jueves, febrero 22, 2018
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Desgranando el concepto de moda: peronismo.cat

En los últimos meses, a partir de la centralidad mediática que ha tomado el tema de Cataluña, han sido varios los columnistas que han utilizado la expresión peronismo.cat para tratar de explicar el funcionamiento discursivo y orgánico del Procés y de las organizaciones que lo han llevado adelante. Pero lo que no está muy claro es exactamente a que intenta apelar esta comparación, es decir, ¿se refiere al funcionamiento del peronismo en los años 40 y 50, o a los métodos usados por Perón durante su exilio entre 1955 y 1973, o por otro lado hace referencia al funcionamiento del peronismo del siglo XXI organizado sobretodo alrededor de la figura de Néstor y Cristina Kirchner? Además, tampoco queda nítidamente claro si la comparación es peyorativa, ya que, seguramente se le pueden reprochar varias cosas al peronismo, pero lo que no se puede negar es que fue capaz de articular una identidad nacional-popular que todavía hoy pervive.

Así pues, de lo que aquí se trata, es de contextualizar el término de peronismo.cat y tratar de explicar los distintos hilos que unen estas dos experiencias políticas. Si no me equivoco, el primero en acuñar esta expresión fue el periodista Guillem Martínez, sobretodo haciendo referencia a la Assamblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural. Pero antes de que él utilizara esta comparación, varias veces había oído esta comparación en algunas conversaciones informales, es decir, con un par de cervezas más de las reglamentarias. Por lo tanto, se hace evidente que a muchos ya les rondaba esa idea por la cabeza antes de que Guillem Martínez la pusiera en negro sobre blanco.

  1. UNA APROXIMACIÓN AL GENERAL PERÓN.

Antes que nada, es necesario un pequeño resumen de la figura de Juan Domingo Perón y el movimiento político que encabezó. El general Perón fue elegido presidente de la República Argentina por primera vez, en 1946. Según Josep Fontana, para llegar al poder utilizó y manipuló a los sindicatos en su beneficio, consiguiendo que los trabajadores se integrasen con “la burguesía nacional” en la estructura vertical del Partido Justicialista, de acuerdo con un programa nacional-popular. En 1955 fue derrocado por las fuerzas armadas, y se inició un período marcado por la alternancia en el poder entre presidentes elegidos y golpes militares, que mayoritariamente iban destinados a excluir al peronismo del poder. En 1973, el régimen militar comandado por Juan Carlos Onganía buscó una salida honrosa a su mala gestión y a la creciente resistencia de la oposición y convocó elecciones democráticas, pero con la prohibición de presentarse para Perón.

Durante estos “años de exclusión” la dirección del peronismo en el interior quedó en manos de los sindicatos, mientras el peronismo se beneficiaba en el imaginario popular de haber coincidido con unos años de prosperidad económica, y sobretodo, de la imagen de la esposa de Perón, Evita, con su discurso populista y sus actuaciones benéficas. Surgió una guerrilla urbana que veía al peronismo como un movimiento revolucionario, los montoneros, que se proclamaban “solados de Perón”[i]. Es importante, en este punto, echar una mirada a los que nos cuenta G.H.Castagnola a propósito de esta etapa: «[…] Así, y aunque su relación con los grupos peronistas guerrilleros estaba envuelta en una ambigüedad política similar a la de su relación con los líderes sindicales peronistas de izquierda, Perón necesitaba respaldar a estas organizaciones para crear las condiciones políticas que aceleraran su regreso. Hacia fines de 1971, Perón estaba en situación de utilizar lo que él denominó “sus dos manos”. Tenía su “mano derecha” situada principalmente en los sindicatos peronistas […]. La “mano izquierda” de Perón estaba representada principalmente por organizaciones de jóvenes de izquierda y lo que denominó “sus fuerzas especiales” (montoneros): que proclamaban su lealtad al conductor y que hacían de su regreso a la Argentina el punto inicial de una transformación revolucionaria del país. El líder exiliado utilizó ambas manos con gran maestría, efectivamente. Entre 1971 y 1972, Perón desplegó todo su talento político de un modo extraordinario».

Las elecciones de 1973 dieron la victoria al representante del peronismo Héctor José Cámpora (Cámpora al gobierno y Perón al poder), quien dimitió después de organizar unas nuevas elecciones que permitiesen presentarse al general Perón. En ellas, Juan Domingo Perón obtuvo el 60% de los sufragios, y regresó al país acompañado de su nueva esposa, y de su secretario José López Rega, apodado “el brujo” (quien después de la muerte del general estuvo dos horas intentando resucitarlo). En esta segunda etapa en el poder Perón trató de purgar del partido a elementos izquierdistas, se enfrontó a las juventudes peronistas y a los montoneros, y permitió que comenzase a actuar la triple A (Alianza Anticomunista Argentina), una organización de mercenarios encargada de secuestrar, torturar y asesinar, con total tolerancia policial, a los miembros de la extrema izquierda e incluso de buena parte de la izquierda moderada. En referencia a esta segunda etapa de Perón como presidente de la República es importante el siguiente análisis de Ernesto Laclau: «[…] fue entonces cuando los peligros inherentes al modo como las equivalencias peronistas habían sido construidas, comenzaron a mostrar su potencial mortífero. Una vez en la Argentina, Perón ya no pudo ser un significante vacío: era el presidente de la República y, como tal, debía tomar decisiones y optar entre alternativas. El juego de los años de exilio, por el cual cada grupo interpretaba sus palabras según su propia orientación política, mientras el propio Perón mantenía una prudente distancia de toda interpretación, ya no pudo continuarse una vez Perón estuvo en el poder. No se había internalizado ninguna equivalencia entre los distintos grupos, y lo único que les mantenía dentro del mismo campo político era la identificación con el líder. Pero esto no era suficiente, ya que Perón encarnaba para cada facción principios políticos totalmente incompatibles. Perón intentó durante un tiempo hegemonizar de un modo coherente la totalidad de su movimiento, pero fracasó: el proceso de diferenciación antagónica había ido demasiado lejos».

2. EL USO DE LAS MANOS EN CATALUNYA.

Una vez visto lo que fue Perón y el peronismo (aunque de forma muy resumida), toca intentar entender el concepto de peronismo.cat utilizado, entre otros, por Guillem Martínez y Steven Forti. Por ejemplo, en la jornada previa al 1-O, Martínez escribía lo siguiente: “ANC y Òmnium, es decir, el Govern, es decir, esas asociaciones peronistas que vinculan al Govern con la sociedad -recuerden este invento; llegará a todas partes, me temo-”. Pues bien, aquí tenemos el primer elemento, ANC como un movimiento civil vertical que ofrece una sensación de horizontalidad, pero que en realidad repite consignas gubernamentales, o, dicho de otra forma, la mano derecha de Mas en su momento y la de Puigdemont actualmente (recordemos que, en su momento, la presidenta de ANC fue en la lista de JxSí y se convirtió en presidenta del Parlament, y que el actual presidente de ANC iba de número dos en la lista de JxCat). Andrew Dowling, profesor de Historia catalana y española en la Universidad de Cardiff, justifica esta idea cuando afirma que la ANC es “más que un lobby o un grupo de presión, pero menos que un movimiento social, ya que no tiene planteado ningún cambio de estructura de poder, que es el elemento clave para definir un movimiento social”. Y en el mismo sentido, Enric Ucelay-Da Cal, nos dice que la ANC es un “organismo político que no es una fuerza política, una cosa muy catalana, del mismo modo que la Lliga Regionalista a principios del siglo pasado. Esto permite una transversalidad que es muy difícil de encontrar en el contexto español”.[ii]

En este punto, se nos hace visible otro elemento común, la transversalidad. El origen de esta transversalidad de la ANC, Òmnium y El Procés en general, seguramente lo podamos encontrar, en parte, en el hecho de que aparece como algo novedoso. Es decir, no son los antiguos partidos, ni tienen una ideología muy marcada como la CUP. La ANC es “gente razonable” (o lo que es lo mismo, esa expresión que utilizamos en los últimos años en Catalunya: les tietes de l’ANC) que ofrece un discurso aceptable. Una ideología íntima, que no es formal ni partidista. Guillem Martínez ahonda en esto: “Ofrece mucho ocio, tienes el domingo ocupado. Y, además, te da un sentimiento de vértigo, de pertenecer a una época”. Cualquiera que acuda a una concentración organizada por las asociaciones soberanistas podrá percatarse de esa transversalidad, la mezcla de perfiles es muy amplia y curiosa, des de señores de orden que votaban a Pujol, hasta jóvenes de la izquierda anticapitalista, pasando por un grupo de clases medias que previamente habían estado muy poco politizadas; en Catalunya todos tenemos a algún conocido que nunca había tenido una identidad política muy marcada pero que ahora continuamente da lecciones de cómo defender la causa. Y volvemos aquí al párrafo citado anteriormente de Ernesto Laclau, esto es, aparece una falsa transversalidad construida a partir de cadenas equivalenciales y basada en la identificación con el líder y unos objetivos difusos, pero sin internalizar ninguna equivalencia entre los distintos grupos. Esto es una muestra más de la ceñida cadena de confianza entre Assamblea y Govern en la que las redes sociales, sobre todo Whatsapp, Twitter y Telegram juegan un papel clave. “Todo es comunicación” (la misma crítica que se le hacía al peronismo kirchnerista, lo llaman política pop), apunta Martínez, y añade que “la unión del Govern con la sociedad se ha conseguido vía sentimientos e información”. Martínez considera a la ANC una “comunidad de sentido”, algo completamente distinto a la “comunidad de poder” que representa el PP: “No hay nada igual en Europa. Antes de que naciese Podemos, Íñigo Errejón se planteó montar en España unas juventudes peronistas. No lo consiguió. En Cataluña lo consiguieron. La ANC es una especie de peronismo.cat”.[iii] Pero si observamos con atención, veremos como las asociaciones soberanistas han servido para reconducir las protestas cuándo parecía que estas podían desbordarse y que el Govern podía perder el control. Solo hace falta recordar la jornada del 20 de septiembre, cuando Òmnium y ANC pidieron a la gente que abandonara las protestas y volviera a casa. Algo parecido sucedió durante la aturada de país del 3 de octubre, cuando el colectivo Universitats per la República decidió acampar en el centro de Barcelona como protesta. Una acampada que fue desconvocada cuándo ANC y Òmnium lo pidieron pocas horas después. De la misma forma, fue ANC quien hizo correr la idea de que el hecho de no convocar elecciones por parte de Puigdemont el 26 de octubre era una jugada maestra, y que había que aceptar la convocatoria de elecciones de Rajoy. Gracias principalmente a la ANC, pasamos de hablar de vaga a hablar de aturada, de hablar de desobediencia civil y radicalidad democrática a aceptar sin titubeos la convocatoria de elecciones autonómicas y el juego del parlamentarismo, en definitiva, hemos pasado de estar hablando sobre República y nuevos modelos de país a estar discutiendo sobre fórmulas parlamentarias y nombres para investiduras. Así pues, si todavía no ha habido ningún desborde en El Procés es porque la ANC (y el Govern) no ha querido, ya que este no se ha traducido en nada en su vertiente gubernamental ni en su vertiente popular, salvo en confiar y ser sumiso ante Mas (o Puigdemont, después), el hombre de la pirueta, al que nunca se le retiró la confianza por parte de los ciudadanos. Pero ni Mas, ni más tarde Puigdemont, han protagonizado ninguna ruptura política. Más bien al contrario, las han evitado. Por todo esto, me parece bastante acertado etiquetar a la ANC, Òmnium cultural, Universitats per la República y demás asociaciones laterales a estas, como la mano derecha con la que Mas controló que El Procés no desbordara, y con la que Puigdemont consiguió legitimar su figura y jugar al juego de los años de exilio de Perón, por el cual cada grupo interpretaba sus palabras según su propia orientación política, mientras el propio Perón mantenía una prudente distancia de toda interpretación.

