Viernes, Julio 21, 2017
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Apología de Sócrates

Apología de Sócrates

¿Cómo pueden cambiar tan poco las cosas en tanto tiempo? ¿Cómo puedo estar de acuerdo, en algunos aspectos fundamentales, con un griego que vivió hace casi 2.500 años? Estas son las preguntas que me hice la primera vez que leí “Apología de Sócrates”, la pretendida naturaleza humana podría tener una parte inmutable, recreando continuamente situaciones o sociedades parecidas.

En estos tiempos que pretende erradicarse la Filosofía de los programas educativos y que el estado derecho, nacido de la Ilustración, está totalmente desvirtuado, permítanme compartir con ustedes toda la emoción que me aportó esta obra y aunque no coincidan conmigo o con Sócrates, seguro que encuentran un ejemplo de coherencia y de defensa de la verdad y la justicia  nada habitual.

Apología de Sócrates, contada por su discípulo Platón, recoge la defensa realizada por Sócrates en su propio juicio, ante las acusaciones, por las que finalmente sería condenado a muerte, de aquellos a los que ridiculizó, al demostrar que carecían de la sabiduría que aparentaban. Los ciudadanos atenienses podían defenderse en los juicios ellos mismos, sin abogados y Sócrates no solo se defendió sino que hizo una valiente reivindicación de toda su vida, poniendo de manifiesto que, equivocada o no, ésta  siempre estuvo en concordancia con su pensamiento.

Todo empieza con la consulta que su amigo Querofonte hace al Oráculo de Delfos y de la que obtiene como respuesta que Sócrates es el hombre más sabio. No creyéndose Sócrates sabio, pretende investigar el porqué de esta respuesta, interrogando para ello a políticos, poetas y artesanos. Todos los interrogados eran personas consideradas muy sabias, resultando que en realidad no lo eran, era mera apariencia.

Tras estas averiguaciones, Sócrates concluyó que a  eso se refería el oráculo, él era más sabio, simplemente, porque no presumía de saber lo que ignoraba, era consciente de lo que no sabía. Pero estos encuentros le granjearon muchos enemigos, pues los había realizado en público y  algunos de sus discípulos habrían repetido esta misma práctica, poniendo en evidencia a personas influyentes, que acaban denunciándolo por corromper a la juventud y no creer en los dioses.

Sócrates, en el juicio, defiende su conducta y su forma de actuar,  piensa que es un dictado divino vivir buscando la sabiduría, examinándose a sí mismo y a los demás, como un tábano que molesta ante la tentación de abandonar el camino de la virtud. El temor a la muerte nunca  guió  sus acciones, no le interesaron riquezas, ni fama, ni honores, solo conseguir que su espíritu y el de aquellos que le rodean  sea lo mejor posible, eso es lo que él enseña. Nunca pidió nada a cambio y se abstuvo de intervenir en política, piensa que si hubiera intervenido en política estaría muerto, alguien que dice la verdad no puede estar en política.

De las acusaciones vertidas sobre Sócrates a lo largo de su vida, la que resulta más sorprendente es la que lo relaciona con las prácticas sofistas. Aunque Sócrates compartió con los sofistas su interés por el hombre y las cuestiones políticas y morales, eran más importantes sus diferencias, y a lo largo de su proceso se van poniendo de manifiesto.

Ya en el principio del juicio advierte sobre la diferencia entre el lenguaje utilizado por sus acusadores y el suyo propio. Los sofistas enseñaban a sus discípulos el arte de la retórica, el dominio de las palabras les permitía hacer fuerte cualquier argumento, les parecía lícito el uso del lenguaje en interés del que habla, aunque no sirviera para defender o llegar a la verdad. Enseñaban la “areté”, es decir, todo lo que se necesitaba para obtener el éxito, enseñaban el arte de vivir y gobernar. Sócrates nos avisa sobre el lenguaje sencillo que va a utilizar en su defensa, lo importante no son las palabras que se digan sino la verdad y la justicia de lo que se dice, pretende que todo el mundo lo entienda, no utiliza el discurso que destruye y manipula sino su método, basado en la pregunta, en el diálogo que todo el mundo puede entender. Intentó desenmascarar a los que se creían o querían pasar por sabios sin serlo y utilizaban esa apariencia de saber para gobernar y obtener riquezas o una autoridad no merecida; Sócrates pretendía convencer de que lo más importante es la virtud, la sabiduría que nos conduce a la verdad y la justicia.

En nuestros días podemos encontrar un uso del leguaje con el mismo fin. Con él se manipula, no se habla de crisis sino de desaceleración; a la emigración por falta de trabajo se le dice movilidad exterior; y a los recortes se les llama reformas. Los partidos solo utilizan palabras vacías de contenido, como “cambio” o “regeneración”.

Pero, es todavía peor, también las imágenes se manipulan, los medios de comunicación, como establecen los autores de la Escuela de Frankfurt, imponen la ideología dominante; la verdad no importa, no es que no exista, es que en algunas ocasiones es imposible de conocer, inaccesible a la mayoría, otras verdades son fabricadas, el ser humano se ha convertido en un esclavo que ha dejado de usar la razón.

