Viernes, Julio 21, 2017
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Bipartidismo: Crónica de una muerte anunciada

Albert Rivera rascando aquí y allá, Rajoy intentando no hacer ruido, Sánchez dejándose coleta y Pablo Iglesias tocando la guitarra. 20D: la fiesta de la democracia.

 

“Un Podemos de derechas” es lo que pedía en 2014 Josep Oliu, presidente del Banco Sabadell. Y sus deseos fueron órdenes para los mass media en España, que en menos de un año habían catapultado a la cima a un catalán llamado Albert, que con apariencia de niño de bien salido de una realidad atemporal y con una ambigüedad discursiva que solo le permitía ser tajante en la cuestión de Cataluña cameló al electorado de “centro”. Si el PSOE no tenía ya suficiente con el trasvase a Podemos de un porcentaje inesperado de su electorado, ahora le tocaba al PP. Al principio todo eran miradas insinuantes y palabras dulces de personalidades del partido como Esperanza Aguirre (casi nada). Parecía que después del susto que el “populismo chavista radical comunista” (algún valiente incluso habló de “paleocomunismo”) había dado, con un par de arreglos y una bisagra llamada Ciudadanos, el régimen podía volver a coger el sueño.

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Entonces llegó Madrid, llegó Barcelona, llegó Zaragoza, llegó A Coruña, llegó Cádiz… Y de nuevo, la gota gorda del régimen. Algunos entraron en shock. Y mientras unos cantaban el Puente de los franceses otros avisaban de la llegada del juicio final. Algunos valientes se aventuraron a manifestarse con los brazos en alto (ese día hacía mucho sol…) y entonaban consignas reivindicativas como “Que no, que no, que no, que no” mientras repudiaban las doscientas o trescientas propiedades que parece tener el tal Wyoming. Pero alguno se llevó una sorpresa. Unos meses de gestión y Manuela Carmena es, junto a Ada Colau, la personalidad política mejor valorada según todas las encuestas. Las candidaturas ciudadanas habían ganado y una activista contra los desahucios era la nueva alcaldesa de Barcelona. En Zaragoza cantaron más alto que nunca el Canto a la Libertad del maestro y en Cádiz un tal Kichi entonaba el Si yo fuera el alcalde de Cádiz… con una sonrisa de oreja a oreja. Algunos se frotaban los ojos.

Y algo pasó en Cataluña. Un líder poco conocido y un discurso social en unas elecciones totalmente polarizadas fueron el caldo de cultivo para unos resultados decepcionantes de Catalunya Sí Que Es Pot. Pero esa no era la noticia. El sí ganó. Pero, ¿quién ganó el “no”? Tres partidos se tiraban de los pelos por ver quién agarraba el altavoz más potente con el que gritar un NO rotundo al independentismo: PP, PSC y Ciutadans. Y perdieron los que nunca pierden. Y ganó Inés. Y puede que entonces comprendieran en el PSOE que si los votantes históricamente “más a la izquierda” se estaban pasando al morado, el sector moderado del socialismo cada vez se sentía más atraído por el naranja.

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Y así llegó la política española a trompicones hasta Noviembre con menos de dos meses hasta los comicios más importantes del siglo XXI en nuestro país por una sencilla razón: la política española ya ha cambiado. El guerrero de la coleta había puesto sobre la mesa una serie de debates que ya no se podían esconder y ahora los posicionamientos debían ser más concisos. Eso es precisamente lo que la intelectualidad de Podemos define como centralidad del tablero. Un término polémico que ha levantado todo tipo de sospechas en la izquierda española que lo vio como un rechazo a “la izquierda” y una búsqueda del centro en el eje izquierda-derecha. Pero lejos de esto, el centro del tablero consiste en ser capaz de “remover” la política de tal manera que todo lo que tú digas deba ser debatido o aceptado por el resto de fuerzas políticas.

Y entonces llegaron las encuestas. En las europeas nadie daba más de 1 escaño por la formación morada (algunos les llamaron frikis…): sacaron cinco; en las municipales nadie vaticinaba las victorias de Carmena ni Colau. Y cómo no, a un mes de las elecciones tenía que aparecer el CIS y, para muchos, su “cocina”. Lo cierto es que puede entenderse que a muchas personas les cueste creerse su estimación a finales de Octubre en la que el PP (29%) casi triplicaría a Podemos (10%). Algo que teniendo en cuenta los resultados en las principales capitales del país parece casi impensable.

Y así llegamos al último ‘sprint’. Ciudadanos sigue inflándose rascando de aquí y de allá. Rascando votos por la unidad nacional innegociable del PP, los votos moderados del “que no gobierne la derechona” del PSOE y los votos del “cambio” de Podemos. No es fácil decir si a Albert Rivera le está sentando bien la velocidad de la campaña, mostrándose dubitativo en La Calle Pregunta de La Sexta Noche y enzarzándose con Wyoming en El Intermedio.

Al PP solo le queda agotar el catenaccio. Con un tsunami mediático de corrupción a la espalda y un líder que camina de ridículo en ridículo por los medios de comunicación no le queda más que cerrarse atrás y aguantar lo que tiene. Tiene poco que rascar y mucho que perder.

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El PSOE sigue tan desubicado como de costumbre desde la irrupción de Podemos, vacilando entre el discurso de Pablo Iglesias con la cara del galán Sánchez y la postura radicalmente constitucional que le mantiene aferrado al “centro-izquierda”. Y pese a que cada vez que se abren las urnas, pierde votos, no faltan las sonrisas forzadas y los bailes de Iceta (bendito Vine).

Por su parte Podemos parecía haber encontrado la fórmula exacta de la victoria, hasta que se chocó de frente con los aparatos de construcción ideológica. La campaña mediática incansable parece haber sido eficaz (dentro de las posibilidades) y ha conseguido que Podemos quite el turbo. Pero estamos en campaña y Pablo Iglesias es el líder con más posibilidades: quien más puede ofrecer y quien menos tiene que esconder. Su margen de mejora es enorme y sus apariciones simpáticas en programas como El Hormiguero se verán reflejadas en los resultados.

Izquierda Unida busca un gol en el descuento en una coalición consigo misma a la que ha llamado Unidad Popular mientras observa cabizbaja como Equo se marcha a Podemos.

UpyD se cambia el logo y todo apunta a que va a ser la única sorpresa que nos den.

La puerta de los pactos chirría al abrirse pero no tiene pomo. PSOE estaría encantado de pactar con Ciudadanos si la aritmética electoral lo permite y con Podemos para hacer presidente a Pedro Sánchez (no parecen estar por la labor). Podemos ha sido tajante: No podrá entenderse con Ciudadanos en materia económica y solo pactará con el PSOE si queda por delante suyo y Pablo Iglesias es presidente. A nadie le sorprendería que Izquierda Unida

apoyase a Podemos si Pablo Iglesias lo necesita. Albert Rivera no ha cerrado puertas: pacto con el PSOE en Andalucía y pacto con el PP en la Comunidad de Madrid. El PP no ha hecho muchos amigos en estos cuatro años: el PSOE parece haber cerrado la puerta a un “gran pacto nacional” y Ciudadanos tiene miedo de la repercusión que tendría en su electorado apoyar a Mariano Rajoy como presidente del gobierno.

Así están las cosas. Que nos sea leve el 20 de Diciembre (alguno podría atragantarse).

por Eduardo García (@edutijoux)

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