viernes, noviembre 17, 2017
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Agua o la materia, forma y poder en una democracia republicana y civil

Estos últimos años, sobre todo en Cataluña, muchas familias han visto cómo su tarifa del agua ha subido respecto al año 2008. El año que entramos oficialmente en crisis económica se privatizaron muchos sectores públicos con el argumento de que se necesitaba una inyección de capital para resolver otros gastos. El grupo Agbar compró Aguas de Barcelona entre otras redes de distribución de la zona metropolitana y actualmente este gestiona el 58% del agua de dicha zona. Desde entonces, entre 2008 y 2013 las facturas del agua han subido aproximadamente un 57%. ¿Realmente es necesario privatizar un recurso como el agua? ¿Una empresa privada gestiona mejor el agua? ¿Es mejor para la población no tener ningún tipo de control sobre cómo se gestiona un recurso que consume a diario? Algunos argumentos en pro del sí dicen que es necesario y, antes de cualquier privatización, repiten: las empresas públicas necesitan de una gran inversión no asumible desde la administración pública, la cual no es eficiente.

A mi modo de ver, privatizar un recurso como el agua y venderla como mercancía es un error. El hecho de que el agua, elemento que permite la existencia de la vida en la tierra, sea un producto objeto de negocio y se lo entienda como algo posible de mercantilizar, es decir, el hecho de permitir hacer negocio, enriquecerse, gracias al elixir de la vida, pone en peligro los fundamentos centrales de la dignidad humana y del ecosistema planetario. Hacer de un recurso tan imprescindible como el agua una mercancía al alcance de quien se pueda permitir el lujo de pagarla es la aberración más profunda de un sistema económico y productivo con una lógica que invierte el mundo de los seres humanos y el mundo de los objetos. La mercantilización de los bienes más necesarios, así como de las propias relaciones sociales, reducen las personas a objetos. A su misma vez las cosas, los productos, se transforman y se personifican, ocupan la posición central de la dinámica de la vida. Se produce una inversión entre las personas y los objetos y el mundo de las mercancías pasa a mandar. Los objetos tienen mucha más importancia que las personas. Esto no es más que el resultado necesario del desarrollo del capitalismo y del mercado o de la idea de fetiche de la mercancía que aprendió Marx en su casa. Se pierde el valor real del agua, que es valor como recurso necesario e imprescindible para la vida humana, es más, la vida en general de los ecosistemas. El hecho de que el agua sea un producto y pase a ser un bien que se puede comprar, legitima que se pueda hacer un uso irresponsable ya que se ha pagado por el producto y por lo tanto puede ser utilizado de forma desregularizada e insostenible. Asimismo el agua tiene un valor democrático; el agua en manos privadas hace menos democrática su gestión y, en general, hace menos democrática la sociedad al no poder decidir sobre un recurso básico que nos afecta a todos por igual. Por tanto, que una gestión pública sea menos eficiente (recursos utilizados dividido por beneficios obtenidos) y sea más eficaz (lograr unos objetivos determinados como, por ejemplo, la democratización de la sociedad) es una pregunta que no debería plantear nadie ante una sociedad que aspire a ser plenamente democrática.

Se debe de pensar que una empresa privada que compra una empresa pública sigue siendo una empresa y tiene toda la legitimidad como cualquier otra empresa: querer aumentar los beneficios. En cambio una empresa pública tiene, o debería de tener, por objetivo maximizar el bienestar de la población. Teniendo en cuenta que el agua es un derecho y a la vez un recurso realmente escaso, no podemos permitir que caiga su gestión en manos privadas que por delante de cualquier valor ético o moral tienen el objetivo de plusvalía de forma que destruirán ecosistemas si se más rentable. Por descontado, no satisfarán las necesidades de la población (por ejemplo, el aumento histórico de la tarifa) y mucho menos pensarán en el agua como una parte imprescindible de la vida, sino que pensarán en el agua como un producto de mercado. Expropiar es democratizar y socializar es ampliar los horizontes. Radicalizar la democracia en una soberanía sin fin.

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