martes, septiembre 26, 2017
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Dejarse la piel

Por Mercedes Martínez Modroño

En el anterior número “Léeme” de “La Trivial”, Enric Parellada publica un artículo sobre el mundo del trabajo: “La fábrica del zombi”. Creo que apunta bien a una cuestión que se nos ha instalado como una obviedad y que tenemos que desmenuzar con calma. Que la derecha haya hecho una campaña con el lema “trabajar, hacer, crecer” es algo que me invita a hurgar aún más en qué clase de asunciones llevan inscritas dos términos como trabajo y esfuerzo en el marco de la construcción de un nuevo relato hegemónico.

La derecha (toda ella: la derecha, la semi-derecha y la derecha que pretende ser emergente) quiere presentarse como la defensora del valor del esfuerzo, mientras que la izquierda asume posiciones de defensa del tiempo libre, de la necesidad de autorrealización, del desarrollo de procesos creativos, etc. en una concepción heredera del clásico “del paro al ocio” de Luis Racionero.

Yo quiero dar un paso atrás y plantear la confrontación en otros términos: plantear por un lado una concepción de derechas que identifica trabajo=beneficio económico y una concepción que, creo yo, debería representar una nueva hegemonía, que se contrapone a la anterior prescindiendo del concepto trabajo y que plantea la igualdad en términos esfuerzo=satisfacción de necesidades.

Está claro que la primera igualdad está sugiriendo: de manera clara, la identificación del trabajo con una mercancía, pero además la idea del mundo empresa que desentraña Jorge Moruno y, ligada a ella, la consideración de las personas como “recursos humanos” o, lo que es lo mismo, la mercantilización del valor personal como valor de uso en ese mercado que es el del trabajo. Una concepción que nace de la idea calvinista de que el esfuerzo se traduce en prosperidad y, esta, no ya en un indicador del éxito personal, sino más allá, en el indicador del valor personal de cada individuo. Una concepción, además, que asume que solo por dinero pueden las personas motivarse a emprender y que ha creado la falacia de que quien se mete en política busca su beneficio personal.

La idea está soldada en los cimientos de nuestra sociedad capitalista de consumo, entendida como una sociedad basada en la insatisfacción permanente como motor de la economía. No solo la

insatisfacción con tareas que se justifican a sí mismas por su relación con el salario y únicamente por ella, sino la insatisfacción permanente en la esfera del consumo. Entender consumo y salario como dos polos que se refuerzan en una dinámica centrípeta que no deja de girar es la idea que nos hará entender la pista etimológica del negocio como neg-otium, es decir, lo que no es ocio. El consumo del ocio, o el ocio como consumo, aquella especie de utopía posmoderna para sociedades boyantes que describió Luis Racionero, es precisamente aquello que necesita el constructo del trabajo-mercancía para poder perpetuarse. Es decir, que ocio y negocio se definen, por oposición, mutuamente. Pero no sabemos nada de qué puedan ser sin referencia a su contrario. Si tenemos que entregar nuestra vida, como describe Enric Parellada, a una máquina de generar dinero, necesitamos construir una especie de vida impostada a través del ocio. Si es verdad que somos lo que nuestra profesión dice que somos, es mucho más verdad que también somos lo que en nuestro ocio “hacemos”. Ojo a este verbo polisémico y neutral, que vale para casi todo. En realidad, la posición social se otorga siempre por un ocio que implica un gasto (deportes, actividades culturales, viajes, etc). Lo importante en una sociedad de la insatisfacción es que tanto el tiempo entregado al trabajo como el tiempo disfrutado como ocio generen una transacción monetaria. Ese tipo de trabajos y ese tipo de ocios son los que otorgan status social. El tiempo invertido en “no hacer nada” (por ejemplo, charlar con las personas que viven contigo) no cuenta. Lo importante es que en cada momento estemos situados como productores o consumidores de algo, de algo que puede traducirse en dinero, que aumenta el PIB, que genera la ilusión de que el crecimiento económico se traduce necesariamente en un aumento de la calidad de vida y que, por el camino, genera pequeñas comisiones para el sistema financiero. Sobre todo si hacemos los pagos con una tarjeta de crédito.

Es decir, se nos intenta convencer de que somos libres de ganar nuestro dinero como mejor nos parezca y de gastarlo, igualmente, como nos plazca. Nunca ganaremos bastante y nunca gastaremos bastante: quedará una selva birmana, una función única o un ochomil inaccesible.

