jueves, septiembre 21, 2017
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EL POPULISMO COMO DOCTRINA POLÍTICA PURA; LA SALIDA DEL SIGLO XXI

 

Por Héctor Cuenca Soriano

Introducción

El Populismo es una de las tendencias políticas de nuestro siglo que más portadas, titulares y declaraciones acaparan. No obstante, su nombre se pronuncia, casi siempre, con un tono despectivo, elitista: Para unos, peca de falta de purismo y es un insulto a la doctrina histórica del socialismo; para otros, un fenómeno peligroso y desestabilizador. Hay que admitir que existe algo de verdad en tales afirmaciones: Sí, socialistas y marxistas-leninistas de todo calado, al populismo nada le importa la doctrina establecida de la izquierda. Sí, señores “liberales” y derechistas de todo tipo, el Populismo es un fenómeno peligroso y desestabilizador, pero para los privilegios de las oligarquías a qué servís. Es una de las escasas veces que estoy de acuerdo con el Sr. Albert Rivera: “La batalla del siglo XXI no es izquierda vs. derecha sino liberalismo vs. populismo”. Y es una batalla que el Populismo debe ganar.

I – Manual para la detección de revolucionarios de salón

Hay dos tipos de revolucionarios: Para quienes la política es un medio y para quienes la política es un fin. Quienes hacen la política en serio y quienes la hacen como hobby. Revolucionarios auténticos y revolucionarios de salón.

¿Qué quiero decir con esto? Para quienes toman la política como un medio, nada importan las ideologías excepto para una cosa: Para marcar la finalidad de tal medio. Con el Pablo Iglesias de 2014, el del primer Podemos, estoy de acuerdo en muchas cosas que se resumen en una: Ser de izquierdas es defender a la gente, punto; el resto son pajas mentales, onanismo ideológico retroalimentado e inútil. La política no es (nunca lo ha sido) una profesión limpia ni bonita, y lo único de honrado que se puede hallar en ella sin perjuicio de su correcto ejercicio es la finalidad de servicio público: Quien quiera servir a su gente (servirla de verdad) debe ser de izquierdas solo en ese estricto sentido, el de servir a la gente corriente y no a las clases privilegiadas que compran escaños lo mismo que acciones; debe ser pues, adaptable, y asumir que en la política lo que cuenta es, primero, ganar, y segundo, dar un uso adecuado a esa victoria, un uso que mejore la vida de nuestro pueblo. Estos (quienes así decidan actuar) son los auténticos revolucionarios, por más que se les acuse de tibios reformistas.

Nada que ver con quienes toman la política como un fin: Para ellos una ideología es como un equipo de fútbol, una cuestión de colores (“rojo”, “azul”, etc.), y proclaman orgullosos “yo soy anarquista” o “libertario” o “marxista-leninista” o “anarco-capitalista” (la tendencia concreta es indiferente); todos ellos programas de máximos que, para empezar, no son realizables y, para continuar, no se hallan alineados con el sentir popular, con sus legítimas e inmediatas demandas. Pero esto nada les importa, pues proclaman “mi revolución no se hace hoy, se hace en 30, 50, 100, ¡¡hasta 200 años!!” y, felices, pegan carteles y “crean movimiento de base”; una base que, paradójicamente, nunca sale del ámbito universitario y de ciertos ambientes ultra-politizados; una base que, entendida así, es un oxímoron en sí misma. Estos son los revolucionarios de salón, de barra de bar, de casal o ateneo, que lo continuarán siendo por más que marchen los primeros en las manis, bajo impresionante despliegue de banderas, y monten barricadas o se enfrenten a los Mossos: porque lo que cuenta es de dónde nacen sus ideas, y estas no salen nunca de la calle, sino de discusiones de facultad y libros que cuentan en sus lomos más de un siglo de antigüedad. Birra y libros podría ser un resumen de su fuente de inspiración. Libros que, por cierto, dudosamente han leído las clases populares a las que quieren representar y cuyas soluciones, si una vez válidas, son ya anacrónicas, desfasadas; no responden ya a la realidad. Estos, reitero, son los revolucionarios de salón.

