Jueves, Julio 20, 2017
La trivial > Sin categoría > ¿A quién le importa?

¿A quién le importa?

Por Marta Montojo Torrente

Si hace unos meses nos hubieran preguntado las noticias de mayor relevancia de finales de este 2015, cabe imaginar que muchos hubieran apostado por la crisis de los refugiados en Europa. Los españoles seguramente añadirían a su lista el proceso independentista de Cataluña y, por supuesto, las elecciones generales del 20D. Pero ¿Y la COP21? ¿Qué posición ocuparía en el ranking la tan esperada conferencia sobre el Cambio Climático? ¿Era o es realmente “esperada” por alguien? ¿A quién le importa en realidad?

A raíz del escándalo Volkswagen, y la manipulación en los controles de emisiones de sus motores, parecía que cada vez más personas se sumaban a la preocupación por la contaminación del aire, por el calentamiento global. Al mismo tiempo, las nuevas políticas de algunos de nuestros ayuntamientos se ponían de parte de la lucha contra el cambio climático, como el de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, que ha apostado por la movilidad sostenible, facilitando el uso de las bicicletas y reduciendo la velocidad en las principales carreteras y autovías de Madrid, entre otras propuestas. Incluso Francia se preparaba para esta Cumbre del Clima, que tendrá lugar nada menos que en su capital, anunciando la prohibición del uso de bolsas de plástico en los comercios. La norma prevista para el inicio de 2016 pretendía reducir su consumo, ya que estas no son reciclables.

Sin embargo, tras los hechos acontecidos el desafortunado viernes 13 de noviembre en París, la agenda setting ha cambiado radicalmente. Los medios se renuevan cada día con información adicional sobre el ISIS. Comunican las decisiones que están tomando los gobiernos, la presión que sufre España respecto a si participar o no en esta nueva guerra, etcétera. Los políticos, por su parte, incluyen en sus discursos opiniones –y no tanto propuestas concretas– acerca de cómo acabar con el terrorismo. Los atentados del 13N también han tornado el rumbo de las conversaciones en los vagones de metro, ahora contaminadas por el miedo, cada vez que el tren frena bruscamente o algún imprevisto sucede. Sin olvidarnos del punto de reunión de opiniones, de convergencia y divergencia de teorías, de intercambio de información sobre todo lo anterior, que son las redes sociales. Este elemento clave en la comunicación de hoy en día, donde confluyen y se comparten artículos y donde se gesta esta agenda setting de la que venía hablando antes, también parecen haberse inclinado hacia el monotema del momento.

Resulta natural que un atentado terrorista, que se ha cobrado la vida de tantos y tantas, se apropie también de nuestros temas de conversación. El problema viene cuando los políticos se acogen a estos acontecimientos para ejercer, una vez más, su política del miedo, la misma que la periodista Naomi Klein bautizaba como “doctrina del shock”. Ésta sostiene la teoría de que los políticos aprovechan las catástrofes naturales, guerras y otros desastres causados por el hombre, para fomentar el miedo entre los ciudadanos, de forma que estos, aterrorizados, rebajen sus criterios a la hora de asumir las políticas de los gobernantes.

Lo que está claro, dejando a un lado estas teorías, es que es alarmante –cuanto menos– que los objetivos principales de un esperado evento internacional, como esta cumbre con la que arranca diciembre de este año, sean eclipsados por el refuerzo de medidas de seguridad que se tomarán para proteger a los gobiernos, como destacaban algunos diarios españoles.

El País ya anunciaba que “las grandes manifestaciones previstas, la víspera de la apertura de la cumbre y el domingo 12 de diciembre, han sido anuladas”. La noticia que El Mundo recogía bajo el titular “Francia no suspenderá la cumbre del cambio climático en París” –como si fuera una sorpresa que no lo hiciera– refuerza la premisa de “los políticos intentan salvar las cumbres, pero no el planeta” que aportaba el periodista Antonio Cerrillo (La Vanguardia) en las conferencias sobre la comunicación del cambio climático ante la COP21 celebradas este verano. En su ponencia Cerrillo hablaba junto con otros periodistas que habían cubierto las cumbres, sobre el fracaso de estas, tanto la de la tierra (Río de Janeiro, 1992), como el que denominaron “desacuerdo” de Copenhague (Copenhague, 2009). “En el Protocolo de Kioto, Japón, Rusia y Canadá decidieron bajarse del carro. En cambio, en los tratados de libre comercio, los países que deciden tirarse del barco en último momento pueden ser llevados a los tribunales constitucionales”, alegaba.

Llegados a este punto, tras el cual resulta evidente que a los políticos no les importa realmente el cambio climático, podemos reformular la pregunta: ¿A quién le importa? ¿A las empresas? Diría que no, pero lo argumentaré en caso de que mis propios argumentos contradigan mi previsión. Y es que, si bien es cierto que ahora se habla de la “economía verde y circular”, que consiste en utilizar los desechos como nuevos recursos energéticos garantizando un desarrollo sostenible, en la práctica las grandes corporaciones se empeñan en ignorar las evidencias.

En pleno 2015 existen informes científicos expedidos por instituciones especializadas como lo son la NASA o el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) y ya apenas nadie se atreve a refutar lo irrefutable, a excepción de aquellos que piensan que los propios científicos no se ponen de acuerdo, mientras que ellos mismos aseguran lo contrario: “con base en evidencia bien establecida, alrededor de 97% de los climatólogos han concluido que los humanos están cambiando el clima”, afirma la Asociación Americana por el Avance de la Ciencia (AAAS) en su informe “What we know”.

Pese a esto, desde hace unos años, empresarios como Rupert Murdoch (CEO de News Corp.), ha hecho de sus medios un altavoz para el negacionismo frente al cambio climático. Lo curioso es que en 2007 (por tanto antes de que estallara la crisis financiera de 2008) el propio Murdoch había anunciado en la Fox un programa de incentivos para que sus empleados comprasen coches híbridos. De repente, medios como The Wall Street Journal comenzaron a negar la existencia del problema ambiental.

Los expertos hablan de dos formas de concebir la cuestión medioambiental: la primera es la lucha contra el calentamiento global y la segunda la adaptación de las empresas a los cambios climáticos. Así, tenemos casos de empresas que dicen y prometen, pero todo se queda en la foto y el apretón de manos, en acciones “por el medio ambiente” que resultan en pura Responsabilidad Social Corporativa. Y para la COP21, si teníamos algo de esperanza en que esta cumbre fuera diferente, decisiva, y realmente fuera a ejercer presión con políticas enfocadas al desarrollo sostenible, parece que, una vez más, nos vamos a quedar con las ganas.

Entre tanto, cientos de especies de animales y plantas están en peligro de extinción, el nivel del mar se eleva a una velocidad que dobla el promedio del siglo XX, crece la amenaza de incendios forestales y continúan las olas de calor que se cobran vidas de una población cada vez más envejecida. Además, aumentan las desigualdades y seguirán apareciendo problemas sociales como los que surgen en oriente medio, que –ahora que afectan a occidente– tienen tan preocupados a nuestros gobiernos. Y es que según el informe de la AAAS al que me refería “el cambio climático puede influenciar la competencia por recursos y pone nuevas cargas en economías, sociedades e instituciones gubernamentales. Los reportes señalan el hecho de que estas cargas pueden desencadenar violencia. Hay un creciente reconocimiento de que 
el desplazamiento de grandes números de personas por escasez de agua y fallida agricultura, como en la historia reciente de Siria, puede exacerbar tensiones que resultan en agitación civil”. Al fin y al cabo, sólo es medio ambiente.¿A quién le importa?.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *