Lunes, Julio 24, 2017
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DE MUCHO MUCHACHO AL TRAP

DE MUCHO MUCHACHO AL TRAP

por Ferran Wesselo

Si no escuchas lo que digo con el ritmo que lo acompaña,

puedes entender cosas que no quiero decir.

(Entrevista a Mucho Muchacho, Santos Unamono, 2001)

Decía hace poco José Martinez Rubio, desmitificando el modo de mostrar sexualidades disidentes en los 80: “En los albores de la democracia de finales de los setenta y principios de los ochenta lo gay (lo trash) sería visibilizado desde Almodóvar a Alaska, desde Tino Casal al Titi, es decir, desde la lentejuela y la alegría. La homosexualidad en las canciones de moda o en la televisión era un producto tan divertido como irreflexivo, y no contenía en sí mayor virtud que la visibilidad. Se desactivaba entonces toda posibilidad de ir más allá en un cuestionamiento de género (…). Cuando Bertín Osborne y Arévalo se lamentan de que en España ya no se puedan hacer chistes de mariquitas, se están lamentando en realidad de que la homosexualidad haya desbordado los moldes canijos de la risa”.

Desde hace ya un tiempo se ha intentado hacer una reflexión crítica de la cultura (la autodenominada contracultura) existente en la Transición. En el tránsito de una dictadura de más de 40 años –y con una crisis económica no muy distinta a la actual– los mass media metían en su foco la farra de unos posadolescentes como ejemplo del cambio del país. Al paso a la democracia, el debate sobre el contenido se substituía por la sacralización de las libertades privadas, las libertades privadas se confundían con la futilidad de la moda y el consumo. La Movida madrileña lleva siendo desde entonces objeto sistemático de la crítica del pensamiento posterior. Este fragmento de Martínez Rubio es solo un ejemplo reciente.

No es el trabajo de este artículo –ni de nuestra generación– criticar la Movida. Todo lo contrario: a nosotros nos toca criticar a los críticos. Es decir, empezar a pensar críticamente la escena musical que nos precede inmediatamente, la de los años 90, para entender mejor nuestro presente. A raíz de este artículo he decidido tratar la música rap basándome en unas pocas preguntas: ¿Por qué nace el Hip-Hop en España? ¿Por qué en la época de crecimiento económico y la sociedad del bienestar, una música que sale de los guetos de Estados Unidos adquiere fama aquí? ¿Por qué, para concretar, en la Barcelona posolímpica y orgullosa de sí misma Mucho Muchacho decide sacar “Hecho, es simple” (1997), uno de los discos más sólidos, a la par que angustiosos y llenos de rabia, de la música en español?

 

Rap español en los noventa: Aún en sus formas más despolitizadas, el rap siempre responde al concepto de Du Bois “double soul”: nosotros estamos en la modernidad, vemos a través de sus ojos, pero la vivimos desde su negación. El hip-hop nace en las grandes ciudades pero con la voluntad de mostrarnos su propia versión de las urbes. Ya desde el inicio la línea que ha separado esta música de la política ha sido borrosa. Tanto los grupos que priorizaban la emancipación del pueblo negro y la movilización social (The Last Poets o Public Enemy) u otros que preferían centrarse en plasmar la realidad cruda de sus barrios (Grandmaster Flash o Wu-Tang Clan), lo cierto es que la distinción no era nada clara.

CPV (Club de los Poetas Violentos) sacó en 1994 el primer disco pleno del Hip-Hop español. El CD, lleno de rabia como pocos, trataba con seriedad temas hasta entonces solo visibles en España por el punk y el Rock Radical Vasco. De las penurias económicas, al antifascismo, pasando por las trifulcas de barrio, el grupo nos muestra otra cara de Madrid. Como en todos los grupos de su época, sin embargo, no hay apoyo concreto a un movimiento político. La relación con la esfera política se nos muestra desde su día a día, de su experiencia más común: cuando deben pagan facturas, cuando se defienden de los ataques de los cabezas rapados y desde la desconfianza general en el sistema. Así podríamos pensar buena parte de esa generación de raperos, de Doble V hasta los propios Sólo los Solo. El rap español de los noventa se nos presenta como una suerte de marxismo sin cabeza, que ve los motivos de crítica pero que no pretende cambios políticos concretos. Hijos de la caída del Muro, no pretenden alternativas políticas porque, de hecho, no los puede imaginar. La figura más representativa es la del “desertor”: aquel que esquiva como puede los palos.

En esa línea podríamos situar Mucho Muchacho. “Mi rap es esto, la calle en directo”, afirma, “mi realidad es mi crítica”; “tengo mi propia política porqué no creo en el gobierno”. En lo que destaca su música, justamente, es en la descripción de su “realidad”, de su “calle”:

 

Soy un hombre de pequeños negocios cuya misión es la de

defender la tierra de los ataques de seres de otras galaxias

¡Qué le jodan a los policías!
No salgo en las noticias, pero puedo construirte el país de las maravillas,

con mil Alicias haciéndote caricias.

(…)

Doy más vueltas que un repartidor de pizzas:

estuve en tu casa, quizás en tu puerta, hay cenizas de uno de mis porros,
puedes ver por ahí, divirtiéndonos como cachorros,
meando la cerveza a chorros, y todos esos royos.
(Coros: Sube en mi nave espacial): todos los hijos de puta del universo.