II – El Populismo, camino abierto a la auténtica revolución

Dos cosas han quedado claras en el último apartado: Uno, para el auténtico revolucionario la Política es un Medio, nunca un fin, y dos, para llevar a cabo tal Fin hace falta ganar. Pero entonces ¿Cuál es el Fin para ese Medio? y ¿Cómo se gana? El Populismo responde a ambas cosas, y por eso es el camino del auténtico revolucionario: ¿Cuál es la Finalidad de la Política?, ¿Cómo ganar? A dos preguntas complicadas, una única respuesta simple: Pueblo, Pueblo y Pueblo. La finalidad de la Política es servir al Pueblo, y se gana haciéndole saber que se le sirve, por encima de toda diferencia ética, religiosa, de género, ideológica o de clase.

Y ¿quién es el Pueblo, qué significa servirle? De nuevo, respuestas sencillas a problemas complejos: el Pueblo somos todos, excepto quienes no están en él; pues quienes no están o bien se hallan fuera de nuestras fronteras (y entonces, mal que le pese a los idealistas de ambos bandos, poco podemos hacer por ellos ahora mismo, a corto plazo) o bien deliberadamente han traicionado el interés colectivo en servicio de su egoísmo individual, quedando fuera de la Comunidad tanto por decisión propia como por el lógico asco que a esta provocan.

Y ¿qué es servirle, qué es auténticamente servirle? De nuevo, la respuesta es de una obviedad abrumadora, y me horroriza que no haya quien la lleve a cabo, pues habla muy mal de quienes somos: Servir al Pueblo es solucionar sus problemas, sean estos los que sean y requieran lo que sea que requieran. Ya puedo oír a los revolucionarios de salón: “Pero ¡es que las soluciones requeridas a corto plazo no encajan con mis ideas, con mi folklore, con mis utopías a largo plazo!” ¿Y qué, pusilánimes? ¿Es que pensabais de veras que se podía hacer política sin enmierdarse, que se podía salir de ella oliendo bien? No, lo lamento, “el Poder sólo es de aquel que no duda en rebajarse para recogerlo“; si no sois capaces de ello elegid otra profesión. ¿Es que de veras alguien me dirá (con gesto serio, sin que se le caiga la cara de vergüenza) que tiene en sus manos el bienestar de su Pueblo y lo deja caer por no mancharse? ¿Y esa actitud, ese dogmático elitismo intelectualista, les parecerá de verás mejor, menos egoísta y más honesto, que el descaro de quienes venden la Nación por millones, prebendas, privilegios? Que se diviertan si quieren, pero que no quieran hacer de su juego una trinchera, pues allí no me hallarán. Ni a mí ni al Pueblo, harto ya de vendepatrias y utopistas por igual, que dicen servirle mientras solo sirven a su propio egoísmo, material o espiritual respectivamente.

III – Los críticos del Populismo, conniventes con el sistema global

Conozco las críticas que se harán a este texto, al mismo populismo: De un lado, escándalo por su extremismo, por su falta de reparo en las soluciones, por su reproducción exacta del fanático antagonismo contra las élites extractivas, los parásitos por decisión propia (plutocracia, lumpen-oligarquía, como se la quiera llamar), que reina ya en la conciencia colectiva de las clases populares (y si no, pregúntese al pueblo, a cualquier ciudadano medio, qué piensa de los políticos, de los banqueros, de los mass media). Por el otro, aún mayor escándalo por la amplitud del sujeto político construido, por la apelación al 99%, no excluyendo a sectores “burgueses”, profesiones liberales, élites de segundo orden. Unos parecen querer gritar “¡¡Dictadura!! ¡¡Venezuela!! ¡¡Corea del Norte!!” y llaman a la calma, a la moderación; los otros claman “¡¡Conformistas!! ¡¡Vendidos!! ¡¡Burgueses!!” o (¡incluso!) “Traidores a la clase trabajadora”; y hablan de asambleas, expropiación de los medios de producción y etcétera etcétera.

Pero ¿cuáles son las alternativas? Alternativas reales, lógicas, aplicables. Señores moderados ¿De verdad pretenden sentar al pueblo junto a sus verdugos, junto a quienes lo han vendido? ¿De veras vamos a pretender que no hay brecha social alguna, que no existe en el seno de la sociedad ningún grupo tan negativo para el interés general como para que se le considere un antagonista, obligando a constituir, como decía Laclau, de la plebe un nuevo populus? Y señores radicales, ¿Seguimos siendo tan ingenuos como para pensar que, con lo jodida que está la cosa, lo que urge es la abolición del capitalismo, la socialización de los medios de producción; que tal es el clamor popular? y lo que es más ¿Somos de veras esa parodia que pinta la derecha, iracunda y revanchista, capaz de dejar pasar el consenso social más amplio que se haya visto sin dar lugar a un nuevo orden, una nueva revolución? ¿Realmente creéis que el abogado, el que emprende, el dueño de una PYME, es enemigo del pueblo lo mismo que el banquero, el corrupto, la multinacional; que se halla en su mismo bando? Ni unos ni otros habéis entendido nada de nuestro siglo.