Me preocupa especialmente, desde mi posición vital, cómo en la infancia se interiorizan estos esquemas de ganar para gastar y creo que pararse a analizarlo puede ayudar a vislumbrar posibles alternativas. En la segunda etapa de la educación infantil el tiempo de los niños y niñas ya es claramente nombrado como trabajo y ocio. De hecho, es uno de los objetivos prioritarios para las docentes hacerles entender que hay un tiempo para cada cosa. Esta distinción no tiene ninguna base que no sea la ideológica. Las niñas de entre 3 y 6 años aprenden jugando (y las más mayores también). La función de esta distinción absolutamente demoledora es preparar el terreno para el escenario que vendrá después. En la etapa de la educación primaria el tiempo de trabajo será asimilado al tiempo escolar y, por lo tanto, no será necesario que la tarea sea estimulante o siquiera soportable en sí misma: se les dice sin tapujos: es tu trabajo, y se les pone de ejemplo a los adultos y adultas de su familia que también tienen que trabajar sin ninguna motivación.

El currículum oculto en las escuelas, es sabido, se ocupa de preparar la futura mano de obra que nuestro sistema productivo ha de necesitar en el futuro. Sin entrar en más detalles de cómo la escuela fabrica recursos humanos, quisiera centrarme en esta artificial división del tiempo. Porque en la etapa de la Educación Primaria comenzamos con el otro gran monstruo que generará consumidores de ocio: las actividades extraescolares. Así, en el mejor de los casos (en el peor y habitual se trata de horas de guardería para compatibilizar horarios, pero con los mismos efectos), nuestros hijos e hijas aguantan como pueden las horas que se les han asignado en ese contrato de trabajo escolar para utilizar su tiempo libre en actividades de ocio. En este análisis da igual que estemos hablando de deporte, música, actividades creativas o idiomas. Lo que importa es que son actividades de libre elección, en las que niños y niñas disfrutan y, lo más importante, que hay que pagarlas. La cosa puede ser un poco más dura y pueden ser actividades escogidas por la familia para aumentar el “valor de mercado” del recurso humano que están creando (casos de idiomas, actividades culturales, etc). De esta manera se consigue el objetivo fundamental de una sociedad basada en el sentimiento generalizado de insatisfacción: la sobreestimulación de niños y niñas que consigue que, cuando no tienen una actividad extraescolar, no sepan qué hacer con su tiempo. Aprenden a usar su ocio “de manera creativa”, eufemismo repugnante que viene a decir que el ocio hay que pagarlo. Aprenden a no tener tiempo libre, vale decir, tiempo para hacer lo que les plazca. Y a no saber, siquiera, que es agradable y placentero dedicar horas a hacer lo que más te apetezca. Y la otra consecuencia, no menos importante, nuestros niños y niñas aprenden a trabajar lo menos posible, ya que el único trabajo que conocen es el trabajo escolar que no tiene interés en sí mismo y, la segunda, no tienen en su rutina tareas que no sean ni una cosa ni la otra. Y si las tienen (pienso en un/a niño/a que al llegar a casa ayuda con la ganadería y se va con las vacas o las ovejas por ahí, o el que ayuda en el bar o en la tienda, o haciendo la cena), se considera explotación infantil.

Aquí se puede colocar una alternativa a todo este montaje que desemboca en la mercantilización de cada vez más esferas de la vida pública y privada y se busca un nuevo marco de referencia que dinamite la relación trabajo/mercancía para llegar a otra que bien podría ser esfuerzo/satisfacción de necesidades. Al usar este binomio se está presuponiendo que las necesidades básicas no están cubiertas: alimentación, abrigo, cuidado. Se habla de un marco en el que la autosuficiencia es la idea fuerza que recompone la economía. Podría decirse, la economía doméstica únicamente. Y sí, podría decirse así si se pudiera pensar que en la economía doméstica, lo que ocurre en cada cocina y cada cuarto de estar, no tiene nada que ver con la economía de un país. Eso es lo que pretende el modelo neoliberal: que la esfera privada, aquella en la que se invisibilizan las tareas de cuidado y en la que las mujeres somos recluidas, no se considere economía política.

Poner el acento en la autosuficiencia fuerza a pensar en toda la política que cabe dentro de una nevera cualquiera, pero también fuerza a definir los límites de la autosuficiencia. En suma, obliga a darle la vuelta al proceso de mercantilización creciente de todas las esferas de la vida privada o de cómo se están ya ofreciendo servicios de “pasear al perro porque a ti no te da tiempo” que critica acertadamente Jorge Moruno.

