jueves, septiembre 21, 2017
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Contra Bruselas se vive mal, pero con Bruselas, siguiendo a rajatabla sus dictados, se vive todavía peor

“Contra Bruselas se vive mal, pero con Bruselas, siguiendo a rajatabla sus dictados, se vive todavía peor”

Pocos días después de conocerse los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo del 25 de mayo de 2014, los miembros de Podemos Germán Cano, Jorge Lago, Eduardo Maura, Pablo Bustinduy y Jorge Moruno publicaron un texto colectivo en el periódico “Diagonal” titulado “Representación y desbordamiento”. En el texto, los autores afirmaban:

Hay un hilo narrativo que comunica dos puntos improbables. En la noche electoral de 2004, miles de jóvenes se reunieron frente a la sede de Ferraz ondeando banderas republicanas y coreando “no nos falles” a Zapatero asomado en el balcón. Siete años después, las plazas de toda España estallaron con un diagnóstico compartido e inapelable: “No nos representan”. Entre uno y otro momento se produjo una clara ruptura de la lógica política de la representación, que ha funcionado sistemáticamente como un mecanismo de enajenación de las capacidades políticas de los ciudadanos.

Esto escribía Jacobo Rivero en su libro “Podemos. Objetivo: asaltar los cielos”. Hoy mismo en La Trivial hablamos con Eduardo Maura. Uno de los autores del texto que citaba Jacobo, Diputado por Vizcaya en el Congreso de los Diputados y miembro del Consejo Ciudadano Estatal de Podemos.

[Para escuchar el audio de la entrevista pincha el siguiente enlace: https://goo.gl/rF1xT2] / (Foto José Mari Martínez en deia.com)

Enric Parellada: ¿Qué valoración harías de esas palabras que escribiste conjuntamente con esos otros autores poco después del 25 de mayo?

Eduardo Maura: Te diría dos cosas. En primer lugar creo que las sigo manteniendo y que por tanto esas palabras en concreto no han perdido significación. El motivo es que, efectivamente, en 2004 se produjo uno de los movimientos de, podríamos llamar, ruptura democrática más importantes de los últimos 40 años en torno a la valoración ciudadana muy negativa que se hizo de la gestión del gobierno del Partido Popular en los atentados del 11 de marzo. Ese “No nos falles” de aquella tarde o noche de domingo en el 2004, señalaba todavía una posibilidad de ilusionarse completamente diferente a la que pudimos ver en mayo de 2014 después del resultado de las elecciones europeas. En ese momento creo que la ilusión tenía que ver con otros factores completamente diferentes. Así como había indignación ciudadana en 2004, creo que los procesos de esa década han ido conduciendo hacia una crisis de representación muy poderosa, que ha tenido un impacto enorme en la manera que se hace política y en la manera que se vive y se percibe lo político en España. Diría que el factor clave ahí es por un lado la ruptura del pacto social desde arriba.

Cuando Zapatero recibía aquellos gritos, todavía existían elementos muy, muy poderosos en la manera en que se dirigían a él. Se dirigían a él como alguien que había sido elegido presidente, o que había sido ganador de esas elecciones, y se le exigían responsabilidades. Pero de una manera que todavía ubicaba a la ciudadanía en una posición no participativa.

Con respecto al 2004, creo que en 2014 nos encontramos con que, efectivamente, las personas que sí gritaban en Atocha “¡Que sí, que sí nos representan!”, no lo hacían solamente en clave pasiva, sino que habían de alguna manera comenzado a formar parte de un proceso que tiene como punto de partida esa ruptura social del pacto que también atañe al propio Partido Socialista. Creo que en cierta medida Podemos es hijo de esa ruptura del pacto social por arriba. Me parece que es uno de los elementos clave, junto con otros muchos: la crisis institucional, la cuestión de la corrupción, la crisis económica, etc. Yo creo que la ruptura de ese pacto social de alguna manera mella en la manera en que uno se ilusiona. La ilusión no podía volver a ser de la misma manera.