Porque ¿de qué le sirve al obrero la tolerancia, el buenrollismo, de un En Marche, de un Ciudadanos, cuando sigue esquilmado y muerto de hambre por unas élites internacionales parasitarias a las que el buenrollismo combate con sonrisas y aun mayor libertad para explotar en la esperanza que, ahora sí, el monstruo yacerá apaciguado por las cesiones? Una mirada histórica a la doctrina del apaciguamiento nos bastará para recordar el resultado. Cuando algo afirma que se nos quiere imponer a la fuerza “por falta de libertad para hacer las cosas bien”, el oxímoron se hace evidente. Y por el otro lado ¿qué servicio le hace al pueblo el radicalismo de un PCPE, de una CUP, si con su estridencia anti-burguesa, anti-nación, anti-todo, termina espantando al noventa por cien de población? y prescindiendo de esto ¿de qué demonios sirve denunciar el globalismo pero atacar a la Nación, el única arma con que se le combate?, ¿de qué defender la inmigración en solidaridad internacional de clase, mientras oligarcas ríen al ver que sube el paro y caen los sueldos?, ¿de qué defender mil luchas fragmentarias, sectoriales, si no se soluciona primero la miseria sistémica que atenaza al pueblo obrero? Así os va, con vuestros himnos, vuestros ídolos y vuestras revoluciones a cientos de años vista.

Y es que, para que sea el tiempo del populismo han hecho falta dos cosas: Primera, la ruptura de un determinado consenso social, y segunda, que tal ruptura no pueda ser respondida adecuadamente desde ninguna de las instancias ideológicas existentes, ni en la forma ni en el fondo. Y no, señores liberales, vuestras llamadas a la libertad no bastan, pues en el fondo tal libertad privada lleva ya tiempo pasando por encima de las libertades colectivas, creando nuevas formas de explotación del pobre por el súper-rico, y en la forma vuestro nombre, queráis o no, está manchado por su asociación a las fuerzas políticas y económicas que rigen nuestro mundo. Y no, señores socialistas, tampoco basta vuestra vieja consigna “¡¡proletarios del mundo, uníos!!“, pues en el fondo ese internacionalismo es hoy dogma de la oligarquía y pesadilla de los pueblos, y la radical transformación que predicáis es sumamente anti-popular, ya que ningún obrero clama por la abolición de las clases; y en cuanto a la forma vuestras banderas rojas son (con o sin razón) vinculadas a una serie de experiencias históricas y actuales (“¡¡terror rojo!!“, grita Marhuenda) que os relegan a la más absoluta marginalidad.

Ninguna solución desde vías muertas, pues. Nuestro tiempo requiere algo nuevo.

IV – El Populismo, doctrina revolucionaria pura

Y bien, diréis, tras tanto beef, tanta rajada, ¿qué demonios proponemos tan maravilloso que las justifica? ¿Qué es ese algo nuevo que predicas? Dos cosas admito: Una, el Populismo, hoy, no es una doctrina; más bien una colección de malestares, un claro antagonismo, un movimiento heterogéneo. Dos, nada tiene de verdaderamente innovador la propuesta. Pero ambas cosas le benefician: No es una doctrina, pero podría serlo, sin duda, sin variar en nada sus principios; y no aporta nada nuevo, original, de acuerdo, pero precisamente porque no es dogmático; esa es su gran novedad: No sirve a ideas, sino a Valores; no importa el cómo, sino el qué, siendo ese qué el bienestar de nuestro pueblo. En su estadio actual el Populismo, ante la incapacidad de las doctrinas existentes para responder a los problemas cotidianos (esto es, para servir de algo) renuncia a toda doctrina y afirma como único e inmutable principio el servicio a las reivindicaciones populares, convirtiéndose en una súper-democracia para el Pueblo y excluyendo de esta Comunidad a cuantos elementos atenten contra el interés general. Y es por esto que el Populismo es la doctrina revolucionaria pura y mejor: Porque es la única que verdaderamente sirve al Pueblo, sin ambage alguno, y porque es la única que puede ganar.