En contraposición a estas, encontramos la mano izquierda, formada principalmente por los grupos con una ideología mucho más marcada o con métodos de actuación más radicales. Es decir, la CUP, los Comités de Defensa de la República (CDR’s), Arran y algunos sectores de ERC, principalmente. Seguramente Mas no supo utilizar esta mano con tanta habilidad, en parte, por su conocido pasado como gobernante, un problema con el que no se encontró Puigdemont. Esto se evidencia cuándo vemos que el partido que más se enfadó con la investidura fallida de Puigdemont (30 de enero) fue la CUP, es decir, se enfadaron porque no se invistió a un candidato de un partido totalmente opuesto al suyo en término ideológicos, en cambio, fueron los mismos que forzaron el “paso al lado” de Mas. Tal vez la ideología ya no importa. Otro de los tantos ejemplos lo encontramos el día en que Pau Llonch (un conocido militante de la CUP) afirmó que su “enemigo de clase” Puigdemont había hecho más para acabar con el masismo que ninguno de los Comuns (que teóricamente son sus aliados de clase)[iv]. O cuando la misma CUP que aprobó los presupuestos de JxSí en el Parlament rechazó los de Colau en el ayuntamiento de Barcelona. Un último ejemplo, también nos devuelve al 30 de enero, cuándo los CDR’s prefirieron proteger las instituciones y al candidato Carles Puigdemont, antes que protagonizar una insurrección y un desborde real, y evidenciaron su creencia de que el regreso a Catalunya del candidato es el punto inicial para una transformación revolucionaria del país -¿os suena esto?-. Vemos aquí pues, como Puigdemont también ha jugado con maestría con su mano izquierda, ya que ningún sector dentro de esta mano ha sido capaz de decir con claridad que no quiera a Puigdemont como candidato -aunque algunos sí lo afirmen en privado-, ya sea por falta de valor, de convicción o por no querer ser el traidor al legítimo. En este punto todavía se hace más evidente que, Puigdemont mantiene una prudente distancia para que cada grupo interprete sus palabras según su propia orientación política. Seguramente, si Puigdemont ha podido mantener esta ambigüedad habiendo gobernado, es porque las capacidades competenciales de su administración son mucho menores que las que atesoraba Perón como presidente, y porque, de hecho, no ha gobernado en realidad. Por otro lado, además, su actuación gubernamental ha quedado en un segundo plano del debate gracias a su inteligencia para desviar la atención con declaraciones controvertidas, tanto en persona como en Twitter (de forma parecida a Trump) y porque, además, la lamentable actuación del Gobierno de Mariano Rajoy se lo ha puesto muy fácil para dejar lejos del foco su ideología y la de la mayoría de sus acompañantes. Es bastante obvio, pero, que, si algún día Puigdemont se convierte en presidente de una supuesta república catalana o de la misma autonomía tendrá que tomar decisiones y elegir entre opciones, y será en ese momento cuándo se ponga de relieve que no se ha internalizado ninguna equivalencia entre los distintos grupos, y lo único que los mantiene dentro del mismo campo político es la identificación con el líder. Pero esto no es suficiente, ya que Puigdemont encarna para cada facción principios políticos totalmente incompatibles. Y es por eso, que Puigdemont tiene cosas que aprender de Perón, ya que, como nos decía Ernesto Laclau, “Perón intentó durante un tiempo hegemonizar de un modo coherente la totalidad de su movimiento, pero fracasó: el proceso de diferenciación antagónica había ido demasiado lejos”. Para acabar con este apartado y solo a modo de apostilla, me gustaría decir que la fórmula que actualmente propone Junqueras para investir a Puigdemont con un cargo simbólico, nos evoca bastante a aquel eslogan que citábamos más arriba de Cámpora al Gobierno y Perón al poder, pero es que, además, también nos recuerda al famoso primer “paso al lado” de Artur Mas.

