jueves, septiembre 21, 2017

Introduzca la contraseña

Por Enric Parellada

 

Lo que le ocurrió al señor E poco después de tener su primer hijo no es algo que nunca le haya pasado a nadie: no se acordaba de la contraseña que le puso al nacer. Claro, imagine lo que esto supone, este señor tuvo un hijo con toda la intención de verlo crecer y aprender, en definitiva, de verlo ser y vivir, pero por culpa de no acordarse de la contraseña su hijo estaba en estado, más o menos, vegetal. Como todo organismo con vida necesitaba nutrirse y efecto de ello también gozaba de actividad su sistema excretor. Frente a ello, no demostraba ningún tipo de reacción respecto a la memoria, respecto al afecto, respecto a la comunicación. Estaba allí y ya está. Por supuesto, eso no era ningún tipo de mal formación, o ningún tipo de mal nacimiento. No. Eso era culpa del padre, en concreto el señor E, quien se había olvidado de la contraseña de su hijo.

La intentaba recordar nueve veces cada mes. Solo nueve. Nunca más de esa cifra, claro, porque si la superaba la vida de su hijo quedaría bloqueada para siempre y jamás empezaría a vivir. El error que cometió el padre fue tan absurdo como no apuntarse la maldita contraseña en un pequeñito papel. Ya ves lo que cuesta, cinco segundos. Pero no, no lo hizo. Seis meses después y cincuenta y cuatro contraseñas probadas, no le venía a la cabeza ningún tipo de combinación para poner en marcha a su hijo. Nada de nada. Eso no era como olvidarse de la contraseña de un perfil en cualquiera de la multitud de redes sociales, que si te olvidas de esta te la recuerdan mediante un correo electrónico. No: en el caso de la descendencia no hay una segunda oportunidad. O recuerdas la contraseña o tu hijo deja de tener propiedad de buena parte de las funciones vitales. Ahora bien, comerá y cagará. Es como si fuese una especie de castigo de la madre naturaleza al gilipollas que se olvida de la contraseña de su hijo.

El señor E sin embargo no quería rechazar a su hijo, era el primero, y en aquel momento el único, por eso quería que las cosas le saliesen bien al menos esa vez. Cuando fu la búsqueda de personas que les hubiese ocurrido lo mismo descubrió que existía una cantidad de gente como él que creerlo posible era completamente inhumano. Por un lado los que habían superado la cifra de diez intentos en un mes y el hijo se desactivaba para siempre. Por otro los que probaron a lo largo de toda su vida distintas combinaciones de contraseñas y jamás acertaron. Gente de todo tipo. Gente que sabía de gente a quien le había ocurrido esto en más de un hijo, gente quien sabía de gente que le había ocurrido, pero no se lo contaban a nadie por vergüenza y figuraban un funeral de su hijo y enterraban una caja vacía mientras que  mes a mes probaban nueve veces la contraseña sin éxito. Y un sinfín de terribles barbaridades imposible de narrar todas una detrás de otra. Pero esto no era lo que buscaba el señor E, él quería una solución y la quería pronto.

Un buen día se dio cuenta de que una determinación había aparecido en su pensamiento. Quiero un hijo, pues tendré otro. Si con el primero no me ha salido bien, no voy a cometer el mismo error con el otro. Ahora bien, yo no quiero que mi hijo desactivado muera porque no le doy de comer, así que voy a probar diez contraseñas, así lo bloqueo de por vida. Es el señor E ejemplo de cómo era de completamente injusta la cantidad de cuerpos que habían aparecido de la nada para no servir por culpa de padres despreocupados que no recordaban sus contraseñas. Esos padres que sin ningún tipo de mala consciencia ni responsabilidad, eran capaces de sacrificar a sus hijos, de tener otros, o cualquier combinación de desastre posible imaginable al respecto. Al cabo de dos siglos la acumulación de cuerpos inactivos en el mundo empezó a ser un conflicto político a tener en cuenta, no sabía qué hacerse con ellos. Los filósofos se pusieron manos a la obra con ingeniosas ideas y pensamientos, los escritores empezaron a describir la estupidez y el caos, los científicos buscaban una manera de que la eliminación de esos cuerpos fuese orgánica y positiva para la naturaleza y el mundo, los economistas buscaron la manera de hacer dinero con ello y los políticos intentaron que cada vez más personas se olvidasen de las contraseñas de sus hijos. Así funcionaba el mundo.

Pd: cuando el señor E tuvo el segundo hijo y decidió intentar diez veces la contraseña de su primer hijo para bloquearlo al fin, ahora bien a la décima oportunidad dio con la contraseña correcta de pura suerte. Fueron una familia rara, aunque feliz al fin. El mundo todavía no se había colapsado.

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