EP: Tú hablas de ilusión, yo incluso me atrevería a decir entusiasmo. Ahora te presentas a la secretaría general de Podemos en Euskadi. ¿Cómo contemplas esta opción?

EM: Bueno, yo no me presento a la secretaría general de Podemos en Euskadi. En lo que me presento es como parte de un proyecto en la que la candidata a la secretaría general es otra persona. Pero en todo caso, sí, creo que ciertamente desde 2014 hasta ahora todos hemos hecho un aprendizaje político muy fuerte. En primer lugar hemos descubierto que teníamos capacidades que ignorábamos. Que éramos capaces de sacar adelante un proyecto político que era mucho más que un diagnóstico. Que era incluso un proceso de transformación de “en qué consiste hacer política en general”, en el contexto geográfico e histórico en el que nos movemos. España 2014, España del siglo XXI.

Pienso que desde entonces hasta hoy, y el motivo por el cual ahora yo estoy en un proyecto también de ámbito vasco y no solamente como diputado por Vizcaya, el motivo principal por el cual estoy ahora mismo en esos proyectos es que realmente creo que mi generación, y no solamente mi generación, pero creo que mi generación en particular, ha sido objeto de una doble crisis. Por un lado la sensación de que lo teníamos todo para prosperar, para poder hacer una vida que más o menos fuera razonablemente sana y elegida por nosotros. Luego también el hecho de que vivíamos en un país que presuntamente cumplía con los estándares de democracia y de modernidad que se exigían y que formaban parte del relato fundacional de la transición hacia la democracia en España.

Ver como simultáneamente ambas cosas se vienen abajo de manera tan vertiginosa, en apenas seis o siete años y un país entero no es capaz de responder. No es capaz de estar a la altura del propio relato que ha construido; eso hace que en vez de sentirnos, pues algo parecido a aletargados, o en vez de sentirnos aplastados por la caída de aquellos relatos, lo que hacemos es de alguna manera es dar un paso adelante y descubrir que tenemos que tomar la palabra. Tenemos que dar un paso adelante que hasta ahora no se había dado.

Obviamente ese paso es desigual. No todo el mundo lo da de la misma manera, no todo el mundo percibe lo que tiene que hacer en cada momento de la misma manera, pero ciertamente hay un cierto compromiso generacional con nuestro país, con nuestros mayores. Y también con la gente un poco más jóvenes que nosotros y que se incorpora a la política ahora. Probablemente nunca vuelva a vivir una época tan, no sé cómo decirlo, tan sombría como la que nosotros vivimos entre 2006 y 2007 a 2014.

EP: Ayer leía la entrevista a Julio Anguita que se publicó en “El Mundo” y él decía: “Pablo Iglesias y Podemos han conseguido lo que yo hubiera querido conseguir, que es crecer con mi partido a costa del votante del PSOE”. Por otro lado, hoy releía los artículos que has publicado en el instituto25m.info y allí planteabas una cuestión: “por qué no apostar por nombrar el presente de otra manera”. Te voy a hacer un pequeño juego, una pequeña comparación con un deporte. En la NBA, por ejemplo, un equipo es propiedad de un empresario. Si otro empresario compra el equipo y se lo lleva de la ciudad a otra, el equipo cambia de nombre, cambia de colores, pero no cambia sus jugadores. Sin embargo sí cambiará su dirección. Es decir, en realidad el equipo es el mismo, porque los jugadores que van a jugar en otra ciudad son los mismos, pero se van a sentir identificados con otros colores y se va a dirigir el equipo de otro modo. ¿Cómo podemos hacer que la gente que en realidad quiere luchar en la misma línea más o menos que Podemos, se sienta un poco más cercana a la idea de Podemos en vez de estar a otro lado e incluso criticando? A pesar de que su enemigo real no sería Podemos.