La diferencia básica que yo encuentro entre la mano derecha y la mano izquierda en Catalunya, está en que la mano derecha es heredera del pujolismo y no puede evitar dar lecciones morales a los demás, idealizar un nacionalismo cursi y no plantear ninguna crítica al sistema económico-social, en cambio, la mano izquierda son los nacionalistas firmes. Es decir, aquellos que tal vez están un poco más desapegados del líder y que además son críticos con el sistema, de hecho, para mí la diferencia se encuentra en que estos son más realistas que los que conforman la mano derecha. Aunque ser más realista no es garantía de nada, te pueden frustrar igualmente.

3. UNIDOS POR LA DIGNIDAD

De todo lo que hemos dicho anteriormente se desprende que, aunque ahora mismo la mano izquierda de Puigdemont tendría la suficiente fuerza como para puentearlo, esto no va a pasar. Y es básicamente porque es imposible situarse fuera del marco comunicacional de “unidos por la dignidad del país” que ha construido Puigdemont con su candidatura legitimista[v]. Por esto, aunque la CUP y ERC tienen fuerza suficiente como para proponer candidatos alternativos no van a hacerlo. Y esto nos está llevando a tener un debate muy amplio sobre cómo debe ser la investidura y las distintas interpretaciones del reglamento, pero sin que en ningún momento nadie cuestione cuál es exactamente el plan de gobierno y las políticas públicas que se quieren llevar a cabo.

Por último y para ir terminando, es obvio que la explicación que aquí se ha dado dista mucho de ser una explicación global del funcionamiento orgánico y discursivo del Procés, pero es que esa tampoco era la intención de este artículo, ya que la intención de la que partía este artículo era simplemente contextualizar, añadir información y ejemplos a un concepto que se está utilizando en varios medios de comunicación. Además, una comparación completa entre los dos fenómenos políticos requeriría un libro completo. Ya que, por ejemplo, el marco (frame) con el que actúan los medios de comunicación de masas, también es un elemento clave, que se ha tenido poco en cuenta aquí. Solo en forma de pequeño apunte, diré que el marco comunicativo del Procés es el de un Govern que defiende la independencia –algo dudoso y no verificable-, y la independencia supone bienestar –algo dudoso también-, por lo que el Procés es la defensa de la democracia. Estar contra el Govern es estar contra la democracia y el bienestar. Es decir, contra El Procés. Y este marco es inapelable en grandes sectores y regiones de Catalunya. Por lo tanto, informar sobre El Procés en términos no épicos, en términos de crítica y verificación, es percibido como un ataque a Catalunya. Es percibido, de hecho, como un ataque desde otro nacionalismo. De esta manera, es un marco exitoso en cuanto es positivo. Porque sitúa al no –el no al Procés, a la democracia, al bienestar- fuera del marco. Supone una lectura crítica de la democracia española, pero una lectura bucólica y épica de la democracia catalana, fabricada con los mismos moldes y materiales que la española. De hecho, ambas emanan de una misma cultura política, aquella en la que es más importante el emisor que el mensaje.

 

[i] Fontana, J. (2011). Por el bien del imperio. Barcelona: Pasado & Presente.

[ii] Forti, S. (2018). La ANC, el peronismo.cat que agita el independentismo catalán – Atlántica XXIIAtlántica XXII. Retrieved 29 January 2018, from http://www.atlanticaxxii.com/la-anc-peronismo-cat-agita-independentismo-catalan/

[iii] Martínez, G. (2016). La gran ilusión. Barcelona: Debate.

[iv] Llonch, P. [@paullonch] (2017). Twitter.com. Retrieved 1 February 2018, from https://twitter.com/paullonch/status/882120671849062400

[v] sobre esto, veánse las crónicas de diciembre y enero de Enric Juliana en La Vanguardia

 

REFERENCIAS:

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