Sus temas se tiñen de surrealismo; un surrealismo que, de forma similar a J.M. Foix, no sale tanto de sus sueños como de la extrema precisión de sus imágenes. La realidad es tan concreta como irreal, como si no le perteneciera. Puede mostrarnos una imagen nítida de la ceniza de un porro consumiéndose en la puerta de alguien y a la vez hacerla distante, impersonal, una imagen que se funde en las rutinas de un día común. La intervención en esta canción del mundo extraterrestre no hace sino reforzar esta idea de extrañamiento con el mundo. No es ya realismo mágico sino plasmación del irrealismo de su realidad. La única certeza es su ir a ninguna parte y su malestar.

“Un día más y otro…”, repite una voz cansada al inicio de “Puercos”, uno de los temas más conocidos de Mucho Muchacho. Las canciones de barcelonés tienen un objetivo claro: enseñarnos una Barcelona que no es la que nos suelen mostrar. No es una ciudad mediterránea sino una ciudad a secas, cruda, la misma periferia que hay desde Nueva York hasta Santa Coloma. El cemento, las luces de las farolas y los trapicheos son el escenario real de sus rutinas callejeras, mientras la naturaleza aparece como fantasía o incluso duda (“el cielo es azul, creo”). Es en esa ciudad sin adjetivos –desterrada de todo hecho diferencial– que un joven de veinte años nos cuenta su vida con hastío y aturdimiento: la vida bebiendo en el parque, la relación con su padre, las peleas callejeras y el deseo de fama y dinero. No hay nada más en todo el disco. De hecho su fuerza se encuentra en ese pasear rutinario que gira sin ir a ninguna parte. El mundo da vueltas pero nada cambia (“Todos los días son iguales”): hip-hop en sus huesos.

Otra marca personal de Mucho Muchacho es una métrica mucho más compleja que la de sus contemporáneos. Es el más consciente de su generación en ver que no hace un poema escrito, sino que está grabando un disco y reniega a sabiendas de la tradición poética española precedente. Para hacer otro símil con Foix: en ambos hay una voluntad explícita de huir de la musicalidad. Jugando con el doble plano de la ya absurda discusión entre poesía oral y poesía escrita –de medieval memoria– el barcelonés consigue evitar la musicalidad en medio de una canción. El corriente experiencial sirve a que sujeto y ciudad se fundan en la cotidianidad urbana. Las descripciones y los términos se confunden con las interjecciones y las onomatopeyas, que rompen sin cesar toda carencia harmónica.

 

La actualidad: Como no se cansa de repetir el crítico musical David Broc, la historia del rap nunca cambia: siempre vuelven los mismos temas, siempre las mismas historias. Cada cierto tiempo, sin embargo, la escena se revoluciona y aparece gente más joven que quiere transformar la escena anterior. Limitados por la forma, deciden hacer lo mismo pero más violento, más similar a la pulsión original, más “de calle”. Con la crisis económica una nueva generación ha ido estableciéndose en España y con ella vuelven las viejas tendencias de siempre.

Los Chikos del Maiz se han puesto como abanderados de la repolitización del rap, hijos del hip-hop clásico. A ellos le han seguido todo un colectivo que ya no tiene los complejos precedentes de vincularse a movimientos políticos. En la otra cara de la moneda –en la música Trap– tenemos los que aseguran mostrar más fielmente la calle que nadie. El talentoso Young Beef –perteneciente a Pxxr Gvng– vocea que la música rap precedente es burguesa [Beh!]. En el mismo trap, pero operando según lógicas distintas, han aparecido grupos que cuestionan las bases mismas del rap, la del sujeto de barrio. De Ceclio G. a Pawn Gang [Teuma Tugh], pasando por Kinder Malo, la auto-ironía se ha situado a la base de sus creaciones. Es como un tatuaje humorístico: una broma grabada en la carne. Preguntarse qué parte de su musica es comedia, y qual no, es absurdo.

El Coleta, otro buen ejemplo de la transformación del rap español, relacionaba ingeniosamente la nueva escena musical con la Movida. En los dos momentos culturales hay cambios sociopolíticos, paro y una no menos importante democratización de la cultura. Internet es sin duda alguna uno de los puntos claves para entender la actualidad del rap. Youtube ha sustituido los largos meses de producción y proyectos musicales que en los noventa se habrían descartado ahora salen a la luz diariamente. Siendo las visitas y los “likes” la nueva moneda de pago, no es de extrañar que la voluntad de impresionar haya ido en detrimento del compromiso con el contenido.

Añadiría, para acabar, un paralelismo a la reflexión del Coleta: en ambos momentos la prensa cultural y los festivales han sobredimensionado el valor artístico existente. La mala digestión de libros como los de Owen Jonson (2012) se está haciendo larga y hoy es fácil leer en una crítica musical sobre Trap frases como “son la verdad de la calle”. Debemos definir la escena Trap como lo que es: una farra de posadolescentes, una necesidad de buscar un sonido que represente su sociedad, retomar el contacto directo con una nueva realidad social y devolver al rap la frescura perdida en los años 2000. El Trap es, hoy por hoy, de los estilos más dinámicos de la escena. Pero por el momento solo es eso: potencial en bruto y nada más.

 

Ferran Wesselo i Comas
Tinc 22 anys, els gustos culturals d'un convergent de 50 i bigoti d'adolescent mexicà. Estudiant de filosofia i monitor de menjador.

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