EM: En realidad creo que es fundamental que entendamos la centralidad que ocupa la figura del PSOE y el relato de modernización que el PSOE fue capaz de construir en los años 80. Creo que hay muchísima gente en España, que tendrá probablemente entre 45 y 60 años, que crecieron en aquel país, que confiaron en aquel relato de modernización y que han ido encontrando que ese relato, pues, no era… No es que no fuera cierto, porque no es una cuestión de que la realidad al final sea la piedra de toque de los proyectos políticos. Los proyectos políticos transforman la realidad y por tanto no es la realidad la que los pone en su sitio. Diría que es muy evidente que se produce una crisis de ese relato de modernización y que eso hace que algunas personas sientan la necesidad de emanciparse de alguna manera de aquel relato y de su afiliación con el Partido Socialista, que no fue sino en última instancia el actor principal de una época crucial para la historia de España como son los años 80.

Pienso que, sin embargo, Podemos, como irrumpe de manera muy abrupta en la política española en 2014, genera también una sensación extraña en mucha gente. Por un lado simpatía, por la necesidad que muchos consideraban evidente de que algo ocurriera; pero también, al mismo tiempo, perplejidad y una reacción identitaria. Una reacción de “bueno, pero que no vengan estas gentes, ahora, esta gente joven, esta gente que no conoce lo que hemos trabajado, lo que hemos sufrido, lo que hemos luchado a decirnos que todo lo que hicimos  estuvo mal”. Pienso que en ese equilibrio entre ser capaces de decirle a la gente y de explicarle a la gente que aquí no se trata de impugnar todo el pasado, ni de hacer una enmienda a la totalidad de dos generaciones de españoles…

No se trata de eso, sino de señalar qué aspectos fundamentales de aquel pacto social se han roto. Que no los han roto ni ellas ni ellos, sino que se han roto por otro lado. Insisto mucho en esta idea. Insisto mucho en la necesidad de entender que hay una crisis del relato por arriba y una ruptura del pacto social por arriba. Una crisis de expectativas sociales bloqueadas enorme. En esta generación y en la de sus hijos.

Creo que en todo este equilibrio extraño de fuerzas, Podemos va poco a poco visibilizándose como una alternativa constructiva y como una alternativa que es capaz de acoger a cada vez más gente. Eso se ha visto, ¿no? Cada vez que se han abierto las urnas hemos ido creciendo. La realidad es que sigue habiendo en España muchísimas personas que, sobre todo mayores, pero no solamente, que siguen todavía muy recelosas del cambio político. Siguen temiendo el cambio político y siguen pensando que el cambio político les va a llevar a épocas que recuerdan como de incertidumbre. O que ellos visualizan como de incertidumbre. Pienso que una parte fundamental del proyecto político de Podemos es ser capaz de construir con esta idea muy sencilla: de que lo que se hizo, se hizo como se pudo; que los factores políticos de entonces ya no existen hoy, son diferentes; y que se trata precisamente de recoger toda esa energía, y además ampliándola, para construir un país digno que probablemente pueda tomar pie en aquello y avanzar hacia adelante y no quedarse estancado en la rememoración de lo bueno que fue todo lo que sucedió entonces.

Pienso que en líneas generales hay en Podemos una tensión fuerte entre el pasado de nuestro país, y como se construyó el relato de modernización, y la necesidad de avanzar algo más a partir de ese relato y construir algo diferente. Pero nunca vas a poder construir algo diferente en España si haces una enmienda a la totalidad de lo que se hizo. Creo que está demasiado arraigado el relato de la transición como para pretender que se pueda hacer borrón y cuenta nueva. Pienso que es más bien articular con materiales diversos la posibilidad de una alternativa de ese relato que recoja gente que participa de él.

Todavía estamos en ello, todavía sigue siendo un proceso abierto que por tanto no está cerrado. Pero pienso que hay una tensión ahí muy interesante que tiene que ver con la identificación y con lo que tú mencionabas de las franquicias de la NBA que, efectivamente, pueden mantener los jugadores, pero cambiar completamente la manera en la que se percibe al equipo.

