martes, noviembre 21, 2017
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“Ella siempre vuelve”

 

Por Mari Cruz Laliena

*Imagen de Alex Tuis

Acabo de salir del cine. Son las 22.39 y la película, a pesar de decepcionarme una poco, me ha dejado pensando tanto que, por primera vez, me arroja a escribir una pequeña “crítica” cinematográfica.

Técnicamente, La pell freda no es una película con una trama que captive al espectador. Puede parecernos, en un principio, plana, lineal y donde los grandes acontecimientos “desveladores” (por decirlo de alguna manera) solo aparecen al final. Es una película que, a pesar de su gran contenido social y feminista, creo que se podría haber explotado mucho más y que algunos elementos pueden resultar muy invisibles durante todo el film.

Dicho esto, quiero empezar a hablar de lo que realmente importa: la simbología. Reconozco que, leyendo la reseña de la Isabella Sempere, hay algunas escenas que no reflejaban del todo los conflictos de los cuales habla el libro. Para empezar, nos encontramos con una isla totalmente aislada donde, hasta la llegada del irlandés, la única persona que habita allí es un hombre llamado Gruner, el cual, a su vez, mantiene relaciones sexuales con “uno de los seres anfibios” que viven en esa tierra inhóspita.

Desde el inicio de la película podemos observar cómo se produce un enfrentamiento entre ambos personajes ante el miedo de Gruner de perder su gran posición de poder como patriarca del lugar. Figura que, por supuesto, se ve reflejada en el maltrato que impone a su pequeña “bestia” que ni siquiera tiene un nombre propio hasta la mitad del film y el cual se lo otorga el irlandés (Aneris). Se trata de una criatura con forma de mujer, sumisa, que no tiene voz (o mejor dicho, no se le permite) y es tratada, pérfidamente, como un animal, como una bestia. Su voz solo es utilizada en forma de cánticos por las noches para, supuestamente, atraer a otras criaturas como ella al faro.

Aparte de ser constantemente maltratada por Gruner, también es utilizada para los caprichos sexuales de este, los cuales me hacen pensar que no son muy consentidos o deseados por Aneris, y solo es vista como un mero objeto sexual por ambos personajes (Gruner y el irlandés). Sin duda, nos encontramos ante la reproducción de una constante situación de maltrato de género, donde, como bien vemos, a la mujer se le priva incluso de la posibilidad de expresarse o de cualquier forma de resistencia, ya que es reprimida violentamente por su “amo/pareja sentimental”: “Sólo una vez me mordió, y a partir de aquella vez aprendió la lección”. El hecho incluso de generar una fuerte conexión afectiva con el irlandés es motivo para que Gruner le dé numerosas palizas e intente, sin éxito, librarse de él. Nos encontramos, por tanto, ante un constante juego de roles de poder patriarcal, ya no solo por ocupar el mando sino también por poseer a Aneris.

Durante la noche, la misma escena se repite una y otra vez: Aneris se pone a “cantar” y repentinamente aparecen sus congéneres entre las rocas con el objetivo de llegar al faro. A mí esta escena me hace pensar en un grito desesperado de ayuda de Aneris para no solo ser rescatada de esta relación de maltrato, sino también para volver con los suyos. Porque Aneris, como caso ejemplar de víctima del maltrato de género, ha sido apartada de su familia, de su entorno, por su agresor, sin otra posibilidad de contactar con ellos que a través de un grito desesperado de socorro.

Profundizando más colectivamente en las criaturas como grupo, durante toda la película (o parte de ella) se nos muestran como seres agresivos, violentos y tremendamente peligrosos, capaces de devorar “carne humana”. “Darwin se equivocaba” nos dice uno de los cuadernos que el irlandés encuentra en la casita del anterior oficial atmosférico. El especismo, el racismo e incluso cierto colonialismo blanco europeo (toma ya) se nos muestran sutilmente y consiguen engañarnos (o no tanto) magistralmente. ¿Por qué serán tan malvados estos seres? ¿No será que tratan de salvar a Aneris? ¿No será también que tratan de defender su isla, su territorio y sus compañeros de los colonizadores (los cuales no se rajan un pelo, a través de dinamita, de hacerlos volar a todos por los aires)?

Es por ello que no paramos de ver una constante diferenciación entre Aneris y los suyos. “Ella es diferente” dicen una y otra vez el irlandés y Gruner, ante una Aneris maltratada y con miedo de revelarse ante su agresor. Ella, sin duda, está “domesticada”. Cómo no. Solo es al final de la película cuando este estigma se rompe y se nos impone la verdad ante nuestros ojos: tienen costumbres, sus rituales; sus propios elementos de identidad y, sin duda, tienen consciencia. Esta revelación se nos hace en una de las escenas finales, en que, tras la gran masacre en el faro y tras haber recuperado a Aneris, van “en son de paz” en busca de diálogo y una tregua (a qué me recuerda esto…).

Sin duda, esta forma pacífica de intentar mediar la paz entre colonizadores e indígenas es erradicada violentamente por Gruner, quien vuelve a expresar un especismo/racismo muy potente. Quizás lo más significativo es el momento en que el supuesto hijo de Aneris (y quizás hijo de Gruner) muere ante la impotencia de su madre y la estupefacción de Gruner cuando su víctima se niega a volver (“ella siempre vuelve, como los perros”) y a decir no: no a su maltrato, no a su intolerancia, no a sus continuas agresiones. Una mujer que, tras empoderarse, decide no volver.

Saliendo del cine y reflexionando profundamente sobre la película, no paraba de pensar en lo plana que era la película, en lo poco que se nos desvelaba el “origen de esas criaturas” o del pasado del irlandés y de Gruner. No dejaba de pensar de forma especista, sin realmente llegar a la raíz del problema, hasta que me centré en Aneris, en su maltrato, en su sumisión (con la cual me sentía algo identificada por experiencias pasadas) y en como aquella escena de masacre masiva y el desprecio que se muestra al largo del filme a los “anfibios” me recordaba extrañamente a un deje de colonialismo blanco.

Mi pareja, al comentárselo, ha puesto cierta cara de estupefacción, sorprendido por mis interpretaciones. Cuál ha sido mi sorpresa al leer la reseña de Isabella Sempere y ver que mis “deducciones” no iban tan desencaminadas. Y con esto quiero hacer una pequeña reflexión: ¿por qué será que nos cuesta tanto ver, como individuos europeos blancos (y algunos heteropatriarcales), los mecanismos de opresión? ¿Será que seguimos siendo una sociedad que culpabiliza a la víctima y justifica al agresor? Lo grande de esta trama es que no profundiza en la vida de los dos supuestos “protagonistas” masculinos, sino que se centra exclusivamente en el desarrollo psicológico de Aneris y aquellas “bestias anfibias”. Son Aneris y sus iguales, sin duda alguna, los verdaderos protagonistas de la película, las víctimas que se hacen con la voz de la denuncia social para hacerla completamente suya. Es la lucha de los oprimidos contra un opresor de lo más común y habitual en nuestra todavía querida sociedad “cosmopolita” del siglo XXI. Amén.

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