres-, hay que acarrear con todas las contradicciones que esto implica y asumirlas: posicionarse a sabiendas de las dificultades que ello acarrea. Esto no quiere decir, por otro lado, que se obvien tales contradicciones: asumirlas implica cuestionarse, a cada paso, si estas no pesan demasiado como para continuar avanzando. En el momento en que las contradicciones superan a las certezas, no es posible seguir, pero es imposible, por otro lado, no experimentarlas.

 

                En cuanto a la primera ‘elección’: ¿qué temas entran y qué temas quedan fuera de la barrera de relevancia? ¿Qué es eso a lo que se llama ‘marcar agenda’? De nuevo, volvemos al segundo nivel, donde, a priori, no hay un conflicto por encima de otro, no existe algo así como ‘el’ conflicto, del que se derivan todos los demás. Todas las divisiones elementales, entonces, son fruto de la decisión arbitraria de tomarlas como relevantes. El eje tradicional izquierda-derecha, en el que se ha desarrollado gran parte de la lucha política en el último siglo y medio, no es más que una casualidad histórica, una clasificación como cualquier otra, que adopta formas muy distintas en función del tiempo y el lugar en el que se aplique. Del mismo modo, no hay razones para decir que la lucha de clases es la lucha fundamental en torno a la que articular cualquier proyecto político. Por tanto, determinar qué conflictos -o tipo de conflictos- son los que van a tratarse y a considerarse ‘importantes’ en un momento dado es de suma importancia. Tendremos mucho ganado si el terreno nos es favorable.

                Entre las innumerables aportaciones de Gramsci a la ciencia política, quizás sea esta la más importante. La batalla política es una batalla por el sentido, una lucha por la hegemonía. Y esta no es otra cosa que la posición desde la cual se define lo que es ‘razonable’, lo que es posible. Y en esa lucha, es fundamental el campo de batalla. Elegirlo es la primera demostración de poder del adversario -o nuestra-, y de ello depende en gran medida el resultado final: victoria o derrota, no existen las tablas. La dificultad no está, entonces, en la elección del bando que consideremos correcto. El gran reto, por el contrario, es ser capaces de definir esos bandos que luego van a enfrentarse. Todo se juega, por tanto, en esta demarcación del campo de juego, pues el bando que toque defender después se deriva directamente de la distribución resultante. No se trata tanto de saber manejar las reglas del juego como de inventarlas, porque, si consideramos que todo se reduce a elegir entre posiciones ya dadas y avanzar por caminos ya trazados, hemos perdido antes de comenzar.

[1] No se trata del phenomenon kantiano, una mera manifestación de algo que no se muestra en profundidad. Al contrario, se trata de la percepción total y absoluta de una realidad determinada. Si el fenómeno en Kant sería algo así como los síntomas de la enfermedad (siendo el noúmeno la enfermedad misma), en esta concepción el fenómeno es el noúmeno: dicho de otro modo, no procede preguntarse por el fondo esencial de una realidad conocida porque esta, o es inapreciable, o no existe como tal.

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