EP: Evidentemente, como apuntas, lo importante es ese: seguir luchando. Como por ejemplo en los valores hacia la mujer. Hoy es el día europeo de la igualdad salarial, ¿cómo se debe articular un proyecto que cree hegemonía a través del respeto y el valor hacia la igualdad?

EM: Pues es un factor importante en la política actual. Me parece que la sensibilidad hacia el problema de la igualdad y hacia la desigualdad en general, también la desigualdad entre hombres y mujeres, es una sensibilidad creciente y un problema cada vez más grave. Pienso que todavía hace unos años no había suficiente capacidad para visibilizar ese problema. Los feminismos más exitosos, estaban todos, o giraban en torno, a las políticas del Partido Socialista, que parecía tener de alguna manera el monopolio de la igualdad. Creo que ese monopolio se ha quebrado y que ahora la igualdad es un problema político mucho más amplio y muchísimo más importante de lo que era hace una década.

El enfoque que le estamos dando en Podemos es adecuado. La idea consiste en dar importancia a las condiciones materiales de posibilidad de las mujeres, por supuesto. Para acceder a espacios profesionales y políticos a los que hasta ahora no han tenido todo el acceso que sería deseable, pero también enfocar, por ejemplo, en la cuestión de la violencia de género machista desde un punto de vista no necesariamente judicial. Aunque por supuesto lo judicial sea muy importante, sino desde un punto de vista material y económico.

Es decir que lo que hace falta producir es: alternativas. Alternativas vitales, alternativas sociales, alternativas económicas para aquellas mujeres que sufren situaciones de desigualdad o de maltrato o de violencia. En gran medida no se resuelve animando a denunciar, sino precisamente generando alternativas para que las personas que están, quizás, dudando sobre si denunciar o no denunciar, sepan que si lo hacen van a tener una salida. Hasta ahora no habíamos sido capaces creo de visibilizar este problema. El problema que hace que las personas no se animen a denunciar o a hacer política, por ejemplo, creo que aquí hay un cierto paralelismo, por la sencilla razón de que tienen incertidumbre ante la situación en la que quedarán si lo hacen.

Ahora cuantas más garantías ofrezcamos más igualdad conseguiremos y cuanto más énfasis hagamos en la igualdad material, no solamente ante la ley o ante los juzgados, más avanzaremos en un proyecto que no puede llamarse democrático si no es igualitario.

EP: Al fin y al cabo, esto pasa por la democratización de la sociedad que a pesar de que decimos o se dice que sí estamos en una democracia, a veces cuesta un poco de creer. En esto apunta muy bien Varufakis con el DIEM 25 en que lo que se debe hacer es dejarnos estar de si gobierna Podemos o el PSOE en España. Lo que importa es que quien gobierne sea una fuerza progresista y que intente ir a Europa a combatir las políticas de austeridad de la Troika. ¿Cómo ves el DIEM 25, Eduardo?

EM: Yo estoy de acuerdo en una parte importante de este diagnóstico. Creo que independientemente de quien gobierne en un estado como el español, es fundamental que entendamos que la dimensión europea del cambio es crucial. Es probable que por mucho que uno pueda gobernar, la pérdida de soberanía que han tenido los estados europeos que hiciere imposible cualquier tipo de políticas realmente de progreso, no contara con la colaboración y con la solidaridad de los socios europeos.

Ahora mismo en Europa hay un equilibrio de fuerzas muy contrario a cualquier proyecto de cambio. Hay una línea y una lógica económica que es radicalmente hostil a los intereses y a las aspiraciones de los pueblos del sur y es muy probable que, efectivamente, la gran batalla de cualquier gobierno que salga de estas elecciones del 20 de diciembre en España, la gran batalla sea la capacidad para negociar en Bruselas. Cualquiera que sepa algo de gobernanza hoy sabe que contra Bruselas se vive mal, pero con Bruselas, siguiendo a rajatabla los dictados de Bruselas, se vive todavía peor.