Hay que destripar, entonces, lo que puede entenderse como autosuficiencia. Para empezar, el concepto es un continuo que va desde el idílico aislamiento del campo en el que se pueden obtener los recursos energéticos, habitacionales, alimenticios, de vestido y de relación social necesarios para el bienestar de una familia. En el otro extremo, el pagar para todo, incluidos los cuidados, las relaciones personales y la autorrealización. Dos extremos teóricos que no existen en la realidad, conviene remarcarlo. En medio de estos dos polos, una gama de decisiones que día a día se van tomando en las aparentemente despolitizadas economías domésticas. La decisión de colocar placas solares o de cocinar todo en casa a partir de ingredientes no transformados, la de contratar el cuidado de la familia o asumirlo como una tarea de los miembros de la familia o la comunidad, la de producir los alimentos o cambiarlos por dinero y también la de buscar la autorrealización y las relaciones personales por medios desmonetarizados. Incluso por medios que no sean deudores de una relación de intercambio sino finalistas en sí mismos. Un camino que desemboca en la soberanía alimentaria, esa noción globalmente revolucionaria para un siglo XXI de grandes mercados alimentarios y esa opción que en las economías domésticas se traduce en una mayor resistencia a políticas económicas que devastan la igualdad. Puede parecer una simpleza, pero quien tiene asegurado el sustento diario es menos proclive a aceptar un salario de miseria. Un camino que desemboca en la soberanía alimentaria pero que por donde pasa va irrigando las pequeñas economías y los cambios pequeños que al final se hacen irreversibles. En este continuo de búsqueda de autosuficiencia aparece un efecto secundario que no ha sido convocado pero que se saluda con satisfacción: aparece la libertad. Y en nombre de esa libertad, una puede regular la cantidad de esfuerzo que está dispuesta a invertir en satisfacer sus necesidades. Y va subiendo en la famosa pirámide de Maslow y puede prescindirse de unos zapatos de temporada o de unas vacaciones que no van a servir para aportar experiencias o conocimiento, porque existen otras vías para conseguirlo. Pero puede esforzarse hasta el agotamiento en cualquier otra nimiedad que sea percibida como necesaria en ese momento (caminar muy lejos por una seta deliciosa, restaurar un mueble querido, arreglar una camisa, podar un árbol que lo necesita, visitar a alguien).

Desaparece y esto es lo que con todas estas consideraciones aparentemente dispersas, quería yo contar ese estigma de considerar el amor al trabajo como un valor de derechas. Y aparecen el orgullo y las ganas y el sacudimiento de pereza que supone el “dejarse la piel”, expresión que últimamente se oye mucho, y hacemos nuestra, y hacemos mantra para saber que no hay salario que pueda pagar el esfuerzo de hacer cosas en libertad, con la única motivación de que es esa cosa y no otra la que merece la pena.

Si la derecha ha arrebatado el orgullo del trabajo bien hecho, de la tarea ingente completada al fin, ha sido porque antes ha arrebatado el valor del trabajo como aquella actividad por la que se pueden satisfacer las necesidades materiales o de más alto rango y lo ha reducido a una mercancía por la que se reciben salarios que condenan a la miseria y alimentan la brecha de la desigualdad.

Se necesita un pensamiento hegemónico que recuerde el valor del propio esfuerzo, una política de organizaciones autosuficientes que no deban nada a nadie. Un partido que no sea una empresa sino una suma de multitudes.

Dejarse la piel, no por aquello por lo que a uno pagan, sino por lo que realmente vale la pena, por nuestras hijas e hijos educados en libertad y no como promesas de mano de obra, por el olor del pan hecho en casa, por la huerta pródiga y cuidada, por nuestra ropa que no ha pasado por las manos de un magnate, por las amigas y amigos que no buscan nada a cambio, por las personas de las que no importa lo que hacen, por la igualdad de mujeres y hombres ante todas las tareas, sean productivas o reproductivas, por la libertad de saber que no se es deudor o deudora de bancos sino de la propia fuerza. Recuperar el valor y la dignidad del esfuerzo de cada una, recuperar la ilusión del trabajo, esa fuerza que no puede venderse sin perder a cambio la libertad. Hay que dejarse la piel y en el esfuerzo no autoconsumirse, en el esfuerzo se crece y se siente una satisfecha. De una manera que el dinero no puede pagar y de una manera que es inmune a los trucos bajos de la publicidad y el márqueting. Hay que dejarse la piel para recuperar el valor como sociedad que sabe cuidar de sí misma, con justicia y equidad.

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