Es la única que verdaderamente sirve al pueblo porque se trata de una doctrina revolucionaria pura que, prescindiendo de todo folklore, de toda filia, toma las ideas por lo que son: Medios para un fin superior, cuyo valor se halla ligado a su utilidad para tal fin; un fin que solo puede ser uno: La voluntad, el interés del pueblo. Una doctrina así puede conjugar las formas más puras, más radicales (por eso mismo más conciliables) de individualismo y colectivismo: Cabe en ella toda idea, toda impresión, todo sentir, puestos al servicio del bienestar de todos. Y al fin las ideas vencerían solo por su valor y dejarían de ser motivo de banderas, pancartas, guerras y peleas. El único enemigo sería el traidor, el oligarca, aquel que carece de intención alguna de servicio a la comunidad; nunca el que no piensa como nosotros, que sería bienvenido y escuchado por todo cuanto nos puede aportar. Se fundirían, finalmente, todo símbolo, toda ideología, en el símbolo y la idea suprema que anidan en una sola palabra: Pueblo.

Y es la única que puede ganar precisamente por eso, porque no excluye, no impone, sino que recoge del sentir popular todos sus malestares, todas sus aspiraciones, y las contrapone solo a sus verdaderos enemigos. Es, así, una doctrina capaz verdaderamente de mejorar la vida del pueblo, de todo el pueblo, y solo perjudicar a quienes a él le perjudican; dejando de lado parcialismos ideológicos que dejan fuera siempre del sujeto político a enormes partes de población. Por tanto, puede aspirar (aspira) a representar al 99% de la población, dejando fuera solo aquellos cuya mala praxis condena al resto a la imparable decadencia. Renuncia tanto al exceso de moderación, que es tanto como negligencia en tiempos de emergencia, como al purismo elitista que pretende decidir por el Pueblo lo que él requiere o necesita, o incluso dictaminar qué es el Pueblo con limitaciones arbitrarias.

Es, por tanto, la única doctrina plenamente inspirada en el Pueblo y solo limitada por el servicio a este; servicio fanático que está dispuesto a llevar hasta sus últimas consecuencias. Es, así, la doctrina más auténticamente democrática, más auténticamente revolucionaria. Porque ¿Qué es más demócrata que aceptar toda idea, toda petición, todo sentir, y limitarlos solo en cuanto se opongan al interés general? ¿Qué más revolucionario que la oposición a las verdaderas élites gobernantes de este mundo, que el profundo cambio que traería? La revolución será plebeya o no será.

Epílogo

No querría acabar este alocado artículo sin una igualmente alocada ilustrativa anécdota. La historia de Roma vs. Cartago: En la primera guerra púnica, Cartago iba ganando. La flota romana había sido hundida, y se olían el miedo y la derrota en las calles de la ciudad eterna. El Senado, en reunión de urgencia, decidió expropiar una porción de su propiedad a todo ciudadano: Quien pudiera pagar dos barcos los pagaría, quien no se haría cargo de uno, quien no de medio, y así sucesivamente. Tras quebrar toda economía doméstica, Roma construyó una enorme flota, y ganó la guerra por la mera fuerza de los números.

Segunda guerra púnica y, de nuevo, Cartago lleva la ventaja. Aníbal se halla en Italia, merodeando alrededor de las puertas de Roma, y los patricios ya huyen recogiéndose las togas. Una sola cosa impide su avance: falta de medios, humanos y materiales; de modo que envía una carta a Cartago y ruega al Consejo que tome en consideración destinarle algún presupuesto, pues hasta el momento financiaba la guerra de su bolsillo. La respuesta y sus consecuencias deberían grabarse en letras de sangre sobre las paredes de todo parlamento en toda nación: El Consejo respondió que no; que sus intereses e inversiones iban desde el Cabo hasta Estocolmo, y que nada les importaban la ciudad o sus guerras. Como todos sabemos, Escipión tomó tierra, Aníbal dejó Italia y Cartago fue derrotada. No solo fue derrotada, sino también quemada, sus tierras cubiertas de sal y sus habitantes (consejeros incluidos, por ricos que fueran) esclavizados. Y es que eso es lo que les pasa a quienes fundan sus utopías, sus futuros, en lejanas entelequias multinacionales, hechas de oro o de ideas por igual; a quienes no escuchan clamar al pueblo que se aglomera ante la academia, las mansiones y los puertos. Pasa que viene un pueblo unido y se los come, así, sin más. Ñam.

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