Por tanto se trata de dar esa batalla y de ejercer también la soberanía nacional de una manera diferente. No como algo aislacionista, sino como parte de un proyecto democrático que lo concibo como un proyecto que comienza en el Sur y que tiene al Sur como protagonista. Por tanto, sí, diría que efectivamente, el gobierno que salga tendrá que afrontar esa tarea.

EP: Eduardo, vamos acabando. Y para hacerlo un poco más simpático te lo llevo a tu terreno. En Facebook comentabas que estabas contento porque en los Goya el cine vasco había tenido bastante representación, para decirlo de algún modo. ¿Cómo se debe hacer para que el cine tenga una importante influencia cultural a las personas para que empiecen a ver las cosas de un modo distinto?

EM: Sobre eso diría dos cosas. La primera que creo que es fundamental entender que ningún proyecto de cambio político puede ser exitoso si no tiene muy clara su dimensión cultural. Y al mismo tiempo, que, obviamente, toda manifestación cultural y todo objeto cultural, todo proceso cultural, que es algo muy amplio, tiene también una dimensión política. La dimensión política del cine, o la dimensión política del arte en general, es un tema clásico en los últimos 150 años. Lleva mucho tiempo trabajándose y lleva preocupando a mucha gente durante muchas décadas. Es la idea de cómo puede, en última instancia si quieres decirlo en términos muy románticos o muy clásicos mejor dicho, cómo puede el arte ayudar a cambiar la sociedad. Creo que es importante que entendamos que ciertamente existe una capacidad de la cultura y del cine para reconfigurar aspectos importantes de lo real y para producir un montón de relatos alternativos a los dominantes. Pero nunca hay que pensar el cine como algo que esté al servicio de la política o como medio para un fin político ajeno a la producción estética y cultural misma.

Creo que hay que jugar aquí siempre con una tensión, de nuevo, ¿no? Una tensión que se da dentro de un campo de fuerzas más grande. Para que la cultura pueda, efectivamente, ser factor de cambio, tiene que tener por un lado autonomía, pero también conciencia de su dimensión política. Y no pensar que la política es algo que viene a, cómo decirlo, someter a la cultura, o que la cultura es algo que necesariamente es ajeno a lo político y que se ve invadida por lo político cuando las personas son un partido.

Creo que es importante manejar esa tensión y cabalgar esa contradicción de manera coherente. No conozco ningún objeto cultural, ninguna novela de ningún siglo, que no tenga una dimensión política fuerte. En la medida en que insisto, implica una cierta articulación y reconfiguración de lo real. Por tanto hay que pensar siempre lo cultural como clave, como central en cualquier proyecto político.

Yo particularmente en Podemos he intentado construir esa parte del discurso y con otros compañeros y compañeras he intentado que la cultura fuera relevante. Lo que ocurre es que al mismo tiempo que creo que lo cultural es muy relevante para Podemos, en España tenemos una industria cultural enormemente en crisis. Muy tocada por la crisis económica y enormemente afectada por la precariedad y por las malas condiciones laborales de sus profesionales. Hay que jugar también en esa dimensión. No todo es en política una cuestión de discurso o de relato, sino que a veces uno también tiene que bajar a la arena de las condiciones materiales.

Creo que esas cosas son compatibles, de hecho. Son necesarias, ambas, y deben ser compatibles. Hoy por hoy hay una concepción del cine español, por ejemplo, en la ciudadanía completamente injusta. Se ve el cine como algo privilegiado y subvencionado, cuando en realidad la inmensa mayoría de los trabajadores de la cultura viven en condiciones precarias y tienen contratos, pues, temporales, intermitentes, que les obligan a hacer esfuerzos económicos enormes y a tener que pasar por situaciones de mucha precariedad.

Todo esto en realidad forma parte de un proyecto que es político y es cultural. Es cultural y es político. Y por tanto habrá que seguir viendo qué manera es la mejor para que la cultura y lo cultural sigan siendo relevantes para la política y la ciudadanía.

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