Puede que en algunos casos no podamos establecer verdades absolutas, pero sí existen verdades  que necesariamente se han de defender y aprender a distinguir, para no caer en manos de la manipulación y  la alienación. Un individuo alienado deja de pensar por sí mismo, en sus propios intereses, no actúa con juicio racional, es decir pierde la conciencia, lo que Marcuse llamó el hombre unidimensional. Sócrates en su momento pretendía ser ese tábano que incordia para que no se abandone el camino de la sabiduría, para remover las conciencias. Las preguntas de Sócrates quieren hacer que la gente desconfíe de lo que se le muestra como auténtico y analicen si realmente lo es, pretende que no se dejen llevar por las apariencias.

Nietzsche es uno de los filósofos que más criticó la vida de Sócrates y sobre todo de su pensamiento, al que se refería como “racionalismo ingenuo”. Nietzsche reconoce la importancia de Sócrates en la Civilización Occidental y lo culpa de su decadencia. Critica la importancia que el filósofo griego da a la razón, despreciando por completo los instintos. Utiliza la frase con la que Sócrates se refería a los ciudadanos influyentes que interrogaba, de los que decía que realizaban las funciones de sus cargos “únicamente por instinto” sin plantearse nada más. Sócrates llegó a decir que la obra de los poetas no es fruto de la sabiduría, que escriben bajo la inspiración, como profetas o adivinos, y que pronuncian frases bellas, pero que no son fruto de la inteligencia.

Es evidente que el desprecio de Sócrates hacia los instintos es exagerado y llevaría incluso al fin del arte y la cultura. En el ser humano razón e instinto han de estar equilibrados, pero, en mi opinión, si alguno ha de resaltar, que no dominar, es la razón. Una razón conocedora de la importancia de los instintos en la persona y que sepa cuando unos o la otra debe prevalecer.

Sin razón ni conciencia, podemos acabar manipulados, el ser humano debe aprender a criticar y cuestionarlo todo. En nuestra sociedad, tal manipulación se ha conseguido haciendo que el hombre deje de pensar, se le mantiene continuamente ocupado, se le hace víctima de un continuo afán consumista, centrado en lo material, y en su tiempo de ocio se le dice que tiene que desconectar, se relaciona el ocio con no pensar.

Sócrates hubiera tenido, en el siglo XXI, los mismos problemas para dedicarse a la política que en su época; las personas o grupos que se oponen al pensamiento único, al llamado sentido común, definido por el aparato ideológico dominante son, anacronizados y mostrados como locos o bufones. El carácter discursivo de los partidos no tiene ninguna esencia, la política se ha convertido en algo sin contenido, que se mueve bajo los dictados del marketing. No importa la verdad, no importa la justicia, todo se desenvuelve sin disimulo alguno, los políticos ya ni siquiera aparentan saber, no dan discursos, solo leen los que otros les han escrito y no solo mienten sino que se dejan comprar.

Para Sócrates no existe separación entre ética, legalidad y política. Aceptó su muerte porque para él no hacerlo suponía desafiar la ley y cuando sus compañeros quisieron ayudarlo para huir de la cárcel se negó, siempre había defendido el cumplimiento de la ley, lo que no significaba que no se cuestionara determinados aspectos de la democracia ateniense. Pensaba que la mayoría no siempre tiene razón y que la verdad es más importante que la opinión popular, de hecho siempre cuestionó que los cargos de la asamblea o los tribunales se hicieran por sorteo, sin tener en cuenta su cualificación.

La coherencia de Sócrates se mantuvo hasta el final, se negó a suplicar por su vida o a que lo hicieran sus familiares o amigos. Piensa que los jueces deben aplicar las leyes y no dejarse llevar por la compasión. Él no se siente culpable y se niega a reconocer culpa alguna aunque eso le salve la vida, prefiere morir a utilizar medios indignos en su defensa, pero, un medio indigno o incluso violento, puede adquirir dignidad, si se utiliza para conseguir el bien, que no podía  lograrse de otra manera, pero Sócrates no admite el relativismo moral, otra demostración de fidelidad a su pensamiento.

Hay quien opina que, con su muerte, Sócrates consiguió trascender, se convirtió en el primer condenado por sus ideas, prefirió morir antes que entrar en contradicción con lo que antes había defendido. La historia de Sócrates, compartas o no sus ideas, causa impresión, pero ¿a quién? A las personas justas, influyó notablemente en Platón, que abandonó la política tras la muerte de su maestro. El abandono de la política por las personas justas, puede llevar a su control por las que no lo son. Para mí la muerte de Sócrates no fue positiva, la ley injusta no debe acatarse, debía haber huido cuando se lo ofrecieron sus amigos, el hecho de que una persona justa muera no puede ser positivo para la posteridad, a no ser que queramos reconocer cierta importancia al victimismo y la resignación.

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